Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

La protesta contra la subida del combustible inquieta al Gobierno francés

Los bloqueos de carreteras convocados el sábado permitirán medir el hartazgo con Macron en la Francia de provincias

chalecos amarillos
Una protesta de 'chalecos amarillos' en 9 de noviembre en el norte de Francia AFP

El establishment francés se enfrenta con nerviosismo a un objeto político no identificado, un movimiento sin líderes ni estructura que refleja el descontento de una parte de la Francia de provincias con el presidente Emmanuel Macron.

Les llaman los chalecos amarillos, del nombre de la indumentaria fosforescente obligatoria en los automóviles. Lo que les moviliza es el aumento del precio del carburante, considerada un agravio para esta Francia rural y de provincias que necesita desplazarse por carretera para ir a trabajar, a hacer las compras, a llevar a los niños al colegio o a los mayores al médico.

Los chalecos amarillos han llamado a bloquear las carreteras este sábado. Será la primera ocasión para calibrar si tienen una fuerza real más allá del ruido en las redes sociales y medios de comunicación.

El Gobierno se lo toma en serio. El primer ministro, Édouard Philippe, anunció este miércoles una batería de medidas para compensar la pérdida de poder adquisitivo de los automovilistas. Costarán 500 millones de euros al Estado.

Cuando Macron llegó al poder en mayo de 2017, el litro de gasolina sin plomo costaba 1,37 euros y el diésel, 1,21. En octubre costaba 1,56 y 1,52 respectivamente, según datos recopilados por Le Monde. La responsabilidad del Estado es limitada en la subida del precio. Dos tercios del aumento se explican por la subida del precio del petróleo. Un tercio, por la subida de los impuestos. El objetivo, además de recaudar, es disuadir el uso de energías contaminantes para combatir el cambio climático.

La acordeonista e hipnoterapeuta bretona que llama a la movilización

Jacline Mouraud en Bohal, en el oeste de Francia
Jacline Mouraud en Bohal, en el oeste de Francia AFP

Aunque el movimiento carece de líderes, un grupo variopinto de ciudadanos que ha saltado a la fama llamado a las protestas en las redes sociales. Destaca entre estos Jacline Mouraud, una bretona que trabaja como hipnoterapeuta ("Consigo que se deje de fumar en una sesión", dice) y acordeonista en fiestas y cafés. El 18 de octubre lanzó un llamamiento en Facebook que se volvió viral, y la convirtió en el rostro de la revuelta. Impuestos excesivos, clase media empobrecida, gobierno de los ricos: su queja va más allá del precio del carburante, que le afecta porque necesita el automóvil para su trabajo.

"Yo dije en voz alta lo que hasta entonces pensaba en voz baja", dice Mouraud por teléfono. E insiste en que los partidos no tienen nada que ver con los chalecos amarillos, y asegura que votó en blanco en las últimas presidenciales. No le gusta ni Marine Le Pen, líder del RN, ni Jean-Luc Mélenchon, de La Francia Insumisa.

Macron, cuya popularidad ha caído por debajo del 30% y que en las últimas semanas ha perdido a ministros clave, se dirigió esta semana a los franceses en una entrevista con la cadena TF1 desde el portaviones Charles de Gaulle. Admitió que las manifestaciones son un síntoma de la desconexión entre una parte de Francia y sus élites.

"No he logrado reconciliar al pueblo francés con sus dirigentes", dijo Macron. "Nuestros conciudadanos quieren tres cosas: que se les considere, que se les proteja, que se les aporten soluciones. No declaraciones: soluciones. Y la consideración, sin duda no la hemos aportado".

Las protestas de los chalecos amarillos son, en principio, apolíticas y están desligadas de los sindicatos y partidos. Pero varios grupos de la oposición —desde la extrema derecha del Reagrupamiento Nacional (RN, ex-Frente Nacional) a la izquierda populista de La Francia Insumisa, pasando por la derecha tradicional de Los Republicanos— han manifestado su apoyo.

Las autoridades temen que, al tratarse de un movimiento sin jerarquía, se descontrolen. Un problema es con quién negociar. No hay un interlocutor como ocurre con las protestas sindicales. Otro problema es que el precio de la gasolina y el gasoil sea la anécdota, el detonante de un hartazgo que revela un movimiento más profundo y duradero.

El sociólogo Christophe Guilluy lo teorizó hace unos años en su ensayo La Francia periférica. Guilluy hablaba de una Francia de ciudades medianas y pequeñas de provincias, alejadas de los grandes nudos de comunicaciones y centros industriales, una Francia desindustrializada y desconectada de la mundialización, un mundo exótico visto desde París. Un mundo, también, en el que el automóvil es una herramienta de trabajo y en el que no es posible desplazarse, como se hace París, en metro o en bicicleta.

Los chalecos amarillos "son los franceses que se desplazan en coches diésel, que viven a 40 o 50 kilómetros de los centros urbanos", resume en el diario Ouest-France otro sociólogo, Jean Viard. "Es el corazón del mundo del trabajo, la Francia que madruga, los hombres y las mujeres que han luchado toda la vida por un modelo basado en el esfuerzo, el trabajo, el acceso de la propiedad, la educación de los hijos. Y entonces, de repente, se les dice que no valen nada, porque no tienen una casa ecológica y porque sus coches llevan diésel".

La protesta tiene un antecedente inmediato: los llamados bonnets rouges o gorros rojos que en 2013 lograron frenar en Bretaña la ecotasa. Otro antecedente, este en la izquierda, es el movimiento nuit debout, o noche en pie, en 2016, los indignados franceses.

La variedad de las analogías refleja el desconcierto. Estos días se escuchan referencias a movimientos anteriores. El poujadismo de los años cincuenta, que fue un poderoso movimiento de pequeños comerciantes contra las élites liderado por Pierre Poujade. O más atrás, incluso a las llamadas jacqueries, las revueltas campesinas en la Edad Media.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >

Más información