Las risas más influyentes de la campaña

Los 'standuperos' y 'youtubers' han sido capaces de llegar al público más joven con un mensaje político, entre broma y broma lanzan severas críticas cargadas de opinión

Hay otra forma de contar la actualidad política. Una que llega a millones de personas y es capaz de conquistar a los millennials. En ella a los candidatos se les llama “salchicha de pavo con lentes”, “Nevado de Toluca” o “hijo de la mafia del poder”. “Chingue a su madre priistas”, se llega a escuchar. Rompe con lo políticamente correcto y se burla de uno y otro bando sin miedo a la reprobación social. Está instalada en el terreno del humor, pero entre broma y broma se lanzan serias críticas y mensajes cargados de opinión.

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La protagonizan standuperos (humoristas) o youtuberscomo Chumel Torres, Ricardo O’Farrill, Carlos Ballarta o Sofía Niño de Rivera son que se han servido de la comedia para hablar de la cita electoral. Sus programas no se emiten en la televisión en abierto, ni se les puede leer en la prensa más tradicional, pero logran cientos de miles de reproducciones en YouTube y centenares de retuits. “Me baso siempre en casos reales y gracias al humor tengo un escudo que me permite atacar a la clase política como no se logra hacer de otra forma”, cuenta Ballarta.

Son ellos los que han llegado al público más joven, el que se le resiste a los candidatos y se le escapa a las grandes cadenas de televisión. Es también uno de los sectores de la población que más se abstuvo en las elecciones de 2012: un 55% no fue a votar y al mismo tiempo, es el que decidirá las del próximo 1 de julio. Los votantes de entre 18 y 29 años suponen más de 25 millones -un 29,2% de la lista nominal-, el rango de edad con mayor número de electores en estos comicios en los que el favorito en las encuestas, Andrés Manuel López Obrador, tiene 64 años.

Estrellas de la comedia que llegan a los millennials generando risas que en realidad vienen cargadas de indignación. Muestran con total descaro su hartazgo y desilusión con una campaña “de la que todos estamos hasta la chingada, hasta la fregada, en la que se han dedicado a sacar cartones y pelear. Tuvo más espacio el escándalo y la lluvia de mierda que la confrontación de propuestas”, sostiene Chumel, presentador de El Pulso de la República, un programa que dos veces por semana analiza la actualidad en clave de humor.

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“Me ha escrito gente para decirme: ‘Denle un especial [de humor] en Netflix a López Obrador’ y es que es ridículo lo que está haciendo este trío de payasos. El que se supone que es más culto es un intenso, un psicópata. Saca sus filminas y ni siquiera se alcanzan a leer. ¿Cuál es el punto de imprimir 70 cartulinas si no se aprecian en la televisión?”, señala el cómico O’Farrill entre risas, haciendo alusión a los gráficos que expuso Ricardo Anaya durante los debates electorales.

Se siente defraudado, al igual que Chumel y Ballarta, con una clase política, que ha generado enorme descontento en México, como bien ilustra el bajo índice de aprobación que ha tenido el actual presidente, Enrique Peña Nieto. Su gestión llegó a ser reprobada hasta por un 77% de los mexicanos en febrero de 2017, cuando alcanzó su máximo en estos casi seis años de mandato. “El PRI ha generado enorme desilusión en la gente. Han alcanzado unos niveles de corrupción y de maldad tan profundos, que más allá de asustarnos, reaccionamos riéndonos”, cuenta Ballarta.

Las bromas de estos humoristas acaban siendo dardos precisos que ponen contra las cuerdas a los políticos. Ninguno se libra del ridículo en el que acaban hundidos cada vez que se convierten en los protagonistas de sus presentaciones. Su humor conecta a la perfección con las oleadas de memes que circulan en las redes tras las salidas de tono de los candidatos. Encaja impecablemente con los tuits que se ríen del “Ricky Riquín Canallín” que soltó López Obrador en uno de los debates, con las reacciones al “insulting and unacceptable” de Ricardo Anaya al conocerse las medidas arancelarias de Trump o con las burlas al “no me acuerdo del título de mi libro” de José Antonio Meade en una entrevista. En definitiva, congenia con el desencanto social y el hartazgo que reina en México desde hace un tiempo.

“Ni Sofía [Niño de Rivera] ni yo teníamos shows políticos, pero llegó un punto en el que comenzamos a hablar de ello. Fue cuando la situación del país nos empezó a enojar. Cuando se descubrió que este güey [Enrique Peña Nieto] tenía una Casa Blanca y nunca quiso explicar cómo la compró. Prefirió usar a su esposa para que aclarase la polémica. En ese momento me dije: ‘Estoy encabronado, me cae gordo ese güey”, cuenta O’Farrill.

También fue durante el mandato de Peña Nieto cuando nació El Pulso de la República, un programa de 30 minutos de duración que logró canalizar una parte del enfado que iba generando el sexenio del priista. En torno a este canal de YouTube se reunió un buen número de críticos con una clase política que, según defiende Chumel, no está a la altura de la sociedad actual.

“En estas elecciones puede haber un nivel de participación muy superior al de otros comicios. Ahora todo el mundo conoce a los candidatos, ha habido buenos debates, y se han elegido buenos formatos para los cara a cara. Hemos logrado tener unas elecciones de niño grande, ahora les toca a los partidos elegir candidatos de niño grande, en vez de escoger a uno que se dedica a hacer chistes como el Bronco, a otro que no debate nada como López Obrador, u otros que no tienen nada de charm (carisma) como ocurre con Anaya y Meade”, cuenta Chumel.

Pero su humor también genera reacciones. Les toca ir sorteando las críticas de los seguidores de uno y otro candidato, “sobre todo las de los partidarios de López Obrador que en realidad son los únicos que reaccionan cuando hablas de su candidato”, defiende Chumel. Estos humoristas son los nuevos influencers, capaces de llegar al público más joven con un mensaje político. Sus bromas sobre los candidatos se difunden por otros canales que no son los tradicionales. Las redes sociales y YouTube son los perfectos aliados de estos reyes de la comedia que no forman parte del establishment mediático. Unos outsiders de la comunicación que han canalizado como pocos el hartazgo y el desencanto social de los millennials con una clase política a la que han desposeído de toda credibilidad.

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