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La Francia ‘amarilla’ que nadie vio llegar

Aunque poco concurrida, la protesta en París contra Macron acaba con barricadas incendiadas y gases lacrimógenos

Juncker y Barnier se abrazan en la cumbre de Bruselas, este domingo. En vídeo, declaraciones del presidente de la Comisión Europea FOTO: AP | VÍDEO: ATLAS

Pocos los vieron llegar. Que algún día, en algún lugar, estallaría el malestar difuso que existe en Francia con el presidente Emmanuel Macron y con las élites políticas y económicas, podía ser previsible. Pero que el hartazgo se expresaría de esta forma nadie, lo anticipó. Las barricadas incendiadas en los Campos Elíseos de París, durante una manifestación poco concurrida este domingo, subrayaron la dificultad para gestionar un movimiento que desde hace una semana ha llevado a miles de franceses a protestar en rotondas, carreteras y autopistas en todo el país.

El detonante del movimiento de los chalecos amarillos —la prenda obligatoria en todo los automóviles en Francia— fue el aumento del precio de gasoil, el combustible hasta ahora más barato y que, en enero de 2019, casi se equiparará con el precio de la gasolina. Pero la revuelta va más allá.

Sin líder ni ideología, quizá no sea más que una de estas expresiones periódicas del descontento francés. O podría representar, finalmente, la llegada del momento populista francés que otros países occidentales ya han vivido, y que Francia esquivó con la victoria de Macron en las presidenciales de 2017.

El miércoles por noche, el termómetro marcaba cero grados, y un centenar de chalecos amarillos se congregaba en el acceso a la autopista A-16, que conduce al túnel bajo el canal de la Mancha, en Calais. Hostiles a la prensa, que consideran manipuladora, los chalecos amarillos de Calais aceptaron hablar cuando supieron que el periodista era extranjero. Entre ellos se mezclaban votantes de Jean-Luc Mélenchon, el exsocialista que lidera el partido francés equivalente a Podemos, con votantes de Marine Le Pen, presidenta del Reagrupamiento Nacional, heredero del Frente Nacional, viejo partido de la extrema derecha.

Bajo la mirada de la policía antidisturbios, que les impedía cortar el acceso a la A.-16, se formaban tertulias. Las reclamaciones eran heterogéneas. “Aquí no hay jefes. Somos el pueblo”. “Estamos contra la mundialización y el capitalismo”. “BFMTV [la cadena de información continua] es la tele de Macron”. “Es el presidente de los muy muy ricos”. “Nos insulta, nos degrada, nos humilla”. “Piensa más en Europa que en el pueblo francés”. “Que dimita”.

El precio del gasoil o diésel es la bandera de las clases medias que sienten que pierden pie: la Francia de los que necesitan el coche para desplazarse en su vida cotidiana y que no llega a fin de mes. Es la Francia del automóvil con diésel —la de las ciudades medianas y pequeñas, mal conectadas por el transporte público— cada día más alejada de la Francia del metro, la bicicleta y el patinete. La Francia de provincias frente a la de la burguesía cosmopolita de las grandes ciudades que ve a la Francia periférica como un país exótico.

La fractura es territorial, entre grandes y pequeñas ciudades. Y es política: entre la Francia de Macron —el joven político que creyó que, destruyendo las viejas estructuras partidistas, podía acabar con el eterno pesimismo francés— y la que, o bien se quedó en casa en las últimas presidenciales, o votó a los extremos. También es una fractura ideológica: la lucha contra el cambio climático, ¿debe castigar a quienes usan el coche? ¿Cuánto están dispuestos a pagar los franceses para preservar el medio ambiente? Y, ¿deben pagar los más humildes?

La fractura opone a dos países que no se entienden. La incomprensión puede transformarse en un sentimiento de agravio y desprecio clasista hacia la Francia de los ringards y los beaufs —los horteras y los cuñados, en jerga popular— y hacia “los tipos que fuman pitillos y van con diésel”, como les llamó el portavoz del Gobierno, Benjamin Griveaux.

Los chalecos amarillos escapan por ahora a toda captación partidista. Le Pen y Mélenchon confían en capitalizar el descontento, como Laurent Wauquiez, líder de Los Republicanos, pero van con cuidado. Los episodios de violencia y algunas palabras e incidentes racistas en las concentraciones han servido a la mayoría macronista para alertar de la deriva extremista.

La dificultad añadida, para Macron, es que no tiene interlocutores. No hay sindicatos detrás. ¿Con quién debería reunirse, si quisiera negociar? El presidente ya ha superado las protestas por la ley laboral que agilizó el despido y por la reforma de la SNCF, los ferrocarriles públicos. El martes presentará propuestas. El mantra gubernamental sostiene que Macron escucha el descontento pero mantendrá sus reformas.

Francia —también las élites— observa a los chalecos amarillos con una mezcla de inquietud e interés: a fin de cuentas, los sondeos revelan que la mayoría de franceses simpatizan con ellos. Pocos los vieron venir; nadie sabe adónde van.

Barricadas en fuego en los Campos Elíseos

No fue la gran movilización que algunos esperaban. El desembarco en París de los llamados chalecos amarillos fue modesto. Pero accidentado. Unas 8.000 personas participaron ayer en la manifestación no autorizada en los Campos Elíseos, la avenida próxima al Palacio del Elíseo, sede y residencia de Macron. En el resto del país se movilizaron unas 106.000. La semana pasada fueron 280.000.

Los incidentes —barricadas incendiadas, gases lacrimógenos, 42 detenidos— marcaron la protesta en la capital. El ministro del Interior, Christophe Castaner, dijo que grupos de ultraderecha se habían infiltrado. Y acusó a Marine Le Pen de atizar a quienes llamó “los sediciosos” al sugerirles que fuesen a los Campos Elíseos en vez de a la zona designada, el Campo de Marte, más lejos de la sede presidencial. Le Pen le acusó de “manipulación politiquera”.

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