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LEONID VOLKOV | Opositor ruso y número dos de Navalni

“El envenenamiento tuvo que ser aprobado por el Kremlin”

Leonid Volkov, mano derecha del opositor ruso Navalni, cree que Putin está detrás del intento de asesinato y no considera eficaces posibles sanciones

Ana Carbajosa
El opositor ruso Leonid Volkov, frente al parlamento alemán, este viernes.
El opositor ruso Leonid Volkov, frente al parlamento alemán, este viernes.Ana Carbajosa

Leonid Volkov (Yekaterimburgo, 39 años) es un político opositor ruso y mano derecha de Alexéi Navalni, el archienemigo del Kremlin, en coma tras ser envenenado con un agente nervioso, según el Gobierno alemán. Navalni yace en un hospital berlinés, a medio kilómetro de la sede en Alemania de EL PAÍS, donde tiene lugar la entrevista con Volkov, quien dice no albergar duda alguna de que el presidente ruso, Vladímir Putin, está detrás del intento de asesinato del célebre activista anticorrupción.

Volkov está al frente de las de las operaciones políticas de la plataforma de Navalni y vive desde hace un año fuera de Rusia, tras ser acusada su fundación de lavado de dinero por una campaña de crowdfunding. En una conversación de una hora, junto al diario La Repubblica, Volkov pide una investigación independiente para el caso Navalni y rechaza posibles sanciones, que cree que solo alimentarían la propaganda y el victimismo oficial.

Pregunta. Ustedes acusan al Kremlin de haber envenenado a Navalni. ¿Qué les hace estar tan seguros?

Respuesta. Es el principio del pato. Si tiene el aspecto de un pato, camina como un pato y nada como un pato, es un pato. Putin es el primer político del país y Navalni el segundo. Navalni colapsa en un vuelo en plena campaña electoral, tres semanas antes de las elecciones; es muy sospechoso. Desde el principio, también los médicos que le atendieron nada más bajar del avión en Siberia tuvieron claro que había sido envenenado y le aplicaron el antídoto, si no, no hubiera sobrevivido. Ahora los alemanes han confirmado que es Novichok. No es algo que se pueda comprar en un supermercado, es un veneno militar prohibido al que solo tiene acceso el Gobierno.

P. ¿Por qué iba Putin a emplear un veneno que lleva su firma desde el caso Skripal?

R. La idea es que hubiera parecido una muerte por causas desconocidas, pero se produjeron una serie de circunstancias. Si no hubiera habido presión internacional y no le hubieran trasladado a Alemania, no habríamos sabido que era Novichok ni que Putin estaba detrás.

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P. Hay analistas que dicen que todo tipo de criminales han podido tener acceso al Novichok.

R. Mientras hablamos, el Ministerio del Interior acaba de decir que no van a abrir una investigación criminal. Lo tapan todo el rato. El Kremlin no dice que alguien le envenenó y que no saben quién. Lo que dicen es que no hubo un envenenamiento, sino un problema metabólico. Eso habla por sí mismo.

P. ¿Cree que un colaborador de Putin pudo envenenar a Navalni sin que el presidente lo supiera?

R. Por supuesto que no, tuvo que ser aprobado por el Kremlin. Todo el mundo en Rusia entiende quién es Navalni y lo que significa semejante decisión y las consecuencias. Semejante decisión no puede no haber sido coordinada ni aprobada por Putin.

P. ¿Por qué ahora?

R. Tenemos elecciones regionales y municipales el 13 de septiembre y es la última elección antes de la de la Duma el año que viene, es un ensayo general. A Alexéi [Navalni] no le dejan presentarse, pero dirige la campaña del voto inteligente o táctico. Es decir, coordinamos los votos de los que no saben cómo expresar su malestar con Putin, que no representan a Rusia Unida, aunque sean más bien una oposición del sistema. En cada distrito tratamos de identificar a los candidatos que tengan posibilidades de derrotar a Rusia Unida y pedimos a todos nuestros seguidores que les voten, independientemente del partido al que pertenezcan o de qué defiendan. Si ganan, llegará un momento que no tengan que subordinarse a Rusia Unida. Este voto inteligente es muy peligroso para Putin. Alexéi es el autor de esta estrategia, estaba haciendo campaña en las regiones y pensaron que la debilitarían si le mataban y le quitaban de en medio.

