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El laborismo defiende uno de sus feudos en la euroescéptica Sunderland

La ciudad del norte de Inglaterra apoyó con entusiasmo el Brexit pese a las implicaciones económicas negativas para el municipio

Partidarios del Brexit en la marcha que partió de Sunderland, a su llegada a Londres el 29 de marzo.
Partidarios del Brexit en la marcha que partió de Sunderland, a su llegada a Londres el 29 de marzo. Getty

“Solían decir que el cómico que era capaz de hacer reír a los espectadores del Empire, iba a triunfar en cualquier otro sitio”, recuerda Phil Daffern en una cafetería a pocos metros del teatro. “La gente de aquí tenía fama de ser tan dura, de estar tan curtida por el trabajo en las minas, que si lograbas metértelos en el bolsillo era que valías”, añade este hijo y nieto de mineros de 60 años de Sunderland, ciudad del noreste de Inglaterra que votó ampliamente a favor del Brexit en 2016.

Los recuerdos de juventud de Daffern no se han borrado, ni tampoco el Empire, que sigue abierto. Pero ya no queda ninguna mina en este municipio tradicionalmente laborista, ni apenas se ven señales de los astilleros que fueron motivo de orgullo y generadores de riqueza, y que el Gobierno de Margaret Thatcher cerró en 1988 tras años de crisis. En la posindustrial Sunderland, como en otros municipios del norte de Inglaterra, la economía intenta adaptarse a los nuevos tiempos y, según los datos de reparto de la riqueza, con desigualdades.

En junio de 2016, Sunderland (273.000 habitantes) fue el primer distrito del Reino Unido que publicó los resultados del referéndum: la salida de la UE obtuvo un fuerte respaldo del 61%, mayor de lo pronosticado por las encuestas. Su entusiasta apoyo al Brexit hundió aquel día la libra y fue la primera señal de que la campaña por la permanencia había fracasado. “Estamos hartos de que la gente diga en Bruselas qué debemos hacer, qué impuestos pagar, cuál es nuestro destino…, cualquier país debería poder decidir su destino”, defiende Daffern, un brexiter de pro que confiesa que votará a Boris Johnson.

Argumentos como estos siguen impulsando a muchos británicos a pedir que, como se decidió hace tres años, los políticos materialicen una salida que ya ha sido postergada tres veces. Desde Sunderland partió, a pocos días del final del plazo original fijado para dejar la UE (31 de marzo), una gran marcha comandada por el euroescéptico Nigel Farage, líder el Partido del Brexit, que llegó a Londres para exigir la salida. Esta formación, que ha acordado con los tories no presentarse en las circunscripciones dominadas por los conservadores para no dividir el voto, está centrando sus esfuerzos en esta campaña en lugares que, como Sunderland, son feudos laboristas y, a la vez, fervientes partidarios del Brexit. No será fácil aquí, pero algunos sondeos indican que esta estrategia puede tener éxito en otras circunscripciones similares.

El laborismo defiende uno de sus feudos en la euroescéptica Sunderland

Sunderland puede ayudar a entender las razones que han llevado a casi toda Inglaterra, más allá de la cosmopolita Londres, a querer dejar la UE. Como muchas otras localidades del área, su economía se ha visto golpeada por años de políticas de austeridad impuestas desde la capital. Según datos oficiales, es la 28ª ciudad más desfavorecida del Reino Unido, con un tercio de los niños viviendo en condiciones de pobreza. Y ese descontento ha sido dirigido hacia Bruselas.

La incertidumbre en torno al Brexit, sin embargo, ha llevado a algunos a hacer autoanálisis. “Voté a favor, sí, pero ahora no lo haría, porque tengo más información y veo que lo que pensaba que era culpa de la UE es en realidad culpa de la clase política británica y los recortes del Gobierno”, reflexionaba Adam (prefiere no dar su apellido) mientras paseaba este domingo a su hija en un carrito por West Street, cerca de Bridges, un popular centro comercial de la ciudad. Entre 2014 y 2020, la UE prevé invertir en el noreste de Inglaterra 426 millones de libras.

Es difícil saber si el cambio de opinión de Adam se ha contagiado por el municipio. Una encuesta, difundida hace un año, indicaba que había dudas entre una parte de la población. Pero el periódico local, el Sunderland Echo, publicó en enero que el 70% de sus 1.300 lectores apoyaban la salida de la UE, con o sin acuerdo.

Una de las grandes razones para revisar el apoyo al Brexit está en la fábrica que Nissan tiene en Sunderland, la mayor planta de automóviles del Reino Unido. Emplea de forma directa a 7.000 personas y la mayor parte de la producción se vende en mercados europeos. “La marca ya ha abandonado sus planes para construir el nuevo X-Trail en Sunderland a partir de 2020, citando entre otros motivos la incertidumbre por el Brexit”, explica David Bailey, profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad de Birmingham. “Su modelo superventas, el Qashqai, seguirá fabricándose allí, pero Nissan ya ha advertido de que todas sus decisiones están sujetas a lo que pase con el Brexit”, apunta. La planta de Sunderland, un símbolo del renacer de la industria automovilística británica hasta 2016, es ahora más vulnerable en un sector que ya de por sí está sufriendo importantes transformaciones.

“A la mayoría de la gente le da igual la fábrica, porque muchos trabajan en otros sitios y no son conscientes del beneficio indirecto”, resume sin pensarlo dos veces Dylan desde el mostrador de su pequeña tienda de conveniencia. “Votaron mayoritariamente a favor de salir de la UE porque están enfadados con la clase política y votan siempre a los laboristas porque muchos votan lo que sus padres”, opina este comerciante, cuyo abuelo nació en la India. Se opone al Brexit, confiesa. Pero prefiere no decir a quién vota.

Uno de los puentes que cruza el río de Sunderland, el 8 de diciembre.
Uno de los puentes que cruza el río de Sunderland, el 8 de diciembre.

En la calle en la que se encuentra su establecimiento, donde se alinean los característicos adosados de ladrillo, hay decenas de carteles de “se vende” o “alquila”. “La gente se va, porque hay menos oportunidades. Se mudan a Newcastle, a Londres”, explica. Frente al local, una anciana espera el autobús y, aunque se muestra reticente a hablar, acaba contando que su médico es desde hace 18 años un español y que cree que los candidatos laboristas en Sunderland van a tenerlo difícil en estas elecciones.

Desde el puente de arco de hierro que cruza el río Wear, se ve un mural que recuerda que allí una vez se construyeron barcos. “S. P. Austin and Son”, se lee en uno de los muros que bordean el cauce, una firma familiar fundada en 1826 que, en sus mejores momentos llegó a emplear a casi 400 hombres “y 54 muchachos”, según cuentan los registros, y que acabó cerrando en 1956.

Al otro lado del río, un grupo de polacos reparte folletos de los Testigos de Jehová. “Llevamos 15 años aquí y estamos contentos”, resume Agnieszka Kaczmaryk. A pocos metros, se levanta el estadio del Sunderland. El equipo de fútbol, muy arraigado en la localidad, atraviesa una crisis que empezó a materializarse justamente tras 2016: el año siguiente bajó a Segunda tras una década en la Premier League. Ahora está en Tercera. El sábado perdió en casa del Dillingham 1-0.

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