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El director de la CIA se reúne en secreto con el líder de Corea del Norte

Las conversaciones buscan allanar la reunión con Trump prevista a inicios de junio

El director de la CIA, Mike Pompeo; el líder de Corea del Norte, Kim Jong-un, y el presidente de EEUU, Donald Trump. En vídeo, Trump confirma conversaciones a alto nivel con Corea del Norte.

La partida ha comenzado. El director de la CIA, Mike Pompeo, se reunió la semana pasada en secreto con el líder de Corea del Norte, Kim Jong-un. Las conversaciones tuvieron como objetivo preparar el espinoso cara a cara que el presidente de EEUU prevé mantener con el Líder Supremo para tratar la desmantelamiento del programa nuclear del país asiático. El resultado, según Donald Trump, fue positivo y “forjó una buena relación”. “Ahora se están trabajando los detalles de la relación. La desnuclearización será algo importante para el mundo, pero también para Corea de Norte", tuiteó.

El envío a tierra hostil de uno de los hombres fuertes de la Casa Blanca muestra que la preparación de la cumbre va por buen camino. Pompeo, a la espera de su confirmación como secretario de Estado, es un halcón puro. Dispuesto a intervenir militarmente en Corea del Norte, considera que el choque, si Kim Jong-un no acepta la desnuclearización, es una cuestión de tiempo: seis meses, un año, a lo sumo dos. Esas son las fechas que él mismo ha dado sobre la capacidad de Pyongyang para conseguir un misil de largo alcance con carga nuclear, la línea roja que Trump ha trazado.

Con estos antecedentes, que la reunión entre Pompeo y Kim haya discurrido, en palabras de la Casa Blanca, “sin problemas” y que se haya “forjado una buena relación” indica que los primeros obstáculos se han superado. El propio presidente recordó que, si nada se tuerce, la cita se celebrará a principios de junio y que hay cinco ubicaciones en liza. Ninguna en Estados Unidos.

El cara a cara marcará una divisoria en el conflicto coreano. Nunca los presidentes de ambos países se han reunido. El encuentro de más alto nivel antes de la visita de Pompeo se registró en 2000 cuando la entonces secretaria de Estado, Madeleine Albright, se vio con El Amado Líder, Kim Jong-il (1942-2011), hijo del Gran Líder, Kim Il-sung (1912-1994) y padre del actual mandatario. Aquella negociación, como las anteriores y posteriores, fracasaron y mostraron la dificultad de tratar con un régimen enrocado en un asfixiante culto a la personalidad y cuya máxima preocupación es la perpetuación de una estirpe de tiranos.

Esta vez, además, el desafío ha llegado más lejos que nunca. Tras heredar el poder en 2011, Kim Jong-un retomó la carrera armamentística iniciada por su padre, y la aceleró hasta lograr la bomba de hidrógeno y misiles con capacidad para alcanzar territorio estadounidense. Ha sido un pulso frenético que ha venido acompañado de una sobrecogedora escalada de tensión con Washington. No sólo ambos líderes se insultaron y amenazaron, sino que la diplomacia norteamericana impuso un férreo cerco sobre Pyongyang.

La ofensiva logró un giro histórico. China, que absorbe el 90% de las exportaciones norcoreanas, se sumó a la presión. Con su respaldo, Pyongyang vio alejarse a su principal aliado, mientras las sanciones y condenas en el Consejo de Seguridad de la ONU se multiplicaban.

Cada vez más aislado y problablemente empujado por la propia tensión económica interna que genera su carrera armamentística, el Líder Supremo decidió a finales de 2017 dar un golpe de timón. Primero abrió una negociación directa con Corea del Sur, luego reconoció que estaba dispuesto a la desnuclearización si se respetaba su régimen y finalmente, en marzo pasado, ofreció a través de un emisario surcoreano la reunión con Trump. Una oportunidad que el presidente de EE UU, especialista en los saltos en la cuerda floja, no desaprovechó. Dijo inmediatamente que sí, pero sin bajar la guardia.

