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El puerto de Calais teme un Brexit caótico

Tras la crisis migratoria, la principal entrada en el continente se prepara para el divorcio de Reino Unido y la UE

Un grupo de camiones espera para abordar un tren de carga el pasado 6 de marzo en Calais (Francia).
Un grupo de camiones espera para abordar un tren de carga el pasado 6 de marzo en Calais (Francia). Getty

Hay pocos lugares en los que el Brexit, la programada pero todavía incierta salida de Reino Unido de la Unión Europea, vaya a notarse tanto como en Calais. Esta ciudad de 75.000 habitantes en el noroeste de Francia es, con su puerto marítimo y la entrada del túnel bajo el canal de la Mancha, el principal paso marítimo de mercancías y personas entre el continente europeo y las islas británicas. Calais aún se está recuperando de la crisis migratoria de 2015, que la convirtió en la residencia provisional de miles de africanos y asiáticos que buscaban cruzar el canal. El Brexit amenaza con nuevos problemas. Los controles aduaneros pueden acabar provocando atascos y representar una carga para la ciudad.

Desde el ventanal de la cafetería de la terminal del puerto, se ven los camiones entrado en los barcos, que salen en destino a Dover; otros atracan en el puerto y desembarcan los vehículos. Dos millones de camiones pasaron por aquí en 2017, punto de paso de casi la mitad del tráfico por esta zona (la otra mitad se concentra en el túnel y en el cercano puerto de Dunkerque). Cada media hora sale un ferri. El trayecto entre una orilla y la otra: una hora. El tráfico es fluido.

“Qué bello”, se enorgullece Jean-Marc Puissesseau, presidente-director general del puerto de Calais, mientras observa el ir y venir. Desde el referéndum de hace dos años, cuando los británicos decidieron marcharse de la UE, el Brexit monopoliza el tiempo de Puissesseau. Marcará el futuro de la ciudad y del negocio. Todavía no se sabe cómo. "Por ahora, como dicen los ingleses, wait and see", dice. Esperar y ver.

No es lo mismo que la salida automática ocurra el 29 de marzo, como estaba previsto inicialmente, que si se fija un periodo transitorio después, como establece el acuerdo entre Bruselas y Londres, pendiente de ratificación. Sería muy distinta una solución con algún tipo de pacto aduanero, que el llamado Brexit duro, una ruptura total. En este caso, Calais se convertiría en una frontera exterior de la UE y todos los productos procedentes de la otra orilla se someterían a los mismos controles que los de cualquier país extranjero. El peor escenario sería que todo esto ocurriese ya, el 29 de marzo.

“Si el Brexit llega en cinco meses, casi puede decirse que es una catástrofe", dice David-Olivier Caron, secretario general del sindicato CFDT-Aduanas, y exaduanero en Calais. Caron alude a la falta de infraestructuras aduaneras, a las que hay que añadir las instalaciones para los controles de productos agrícolas y sanitarios. El sindicalista añade la necesidad de contratar a nuevos aduaneros y formarlos. Se calcula que hará falta 700 —no sólo en Calais sino en otros puntos de entrada en Francia— para gestionar el Brexit.

"La prioridad es preservar la fluidez del tráfico en el túnel bajo el canal de la Mancha y en el puerto", avisa Faustine Maliar, jefa de gabinete adjunta de Natacha Bouchard, la alcaldesa de Calais, y consejera regional en la región Hauts-de-France. El temor es que el aumento de los tiempos de control en las aduanas lleve a los transportistas a usar puertos belgas u holandeses en vez de Calais.

No todos los escenarios son catastrofistas: en el mejor de los casos todo podría continuar igual que ahora. Y el negocio saldría redondo si se reinstaurase el duty-free, las tiendas libres de impuestos que había en los ferris antes de que la legislación europea obligase a eliminarlos a finales de los años noventa.

El duty-free era un reclamo para los turistas ingleses, como los tres jubilados que, felices tras haber comido y bebido en el restaurante Le Channel de Calais, esperaban el miércoles en la terminal para tomar el ferri que les devolvería a su país. Eran day trippers: viajeros de un día, en inglés. Llegan por la mañana, almuerzan y se marchan. Los tres votaron contra el Brexit, pese al cual no dejarán de visitar Francia. Quizá, señalan, se ralentice la espera en los controles fronterizos. “Para complicarnos las cosas”, lamenta uno de ellos. Nada grave, comparado con lo que espera a los camioneros.

David Sagnard, jefe de una empresa de transportes en Calais, explica que cada minuto de trayecto en camión cuesta un euro: una hora de espera son 60 euros más, dos horas 120... Si los controles aduaneros causan atascos, coste acabará encareciendo el servicio y quizá llevará a los clientes británicos a buscar otras vías de suministro. Otro riesgo, según Sagnard, es que, con los atascos, Calais vuelva a atraer a los inmigrantes que quieren cruzan ilegalmente a Inglaterra. "Si los camiones quedan bloqueados, existe el riesgo que regresen para subirse en ellos", dice.

En el norte de Calais, donde antes estaba la Jungla —el campamento de inmigrantes desmantelado en otoño de 2016 donde llegaron a vivir unas 10.000 personas— no queda nada, solo campo. Ahora es un espacio natural protegido.

Por las carreteras cercanas al puerto y la Jungla circulan grupos de inmigrantes. El Ayuntamiento cree que ahora son entre 400 y 600 en Calais y sus alrededores. Cuanto más se acerca uno del puerto o del túnel, más patrullas policiales.

En un parque del centro de la ciudad hay una estatua de Charles de Gaulle y Winston Churchill. Pasan un grupo de adolescentes de Calais en bicicleta. Paran junto al monumento, inaugurado un año después del referéndum del Brexit. “Mira qué guapo con su puro”, se ríe uno. Los altibajos en la relación de De Gaulle y Churchill, dos colosos del siglo XX, son el reflejo vivo de la compleja relación francobritánica. El Brexit abre otro capítulo.

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