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Matan los mayores, mueren los niños

La matanza de Saada, en la que 40 menores perdieron la vida por un ataque de la coalición saudí, profundiza el desastre en Yemen como uno de los peores rincones del mundo para la infancia

Un grupo de yemeníes lleva el ataúd de uno de los niños muertos en Saada, durante los funerales del pasado 13 de agosto.
Un grupo de yemeníes lleva el ataúd de uno de los niños muertos en Saada, durante los funerales del pasado 13 de agosto. AP

La muerte de la yemení Nora al Aulaki, de ocho años, resonó entre muchas otras de niños de su edad porque su padre era quién era, Anuar al Aulaki. Él, conocido e influyente clérigo nacido en EE UU y vinculado a Al Qaeda, fue abatido por un ataque norteamericano en la montañas yemeníes en septiembre de 2011. Ella, Nora, murió desangrada el 29 de enero de 2017. Un operativo de fuerzas especiales enviado por Washington trataba de dar caza a otro capo de la red terrorista en la localidad de Yakla, en el sur del país. La niña se encontraba allí de visita y fue alcanzada en el cuello por un disparo. Su muerte sobresalió debido a su apellido, pero junto a Nora perecieron 23 personas más, entre ellas, una decena eran menores de edad. La violencia está enterrando la infancia de Yemen, un país tremendamente asfixiado que el pasado 9 de agosto volvió a llorar la muerte de decenas de niños por una guerra que no es suya.

Aquel día, en Saada, en el norte del país, el ataque llegó de la aviación de la coalición liderada por la vecina Arabia Saudí, con apoyo logístico y de inteligencia de Estados Unidos. Esa localidad forma parte del pedazo de país controlado por los rebeldes Huthi, objetivo de Riad. Un grupo de niños de una escuela de verano emprendía la vuelta de una excursión a un cementerio de la localidad dedicado a los caídos del bando alzado. Y la explicación de algo aparentemente extraordinario es sencilla, en boca de uno de sus profesores, Yahya Hussein. "La guerra", dijo a CNN, "ha destruido la mayoría de parques y jardines. Los lugares más bonitos que quedan son mezquitas y santuarios de mártires [en referencia a los milicianos Huthi]". El bombardeo dejó 51 víctimas mortales, de las que 40 eran niños, la mayoría menores de 11 años.

Si la guerra no iba con ellos tampoco el modo en el que murieron. El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) apoya el hospital de Al Talh, en Saada, al que fueron trasladados los heridos —dos de las víctimas perecieron allí—. Los que murieron en el lugar, informa desde Saná, capital del país, Mirella Hodeib, portavoz del CICR, fue a causa de heridas en la cabeza, hemorragias internas, daño severo en los pulmones... Pero la cosa no ha acabado: el centro de Al Talh trata aún a 14 niños heridos en el ataque. La mayor parte de las lesiones tienen que ver con traumas en la cabeza, fracturas en las extremidades o daños en el aparato auditivo. "Los niños", comenta Hodeib, "no tienen que pagar el precio de una guerra con la que no tienen nada que ver".

Pero lo hacen. Según los datos de Unicef, la agencia para la infancia de la ONU, cinco menores de edad mueren o son heridos cada día desde marzo de 2015, mes en el que Arabia Saudí, en apoyo del Gobierno de Abdrabbo Mansur Hadi, inició la ofensiva contra los Huthi, alzados con el apoyo de Irán. Suníes y chiíes, de nuevo a la gresca en el teatro de Oriente Próximo. Tres años y medio después, la guerra ha destrozado el país: 22 millones de yemeníes, esto es, tres cuartas partes de la población, requieren ayuda humanitaria. 11 millones son menores de edad -casi la totalidad de los que habitan el país necesitan algún tipo de ayuda, según las organizaciones humanitarias en el terreno-. "El conflicto", señala Bismarck Swangin, portavoz de Unicef desde Yemen, "ha convertido el país en un infierno en vida para los niños". No en vano, la agencia de la ONU tilda Yemen en uno de sus últimos informes como "uno de los peores lugares del mundo para ser un niño".

Más de una semana después del ataque en Saada, Arabia Saudí mantiene que el bombardeo fue "legítimo" y culpa a los Huthi de entrenar a niños. Unicef cifra en 2.419 los niños reclutados para el conflicto; muchos de sus colegios han sido militarizados, y algunas de las víctimas, de incluso 11 años, murieron con un arma en la mano. Eso dicen también la serie de informes anuales de la ONU bajo el título Conflicto Armado y Niños. Los dos últimos, además, han provocado un rifirrafe entre la organización internacional y Riad. Los reportes responsabilizan a la coalición liderada por Arabia Saudí de más de la mitad de los menores muertos por la violencia (370 de 552 víctimas mortales en 2017) . El resto, según recogió recientemente Al Yazira, cayeron a manos de los Huthi, fuerzas armadas vinculadas al Gobierno o la rama local de Al Qaeda.

El protagonismo de Arabia Saudí en la muerte de niños en Yemen llevó a la propia ONU, aún en tiempos de Ban Ki-moon, a meter al Reino del Desierto en una suerte de lista negra, según un borrador obtenido por Reuters el pasado octubre. Riad presionó y Naciones Unidas aceptó recular, no sin las protestas de Ban. Ya con António Guterres como secretario general, el informe mete en la lista a Riad, pero con una novedad: aclara que se están tomando medidas para frenar la sangría entre los más pequeños. Pero nadie sabe cómo.

Sea como fuere, más de 5.000 menores han muerto o resultado heridos desde marzo de 2015. Pero hay más: medio millón dejó las aulas en los últimos tres años, 1,5 millones ha tenido que huir de sus hogares, 400.000 sufren malnutrición severa, la mitad de todos los niños del país (alrededor del 40% de habitantes tiene menos de 15 años) sufre retraso en su crecimiento. "Cada aspecto de la vida diaria", dice Hodeib, del CICR, "se ve afectado. "Los yemeníes tienen problemas para poner comida sobre la mesa, para beber agua potable, acceder o recibir un cuidado sanitario adecuado, además de que hay una serie de servicios básicos inexistentes. Sin mencionar que la violencia ha llevado a interrumpir el colegio en muchas en las áreas donde ha estallado, lo que tendrá unas consecuencias sin duda dañinas para la educación de generaciones enteras de yemeníes".

Entre los niños de la excursión de Saada estaba Osama Zeid Al Homran. Grabó con un móvil algunos de los momentos que precedieron al horror. Los críos corren por el verde entre las tumbas del cementerio, atienden una clase en la que recitan el Corán y gritan de júbilo en el autobús que los traslada. De la excursión, relató el profesor Hussein, era de lo único que habían hablado en los últimos dos días. Al Homran también murió. Tras el bombardeo, Anwar Gargash, ministro de Exteriores de Emiratos Árabes, miembro de la coalición liderada por Riad, afirmó: "Por desgracia, la guerra no puede ser una operación limpia".