“No vamos a cometer los errores del pasado. Hemos revisado lo que se hizo en anteriores negociaciones y todas condujeron a una distensión; se hacían concesiones a cambio de mantener el diálogo. Pero esta vez el presidente tiene claro que no dará ninguna recompensa a Kim Jong-un”, señaló en su día la Casa Blanca.

Esta línea dura se reforzó internamente con una recomposición del gabinete. El ala moderada de la Casa Blanca fue descabezada. En pocos días, salieron el consejero de Seguridad Nacional, el general Herbert R. McMaster, y el secretario de Estado, Rex Tillerson. En su lugar ascendieron Pompeo y el volcánico John Bolton. Dos defensores de la intervención militar en Corea del Norte.

Armada la escuadra, Trump ha enviado a Pompeo a la boca del lobo. En apariencia, el contacto ha sido positivo. El éxito de la negociación, con todo, sigue siendo altamente complejo. Ambos interlocutores destacan por su volatilidad y su escasa experiencia internacional. Tampoco está claro que entiendan lo mismo por desnuclearización. Y es difícil que esta sea aceptada por el Líder Supremo sin que EEUU retire sus tropas de Corea del Sur. Un anatema para Washington.

Con estos mimbres, la posibilidad de acuerdo descansa en unas expectativas mínimas. Lejos de una democratización, a Trump le bastaría con que Pyongyang abandonase el arma nuclear. Eso sería un éxito para él. Kim Jong-un, por su parte, quiere consolidar su régimen y posiblemente firmar el acuerdo de paz con el sur (desde 1953 solo hay un armisticio, por lo que técnicamente siguen en guerra). Y a China le es suficiente rebajar la tensión zonal y asegurar la continuidad de un régimen que actúa de glacis de seguridad frente a las tropas estadounidenses estacionadas en Corea del Sur.

Todo ello configura una negociación de geometría incierta y de la que nadie espera un acuerdo fulminante. Más bien un compromiso inicial y el congelamiento de las pruebas armamentísticas. Y en caso de fracaso, el regreso a la narrativa bélica. Trump volvería a apretar el cuello a un país con un PIB per cápita 100 veces menor que el suyo. Y a blandir, al igual que en el caso sirio, la amenaza de intervención militar. Pero esta vez, con un gabinete más proclive al ataque.

Trump enfría un posible retorno de EE UU al TPP

JOAN FAUS (Washington)

El japonés Shinzo Abe fue el primer líder extranjero que se reunió con Donald Trump tras la victoria electoral del estadounidense. Ambos han celebrado dos cumbres, la última el martes y el miércoles, en la mansión de Trump en Florida. Pero detrás de las apariencias y los elogios a la relación bilateral, la última reunión ha revelado la distancia de Trump con Abe en dos asuntos clave: Corea del Norte y comercio.

El primer ministro japonés teme quedarse en un segundo plano en la preparación de la reunión de Trump con el dictador norcoreano, Kim Jong-un, y que en las negociaciones Pyongyang no acceda a dejar de desarrollar misiles de medio alcance que pueden golpear a Japón. Trump, por su parte, ha rebajado las expectativas de que EE UU pueda unirse al acuerdo de libre comercio con 11 países del Pacífico (TPP en sus siglas inglesas), incluido Japón.

“A no ser que nos ofrezcan un acuerdo que no pueda rechazar no volvería al TPP”, dijo Trump en una rueda de prensa conjunta con Abe. El presidente estadounidense manifestó su preferencia por sellar un acuerdo bilateral con Japón y vinculó ese nuevo pacto con la posibilidad de eximir a Tokyo de los nuevos aranceles al acero y aluminio impuestos por EE UU. Fue un jarro de agua fría para Abe, que exhibió sus divergencias con Trump al afirmar que el TPP es el “mejor” acuerdo posible para ambos países. Y se mostró evasivo ante la posibilidad de negociar un acuerdo bilateral de libre comercio con EE UU, que se queja del déficit comercial con Japón.

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