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ANÁLISIS

La Liga Norte, de la secesión de operetta al híbrido nacional-autonomista

La formación vuelve con fuerza tras un periodo de crisis y bandazos entre su secesionismo histórico, el renovado autonomismo y el nacionalismo xenófobo

El líder de la Liga Norte, Matteo Salvini en Milán este lunes.
El líder de la Liga Norte, Matteo Salvini en Milán este lunes. AP

La Liga Norte es un ave fénix político que ha resurgido de sus cenizas más de una vez. Su éxito en los referendos consultivos del domingo para reclamar mayor autonomía en Lombardía y Véneto es un choque eléctrico en la política italiana. Sus múltiples metamorfosis en las distintas tonalidades de secesionismo/autonomismo, xenofobia/islamofobia y populismo a lo largo de tres décadas permiten algunas reflexiones, en clave catalana y europea.

Los paralelismos entre la cuestión padana y la catalana son obvios. Regiones ricas, en el seno de Estados de la UE cuyas constituciones no admiten secesiones – “La República, una e indivisible”, reza el artículo 5 de la ley fundamental italiana-, emprenden una huida hacia adelante rumbo a la independencia. En ambos casos -el lombardoveneto en los noventa, Cataluña ahora- lo hacen pocos años después de un poderoso terremoto de investigaciones judiciales que arrojan luz sobre amplias tramas de corrupción política; y después de una profunda crisis económica. La llamarada secesionista se produce en Italia después de tangentopoli y de la gran crisis de la lira (ambas estallan en 1992).

Las diferencias también son evidentes. Cataluña tiene una identidad cultural y lingüística más fuerte; mayores competencias (Educación; policía); menor déficit fiscal con el centro y menor tamaño económico; y su desafío se plantea desde dentro de las instituciones autonómicas, mientras el de la Liga fue un secesionismo de operetta, con muchos actos con valor teatral pero nula trascendencia legal. Aun así, en 1997 arrastró a 4,8 millones de electores a las urnas en un sucedáneo de referéndum de independencia. Esos eran los años del apogeo ‘leghista’.

Las circunstancias son tan diferentes que es aventurado extrapolar lecciones de una a otra. Pero, desde los 20 años de ventaja temporal que lleva la aventura padana sobre la catalana, al menos una parece sostenerse sobre fundamentos racionales sólidos: el proyecto secesionista padano pereció por inanición. Se quedó arrinconado, y allí murió, solo, de asfixia. Nadie lo reconoció, nadie hizo ni caso. No tenía adonde ir. Todos se dieron cuenta: la Liga incluida.

Empezó ahí la travesía política en el desierto de la Liga, con cuotas de alrededor del 4% en las elecciones de 2001 y 2006, pagando el peaje de esa aventura fallida y de la pertenencia a la coalición dirigida por Berlusconi, de la que también formaba parte la centralizadora Alianza Nacional de Gianfranco Fini. Tras un repunte (8%) en 2008, la Liga volvió a caer al 4% en 2013.

Pero el partido ha protagonizado paulatinamente un viraje que lo alejó de la aventura secesionista para instalarlo en la senda constitucional autonomista; y sobre todo abrazó con creciente vigor la retórica xenófoba. Especialmente la islamófoba, hace ya una década, mucho antes que otros, antes del ISIS y de los atentados yihadistas en Europa. Italia a menudo es un laboratorio político adelantado, pionero, desde Roma antigua, al renacimiento, del fascismo, a los magnates mediáticos en política (Berlusconi) y las formaciones populistas que atacan la casta (M5S)

Hay cierta idiosincrasia entre el proyecto del líder Salvini de convertir a la Liga en un partido nacional y este renovado empuje autonomista en el Norte. Pero es evidente que los millones de votos logrados en estos referendos consultivos impulsados por sus líderes locales son un excepcional propulsor de cara a las elecciones legislativas de los próximos meses, en la que según los sondeos podría colocarse como primera fuerza del ámbito de centroderecha con sus mejores resultados históricos.

Estas circunstancias señalan que, pese al alivio por haber sorteado de alguna manera los peores augurios de las amenazas ultraderechistas y euroescépticas en Francia, Holanda y otros países, el empuje de estas formaciones no ha terminado. Se ha comprobado con la pujanza de Afd en Alemania, y más recientemente en Austria, donde el Partido de la Libertad obtuvo un 26%. En Italia, esta vez iba de autonomismo, que no necesariamente tiene una lectura xenófoba o de ultraderecha. Pero de todas formas es una prueba de fuerza y tracción de la Liga, que impulsó las consultas, defiende esas ideas y abandera un euroescepticismo sin complejos.

Queda por ver si el partido logrará mantener el equilibrio en esta reencarnación, con su tensión entre el espíritu nacionalista (contra los extranjeros) y el autonomista (del norte contra el resto de Italia). Una nueva metamorfosis, pero siempre en el ámbito de una política de conservadurismo y cerrazón. Todo lo contrario de lo que fue, en el fondo, la Liga histórica de la que tomó el nombre. La liga de ciudades lombardas fundada hace 850 años que se opuso al emperador Barbarroja –símbolo de un mundo feudal que desaparecería-, y que representaba la avanzadilla –con instituciones cuasi ‘federales’ y empuje comercial- de esas urbes que contribuyeron decisivamente a la muerte de la oscura era medieval y el alumbramiento del humanismo y el renacimiento.

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