P. ¿Le da miedo ser el próximo en la lista?

R. No sabemos cómo es esa lista, ni si existe. Nadie que esté activo en la oposición política en Rusia puede sentirse seguro, pero siempre pensé e incluso lo hablé con Alexéi, que si decidían matar a alguien, sus lugartenientes, gente como yo seríamos blancos naturales. Porque el daño a la organización sería el mismo, pero no habría reacción internacional porque no somos tan famosos como él. El Kremlin optó por la opción más radical, pero da la impresión de que no calcularon todas las consecuencias.

P. ¿Qué pasó en esas horas cruciales en las Navalni estuvo en un hospital de Siberia? ¿Por qué Putin acabó aceptando el traslado?

R. En primer lugar, por la presión local e internacional, gracias a muchos líderes europeos, no solo Angela Merkel. Había 150 personas en el avión en el que colapsó y la presión estalló desde el principio. Pero también porque fallaron. Hubo muchos problemas en el plano ejecutivo. Lo retuvieron 24 horas más porque tal vez alguien les dijo que el Novichok no era detectable 48 horas después y probablemente era el caso cuando se creó en la Unión Soviética en los ochenta, pero ahora no es así. Hay otros medios técnicos que antes no existían. La presión internacional arreciaba y sabían que tenían que dejarle salir.

P. ¿Cómo deberían reaccionar los líderes europeos?

R. Merkel ha sido muy dura y espero que el resto de los líderes europeos lo sean también. Espero que haya una investigación internacional independiente, que haya presión sobre Putin para que se investigue. No creo que Putin vaya a admitirlo nunca, porque ya han dicho demasiadas veces que no hubo veneno y no veo cómo pueden ahora corregirlo. Lo que podrían hacer los europeos realmente es ir a por el dinero de Putin en Europa. En Italia, en Francia, en Austria, en Alemania y en el Reino Unido. Ese sería un castigo real.

P. Se barajan sanciones.

R. No pedimos sanciones. En el Kremlin, cada vez que escuchan hablar de sanciones, descorchan una botella de champán. Las sanciones son buenas para los dictadores. Apoyan la retórica del Kremlin, de que todo el mundo está contra nosotros, de que la UE y EE UU quieren destrozar nuestra economía y tenemos que unirnos en torno a nuestro líder Putin. Ningún dictador fue derrocado con sanciones, al revés, ayudan a su propaganda. Además es muy complicado diseñar sanciones para que solo afecten a los dictadores y no a la población.

P. El Kremlin dice estar abierto al diálogo y pide más información a Alemania.

R. La estrategia del Kremlin es siempre la misma. Hacer cuanto más ruido posible, generar desinformación hasta que la verdad se diluya. El Kremlin pretende que la versión más obvia no existe para crear cientos de versiones alternativas y que la persona de a pie se confunda y no entienda nada. Porque no les importa lo que la gente piense en otros países, les importa la opinión nacional. Hay gente incluso que niega que esté en Charité [el hospital de Berlín donde se encuentra ingresado Navalni]. Son todo fake news. No se trata de que suene razonable, sino de hacer el mayor ruido posible.

P. ¿Qué teme el Kremlin de una organización como la suya?

R. Puede que la situación política parezca estable en Rusia, con Putin en el poder desde hace 20 años y sin que nadie dude de que Putin tiene las herramientas necesarias para seguir en el poder hasta que muera. Pero a la vez, todo el mundo sabe que la capacidad adquisitiva de los hogares no deja de decrecer desde hace ocho años y que la popularidad de Putin cae y la de Navalni crece. Falta muchísimo para que se crucen esas dos tendencias, pero no quieren esperar a que llegue ese momento y sea demasiado tarde.

P. ¿Su organización puede funcionar sin Navalni?

R. Sí, funciona ahora. Tenemos más de 200 empleados.

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Sobre la firma

Ana Carbajosa
Periodista especializada en información internacional, fue corresponsal en Berlín, Jerusalén y Bruselas. Es autora de varios libros, el último sobre el Reino Unido post Brexit, ‘Una isla a la deriva’ (2023). Ahora dirige la sección de desarrollo de EL PAÍS, Planeta Futuro.

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