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OPINIÓN

El inicio de la renovación

El papa Francisco suscita oposición aunque en menor medida que sus predecesores y su aceptación entre los no católicos es altísima

El papa Francisco (izq.) saluda a las autoridades de la provincia francesa de Marsella durante una audiencia en el Vaticano este 12 de marzo de 2018. Ver fotogalería
El papa Francisco (izq.) saluda a las autoridades de la provincia francesa de Marsella durante una audiencia en el Vaticano este 12 de marzo de 2018. EFE

Hace cinco años advertimos de inmediato que el nuevo papa era verdaderamente un papa nuevo. Al decidirse por Jorge María Bergoglio, los cardenales habían elegido por primera vez a un americano (después de trece siglos, un no europeo), un jesuita, el obispo de una megalópolis como Buenos Aires caracterizada por sus llamativos contrastes sociales, y un Francisco. En definitiva, un pontífice que podía presentarse como elegido “casi en el fin del mundo”, es decir, en las antípodas de Roma. Una sorpresa igual a la de la elección del polaco Karol Wojtyla, que, tras casi medio milenio de papas italianos, llegaba “de un país lejano”. Y, del mismo modo que Juan Pablo II había contribuido al derrocamiento del Muro entre este y oeste, se intuía que el papa argentino podía empezar a hacer que cayera el que se alza entre el norte y el sur del mundo.

Sin embargo, al comienzo del sexto año de pontificado, ¿qué queda de aquella novedad? A estas alturas, la opinión pública está acostumbrada a consumirlo todo cada vez más deprisa, y no cabe duda de que la figura de Bergoglio también se resiente de la exposición excesiva de los primeros años y resulta menos novedosa. Hay que añadir que Francisco suscita oposición, aunque, ciertamente, en menor medida que sus predecesores, y que su aceptación entre los no católicos es altísima. El momento de crisis caracterizado por los escándalos en la curia romana había cargado de expectativas la elección del Papa y amplificado la espera de un reformador que salvase a la Iglesia de su desplome, igual que el santo de Asís visto en sueños por Inocencio III y pintado por Giotto. Y, efectivamente, el papa ha comenzado la renovación. Un mes después de la elección, nombró un consejo de cardenales para que lo ayudasen a gobernar el catolicismo y a reformar la curia romana.

El momento de crisis caracterizado por los escándalos en la curia  había cargado de expectativas la elección del Papa

Los resultados aún son parciales en el frente de la crisis más grave, la de los abusos sexuales en los que se han visto implicados miembros del clero en varios países, y también en lo que respecta a las finanzas y las estructuras vaticanas. Pero el propio papa ha reconocido los errores y se ha reafirmado en su firme voluntad de seguir adelante con el proceso reformista. Una dinámica que debe involucrar a la Iglesia desde la raíz y empujarla en su totalidad. El punto de referencia es la renovación del concilio Vaticano II, que llevará tiempo. Por edad, Bergoglio es el primer papa que no ha tomado parte en el concilio, pero es y se siente hijo del Vaticano II, inspirado por un predecesor olvidado como Pablo VI y arraigado en la mejor tradición jesuita, acostumbrada a hacer examen de sí misma y de la realidad puesta frente al Evangelio, como ocurrió en los sínodos de la familia seguidos por discusiones y diferencias de opinión.

Con Francisco, la Iglesia de Roma, que ha confirmado que es la más interesada en buscar el diálogo con otros cristianos y con fieles de otras religiones, conoce también una nueva proyección mundial gracias a los viajes a países olvidados por la información internacional, a la creación de cardenales cada vez más representativos de la universalidad católica, a la atención a los pobres, a la paz, o al medioambiente, tema social tratado en una encíclica que ha tenido eco mundial. Y la diplomacia de la Santa Sede desarrolla una gran actividad, aunque discreta, en los escenarios de crisis, favoreciendo el multiculturalismo. 

Las primeras palabras y los primeros gestos del papa han llamado enseguida la atención por su inmediatez, multiplicándose en estos cinco años y llegando a entornos lejanos. En efecto, Francisco es un misionero que quiere anunciar el Evangelio, que es esencialmente el mensaje de la cercanía y la amistad de Dios, a todas las mujeres y a todos los hombres. Por eso el papa empuja a la Iglesia a salir de sí misma, a purificarse y a alejarse de cualquier interés. Una tarea nada fácil, pero que sigue adelante.

Giovanni Maria Vian es el director de L'Osservatore romano

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