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Los inuit: del Ártico a las calles de Montreal

Este grupo indígena canadiense, discriminado y sin oportunidades, se ve abocado a dejar sus comunidades

Un grupo de niños inuit juega en aguas del Ártico canadiense, el 15 de agosto de 2019, en la ciudad de Pond Inlet
Un grupo de niños inuit juega en aguas del Ártico canadiense, el 15 de agosto de 2019, en la ciudad de Pond Inlet Getty Images

Hay unos 65.000 inuit en Canadá. Inuit quiere decir “la gente” en inuktitut, su lengua; el término esquimal les parece peyorativo. El 70% vive en la zona ártica del país, en partes de las provincias de Quebec y Terranova-Labrador, así como en los territorios del Noroeste y Nunavut. El 30% restante habita sobre todo en Ottawa, Yellowknife y Montreal. Algunos gozan de estabilidad económica en estas urbes, pero la mayoría sobrevive entre empleos esporádicos y la mendicidad. En Montreal, su presencia es muy visible en céntricas calles.

Según un estudio de Eric Latimer, profesor de psiquiatría en la Universidad McGill, los inuit representan el 0,04% de la población de Montreal, pero son el 2,9% de las personas sin hogar. Es el grupo indígena más afectado por esta situación. Muchos llegan para recibir atención médica inexistente en sus comunidades (tratamientos oncológicos, diálisis, ciertas cirugías y citas con especialistas) o para acompañar a un familiar con este fin, aunque un sistema poco adaptado a sus necesidades provoca con frecuencia que prolonguen su estadía de forma indefinida. “Varios inuit cumplieron sus condenas en prisiones federales o provinciales, pero no pueden volver a sus poblaciones de origen por decisiones judiciales. Esto aumenta la probabilidad de que terminen en la calle”, señala Latimer.

Otros más emprenden el viaje por las duras condiciones en sus comunidades. Distintos indicadores muestran marcadas diferencias entre los grupos indígenas canadienses y el resto del país, pero las cifras de los inuit son las más extremas. La mortalidad infantil es de 12,3 por cada 1.000 niños (4,4 entre los demás canadienses), la tasa de suicidios es nueve veces más elevada y el nivel de escolaridad es el más bajo de Canadá. Algunos jóvenes emigran a los centros urbanos para proseguir su formación gracias a becas, pero son pocos.

El desempleo también es un factor que les expulsa de sus comunidades. La tasa de paro en las poblaciones inuit es del 25%, mientras que la nacional es del 5,7%. A su vez, los precios de diversos productos son muy elevados en el Ártico canadiense.

Muchos inuit que buscan trabajo en el sur del país tienen dificultades de comunicación, tienen pocos estudios y sufren constantes actos de discriminación. “Un considerable número de indígenas señalan que les niegan el alquiler de un apartamento sin motivos precisos. Esto es más pronunciado hacia los inuit”, apunta Latimer.

Joe, originario de Kuujjuaq (Quebec), llegó a Montreal hace un año para trabajar en una fábrica, pero perdió el puesto semanas después. “A veces encuentro empleo durante algunos días. No es fácil, aunque de todas formas, mi vida en mi comunidad no era mejor”, comenta.

Jessica Quijano es coordinadora de Iskweu, un proyecto del Refugio de Mujeres Indígenas de Montreal. “Ayudamos a familiares y amigos a denunciar la desaparición de estas mujeres a la policía. Es una institución que no les inspira confianza”, explica Quijano, quien atiende sobre todo a los inuit. En diciembre de 2018, Donna Paré, de 32 años de edad y oriunda de Iqaluit (Nunavut), desapareció en la metrópoli de Quebec. Aún se desconoce su paradero. “Muchas mujeres inuit llegan a la ciudad huyendo de la violencia doméstica, pero viven aquí en condiciones muy vulnerables y vuelven a sufrirla con frecuencia”, añade Quijano. En este escenario, la explotación sexual no es un tema anecdótico.

El alcoholismo y la drogadicción son dos problemas muy extendidos en las comunidades inuit del Ártico canadiense. Algunas poblaciones han prohibido el alcohol, pero el contrabando es frecuente en una geografía tan vasta. Las adicciones también golpean con fuerza a los inuit radicados en Montreal. “A veces paso la noche en un albergue, siempre y cuando no haya consumido alcohol. Así es el reglamento. Si bebo, busco sitio en el suelo del apartamento de algún conocido o me toca dormir en la calle”, dice Joe. Ciertos albergues diurnos sí permiten la entrada a personas alcoholizadas o bajo los efectos de las drogas.

Políticas colonialistas

Latimer trabaja en un proyecto para subsidiar viviendas a los inuit en Montreal. “Hemos visto resultados positivos, pero ciertos factores, especialmente las dependencias, dificultan las cosas. Hay que considerar las condiciones que afronta esta gente y lo que han vivido desde hace décadas”, menciona.

Las políticas colonialistas de Canadá han dejado profundas huellas. El objetivo era, según la línea oficial, resolver el “problema esquimal”. Basta recordar la sedentarización ejercida sobre los inuit por medio de desplazamientos forzados; también el exterminio de miles de sus perros en los años cincuenta y sesenta a manos de policías. Otro ejemplo fue la red de internados federales. Unos 150.000 menores —tanto inuit como de otros grupos— fueron obligados a asistir a estos centros, donde se buscaba borrar su identidad cultural. Dentro de esos muros, los castigos físicos y los abusos sexuales fueron habituales.

La plaza Cabot de Montreal es muy frecuentada por los inuit y otros grupos indígenas. Existen albergues para brindarles apoyo, pero el cierre de uno de ellos tuvo un impacto mayor. The Open Door, que se ubicaba cerca de la plaza, canceló su actividad el año pasado, ya que el recinto que ocupaba pasó a un agente inmobiliario. Tras 11 meses de incertidumbre, el centro volvió a abrir, pero en un barrio alejado. Durante ese tiempo se registraron 14 muertes en la plaza Cabot y sus alrededores (suicidios, sobredosis, problemas físicos). Siete de los fallecidos eran inuit, como Connie Kadlutsiak, nacida en Igloolik (Nunavut). Murió en enero por complicaciones hepáticas provocadas por el alcohol. “Se pudieron haber evitado varias de estas muertes con una intervención más rápida”, comenta Quijano. Tras incesantes presiones, el Gobierno de Quebec y la alcaldía de Montreal se comprometieron a abrir un nuevo centro en la zona. Hace unas semanas, finalmente, fue inaugurado el albergue Résilience.

En agosto, el primer ministro, Justin Trudeau, anunció un plan de ocho años para la construcción y la reparación de viviendas en las regiones habitadas por los inuit y mencionó la financiación de programas educativos para jóvenes. Trudeau había presentado meses atrás disculpas oficiales por el trato que Canadá dio entre 1940 y 1960 a los enfermos de tuberculosis inuit —fueron separados a la fuerza de sus familias para su tratamiento—. Tras su reelección en las urnas el 21 de octubre, refrendó su compromiso con los pueblos autóctonos. “Necesitamos más inversiones en el acompañamiento de los inuit en las ciudades, pero también se requiere de grandes apoyos en sus comunidades. Es la única forma de romper este círculo vicioso”, agrega Latimer.

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