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Crece la decepción con Rohani por su incumplimiento de las promesas

Reformistas, mujeres y minorías acusan al presidente de Irán de no mantener sus compromisos electorales

El presidente iraní, H. Rohani (izq.) y el secretario general de la ONU, Antonio Guterres (der.) en un encuentro en Nueva York en septiembre.
El presidente iraní, H. Rohani (izq.) y el secretario general de la ONU, Antonio Guterres (der.) en un encuentro en Nueva York en septiembre. AFP

Antes de que se cumplan los cien días de su segundo mandato, Hassan Rohani ya ha decepcionado a los principales grupos que respaldaron su reelección como presidente de Irán el pasado mayo. Reformistas, mujeres y minorías le acusan de haber olvidado sus promesas electorales. La prolongación del arresto domiciliario a los líderes del Movimiento Verde, la ausencia de ministras y el descontento de la minoría suní son los ejemplos más visibles del desencanto entre una gran parte de la población.

“Nuestro mensaje está claro, el arresto se debe acabar”, era el eslogan que se repetía con frecuencia durante los mítines de Rohani. Se trata de una de las peticiones que los reformistas le habían hecho desde que le apoyaron en la campaña que le llevó al Gobierno en 2013. Durante los cuatro años de su primer mandato, el presidente subrayaba de forma tácita que no podía hacerlo con tan sólo 51% de los votos.

“Nosotros respaldamos a Rohani para que cumpliera con las promesas pendientes”, declara Ali Oskuí, estudiante de filología inglesa de la Universidad Alameh Tabatabaei. Tanto él como los amigos que le rodean expresan su sorpresa ante las recientes posturas del presidente, aunque reconocen que no han perdido aún la esperanza.

Todos los indicios apuntan a una concesión del mandatario iraní ante la línea más dura del sistema. Sin embargo, se desconoce qué clase de pacto ha alcanzado Rohaní para preferir no irritar más a los sectores conservadores, en especial, a los Guardianes de la Revolución (Pasdarán), que significativamente han dejado de poner tantas pegas a su política, en especial, económica.

Transcurridos cuatro meses de su victoria electoral con el 57% de los votos, el levantamiento del arresto domiciliario a los líderes verdes se ha vuelto un asunto polémico. La detención de Mir Hosein Musavi y Mehdi Karrubi, en marzo de 2011, respondió a una orden del Consejo de Seguridad Nacional (CSN), encabezado por el entonces presidente Mahmud Ahmadineyad, y con el visto bueno del líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei. Ahora que Rohani preside el CSN, muchos lo acusan de pasividad y de no tomar cartas en el asunto. Pero ni el Gobierno tiene la mayoría en el Consejo, ni las decisiones de éste son válidas sin el visto bueno del líder.

“Rohani sabe que si no llega a un acuerdo con Jameneí sobre el destino de los confinados, no podrá responsabilizarse de su situación posterior. Los ultras que controlan el poder judicial los acusan de ser enemigos de Islam, y según el código islámico tendrían que ser ejecutados”, señala a EL PAÍS un profesor de Ciencias Políticas que pide el anonimato.

El lenguaje oficial tilda a los líderes verdes de “cabecillas de sedición”. Musavi y Karrubi, por su parte, siempre han exigido un juicio público, lo que alienta las sospechas de que sus declaraciones no le convendrían ni siquiera al propio presidente.

“Rohani prefiere tener la iniciativa en el marco de una detención cada vez más relajada, porque de momento se encarga de su confinamiento el Ministerio de Inteligencia, pero una vez levantado, los protagonistas serán los ultraconservadores”, explica el citado profesor. Pero las críticas van más allá del arresto domiciliario.

Molaví Abdolhamid Esmaeilzehi, uno de los líderes suníes de Irán, aseguró el pasado miércoles que esa minoría sopesa la posibilidad de dejar de respaldar a los moderados “si el Gobierno de Rohani no toma medidas para eliminar la discriminación” que sufren. El imam de las plegarias de viernes de Zahedán, una ciudad del sureste del país, criticó la ausencia de suníes en el nuevo Gabinete. Los suníes apenas son el 9% de la población de Irán, un país eminentemente chií, que es la rama minoritaria del Islam.

La misma indignación se percibe entre los defensores de los derechos de las mujeres, que prestaron su apoyo a Rohaní, confiando en su promesa de que abriría espacios para éstas. Sin embargo, el presidente renunció a incluir a alguna en su Gobierno. “El Parlamento está bajo control de reformistas y moderados lo que hacía muy probable que hubiera dado su confianza a una ministra, pero parece que Rohaní prefiere satisfacer a los ayatolás de Qom y al líder a costa de alejarse de sus seguidores”, afirma un diplomático iraní que prefiere no revelar su identidad. También se mantiene la prohibición de que las mujeres accedan a los estadios donde se celebran competiciones masculinas. Recientemente, el Ministerio de Deporte no ha invitado a dos concejalas de Mashhad, la ciudad más santa de Irán, a la inauguración de uno de esos centros deportivos.

Queda por ver si esta política constituye una estrategia de Rohaní que prioriza sus planes económicos, o busca garantizarle una parcela de poder para el día después del actual líder iraní.

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