Túneles desinfectantes y cuarentena para sus invitados: así es la burbuja anticovid de Putin

Para acercarse al líder ruso, que ha adoptado un estricto régimen de teletrabajo, sus escasos visitantes deben estar 14 días confinados y pasar varias pruebas para garantizar que están libres del virus

Putin en un discurso por las celebraciones del día de Moscú, el pasado 5 de septiembre, en el auditorio Zaryadye.
Putin en un discurso por las celebraciones del día de Moscú, el pasado 5 de septiembre, en el auditorio Zaryadye.SPUTNIK / Reuters

En la burbuja de Vladímir Putin no es fácil que entre el coronavirus. Las medidas de protección para acercarse al presidente ruso siempre han sido muy severas, incluso para un mandatario. Desde el estallido de la covid-19, los requerimientos son aún más extremos. A diferencia de otros líderes mundiales, Putin, desde el principio de la pandemia, restringió su agenda y actos con público al máximo. La mayor parte del tiempo permanece en un régimen de autoaislamiento en su residencia de las afueras de Moscú. Sus pocas citas presenciales ajenas al sistema deben pasar un par de pruebas negativas de coronavirus, pero también permanecer 14 días en cuarentena en instalaciones avaladas por los servicios de seguridad del Kremlin para garantizar que están, efectivamente, limpios.

Rusia alcanza cifras de contagio récord esta segunda ola, con casi 17.000 nuevos infectados y una media de 300 fallecidos al día, pero las autoridades rechazan implantar de nuevo medidas de confinamiento que ya en primavera tuvieron un gran impacto en la estancada economía rusa y opta por recomendaciones. Mientras, Putin, de 67 años, sí las sigue al pie de la letra. El presidente ruso ha adoptado un sistema de teletrabajo bastante estricto y preside las reuniones con su gabinete y del resto de la Administración por videoconferencias, radiadas en los canales estatales tan frecuentemente que su despacho de Novo-Ogaryovo, con su sillón beige, su despliegue de teléfonos y su salvapantallas con la inmutable imagen del Kremlin nocturno, se han convertido en una imagen muy conocida.

Putin no ha tenido viajes oficiales fuera del país y ha recortado al máximo las visitas y los contactos con sus homólogos extranjeros. En los escasos actos públicos que ha encabezado, como la reunión con miembros del Senado el mes pasado, permaneció a una distancia de unos diez metros del resto de los asistentes. Tampoco los periodistas fijos que cubren el Kremlin y que suelen ir a todas partes con el presidente ruso han podido acercarse a él desde marzo, a excepción de su fotógrafo fijo y un reducido equipo que grabó una entrevista el pasado agosto.

Además, el Servicio Federal de Seguridad ha equipado las instalaciones del Kremlin y de su residencia de Novo-Ogaryovo con túneles de desinfección especiales. Todo aquel que deba acceder a las estancias que recorre el presidente ruso tiene que atravesar esta instalación, similar a una galería de autolavado de coches, que emite una neblina química. Los túneles son portátiles y fueron fabricados especialmente para la Administración rusa por Mizotty, una empresa dedicada a la producción de equipos de limpieza industrial de la región de Penza, explica su directora adjunta Natalia Spirina

La responsable advierte que no puede dar más detalles de los túneles encargados por tan destacado cliente. Mizotty tampoco puede garantizar la eficacia de los túneles especiales contra el virus, pero Spririna apunta que emiten una neblina de “micropartículas” de una sustancia desinfectante reconocida y autorizada por el organismo de control de derechos del consumidor ruso. Desde que el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, habló de los túneles especiales y los medios rusos difundieron el vídeo de uno de los modelos de la instalación, Mizotty ha recibido varios pedidos de otras organizaciones estatales, centros comerciales o clubes de fútbol. También se han interesado por estas galerías países como Kazajistán.

La actitud de Putin contrasta radicalmente con la imagen en las calles de Moscú y otras ciudades rusas, donde no es demasiado frecuente el uso de mascarillas, donde se ve los bares y los restaurantes llenos. Pero el virus ha penetrado ya en el círculo cercano de Putin. En abril, se contagió el primer ministro, Mijaíl Mishustin; después, varios de sus ministros y su portavoz, Peskov.

Como antiguo espía del KGB, Putin siempre ha mantenido una mentalidad extremadamente precavida. Tiene incluso un catador para probar que ninguno de los alimentos que toma ha sido envenenado, como reconoció este año, y se le ha visto bebiendo de su propio termo en algunas cumbres. Y su servicio de seguridad lleva no solo su propia servilleta sino un set de sal y pimienta para el líder ruso, que lleva dos décadas en el poder.

La pandemia y su gestión es una prueba importantísima para Putin y para su imagen, remarca el politólogo Alexánder Morózov, que ha estudiado a fondo su biografía: desde sus estudiados discursos anuales hasta las visitas a su antigua maestra o sus fotografiadas imágenes del líder deportista y hombre fuerte, con el torso desnudo. Una enfermedad del líder ruso, sin sucesor a la vista –y menos ahora que la reforma constitucional le permite volver a postularse a la presidencia— desencadenaría una gigantesca crisis política en el país, dice.

El presidente ruso no tiene planes de reanudar los actos públicos ni viajar al extranjero hasta que reciba la vacuna contra la covid-19, que ha registrado Rusia, la Sputnik V. Pero mientras otras personas destacadas, incluida una de sus hijas o el alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, de 62 años, se han vacunado ya, Putin todavía no ha recibido la inmunización. “Cuando se trata del jefe de Estado es normal que se apliquen medidas de precaución especiales”, ha señalado el portavoz del Kremlin.

Ni siquiera cuando Rusia declaró que había aplanado la curva de contagios, Putin bajó la guardia. En junio, los restaurantes y clubes volvieron a recibir clientes y las tiendas que habían cerrado por las medidas reabrieron, se reiniciaron los viajes turísticos a la playa y se devolvió al país una sensación más cercana a esa vieja normalidad. El 24 de junio, más de un mes después de la fecha original, aplazada por las restricciones de la pandemia, se celebró el destacado desfile por el 75º aniversario de la victoria del Ejército rojo sobre los nazis, una fecha clave para su discurso de exaltación patriótica. Putin recibió entonces en la Plaza Roja a varios de sus homólogos de las antiguas repúblicas soviéticas y se rodeó de veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Pero para sentarse en las gradas exteriores junto al presidente, los ancianos militares tuvieron que pasar primero por varios test de coronavirus y una estancia de 14 días en un hotel.

El patrón se ha repetido sin importar la envergadura del visitante: desde un científico al director de una importante compañía estatal, según un informe del medio de investigación ruso Proekt, que ha documentado las estrictas reglas. Uno de los pocos que se ha reunido varias veces cara a cara con Putin desde que estalló la pandemia ha sido, según el registro de reuniones de la web del Kremlin, Igor Sechin, jefe de la petrolera Rosneft y uno de sus aliados más cercanos. Un contraste mayúsculo con la agenda del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Para un breve encuentro hace falta una inmensa preparación. Antes de que el líder ruso condecorara su trabajo con una medalla, el destacado académico Georgi Rykovanov, de 66 años, pasó dos semanas en uno de los dos hoteles de la ciudad balneario de Sochi controlados por el Servicio Federal de Seguridad y reservados especialmente para ello al menos hasta final de año. También estuvieron allí, antes de ser trasladados a Moscú, una treintena de empleados de la industria nuclear que pudieron charlar de cerca con Putin, según reveló Proekt. Catorce días de cuarentena para tomarse una fotografía con el presidente Putin y, quizá, estrecharle la mano.

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