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LADY DIANA, 1961-1997

… y la princesa subió a los altares

El epílogo de su vida se escribió a toda marcha con los fotógrafos como notarios

Fueron su vida y su muerte. Diana amaba las cámaras y al mismo tiempo las odiaba. Era una relación casi sadomasoquista. Sin embargo, su historia de amor con los fotógrafos duró más que su matrimonio con el heredero al trono británico. De hecho, venció a la familia real británica gracias al apoyo de la prensa amarilla. Fueron su vida y su muerte. 

Este reportaje  fue publicado en El País Semanal el 14 de septiembre de 1997

Diana de Gales en una visita a Bonn en 1987.
Diana de Gales en una visita a Bonn en 1987. AP

Una vida vivida cara al público y una muerte trágica a los 36 años. El azar ha sellado así el destino de mito de la princesa Diana de Gales. Mientras el palacio de Buckingham elegía meticulosamente el nivel protocolario al que debían ajustarse las exequias, las rotativas de los diarios de todo el mundo imprimían decenas de páginas dedicadas a la vida y la muerte de la más fulgurante estrella del firmamento mediático. Y hasta el escritor católico británico Paul Johnson, gran amigo de la princesa, reconocía con dolor que “el culebrón en el que vivimos inmersos ha perdido a su personaje más memorable y atrayente”. ¿Cuándo, cómo, y por qué se había operado la transformación de una joven de la alta sociedad británica –con una educación, un pasado y un físico comunes a decenas de otras chicas de su edad- en uno de los mayores mitos de la década?

Diana Frances Spencer, tercera de una familia de cuatro hermanos, había nacido en julio de 1961 en la residencia que su familia tenía alquilada a la Corona en las dependencias reales de Sandringham. Su padre, el vizconde de Althorp, y su madre, Frances Roche, se divorciaron cuando la futura princesa tenía sólo seis años, aunque Diana mantuvo hasta el final una buena relación con su madre. La niña recibió una educación convencional en sucesivos internados de Norfolk y Kent, antes de redondear su preparación para el matrimonio de un colegio suizo.

Lo que ya no fue tan convencional es el marido que le otorgó el destino: Diana fue elegida –con escaso entusiasmo, a juzgar por las declaraciones del propio príncipe a su biógrafo Jonathan Dimbleby- por el heredero del trono británico para convertirse en la futura reina de Inglaterra. Es obvio que este matrimonio, celebrado el 29 de julio de 1981, colocó a Diana de Gales para siempre en un escenario cara al público. Y más exactamente, en el escenario de sus sueños. Pero su ingreso en la familia real más famosa del planeta no explica por sí solo el fulgurante ascenso de la princesa y su cotización siempre en alza en el mercado de la noticia. En la propia prensa británica muchos opinan que el origen del mito está en la complicada trama, las relaciones sadomasoquistas que la fallecida princesa estableció desde el principio con las cámaras, a las que utilizó hábilmente, consciente del poder que representaban.

Su relación con el mundo de la imagen fue más duradera que su matrimonio de 15 años con el príncipe Carlos de Inglaterra, pero igual de inestable y tormentosa. Diana necesitaba las cámaras y al mismo tiempo, en una relación tan compleja como los trastornos alimentarios que le atenazaron el estómago -ciclos de bulimia y anorexia- durante años, las odiaba. Alardeaba veladamente de su poder de convocatoria, para lamentarlo a renglón seguido.

"Adonde voy me siguen 50 o 60 fotógrafos". En noviembre de 1995, Diana de Gales, todavía alteza real y todavía esposa legal del heredero de la corona británica, se refería así, con un secreto tono de orgullo, a las servidumbres mediáticas de su posición. Para entonces, la princesa de las largas piernas era ya una de las máximas celebridades del starsystemde los medios de comunicación. Sus fotografías estaban en permanente demanda, y la nube de curiosos y paparazzi que la seguían en cualquiera de sus apariciones públicas superaba a la de otra mítica princesa: Carolina de Mónaco. En el último año de su vida, tras el temido divorcio del príncipe de Gales, cuando el palacio de Buckingham le proporcionó un semiexilio dorado en los márgenes de la familia real, Diana se lasarregló para superarse a sí misma en ese escalafón del éxito de masas. Los fotógrafos que la persiguieron por las calles de París la trágica madrugada del 31 de agosto iban detrás de una imagen valorada en un millón de dólares. La imagen de la princesa con su último amante y, de hacer caso a su principal aliado en los media, el periodista del Daily Mail Richard Kay, el hombre destinado a ser su segundo esposo, Dodi al Fayed.

Su romance con el hijo del multimillonario egipcio Mohamed al Fayed marcaba de alguna forma la cima de la osadía personal de Diana. Sus rumoreados planes de matrimonio con un playboy de religión musulmana, ligado a una familia particularmente detestada y temida por el establishment británico, debieron provocar una intensa conmoción en los centros de poder londinense. Ni siquiera está claro que, esta vez, la princesa, la heroína de los humildes y afligidos, hubiera sido capaz de remontar indemne la corriente crítica del pueblo, que empezaba a ver en su conducta demasiadas similitudes con pasados episodios sentimentales de la vida de su cuñada, Sarah Ferguson. ¿Diana, madre del futuro rey emparentada con los Al Fayed? La sola sugerencia estremecía a los británicos.

Pero la princesa, sentada en el trono de la adoración pública y cegada por los flashes, se sentía capaz de afrontar el desafío. Y no sólo eso. De alguna oscura manera Diana necesitaba exhibir su amor. Las cámaras que habían venido tantas veces en su ayuda debían ser testigos de este nuevo éxito personal que se llamaba Dodi al Fayed.

¿Acaso no había puesto contra las cuerdas ella sola, con la fuerza de una entrevista televisada conducida con maestría y con templada por 20 millones de británicos, a la Casa de Windsor? ¿Acaso no había provocado poco menos que una crisis constitucional al expresar sus dudas sobre la capacidad de su marido para ser rey? Con su rostro de María Magdalena se había referido a la familia real como "el enemigo", y había reconocido que ella misma, aquella frágil jovencita criada sin madre en la finca de los Spencer en Althorp, se había convertido "en una amenaza", se supone que para la Casa Real. Tras aquella entrevista-mazazo de noviembre de 1995 que hizo rodar cabezas en la BBC, los Windsor aceptaron las condiciones de Diana para consumar su divorcio del príncipe Carlos. Después de aquel striptease moral, el periódico conservador TheDailyTelegraph, el más influyente del país, la dio por perdida como personaje oficial. "¿Qué papel podría desempeñar si está llena de osadía y respira odio contra el sistema que le proporciona dinero, posición y fama?". Pero el editorialista se equivocaba. La princesa se las ingenió para mantener una relación civilizada con la familia real. Distante, pero obteniendo el reconocimiento debido para su rango como madre de un futuro rey. El arreglo acabó para siempre con los problemas económicos de Diana, que se convirtió, de repente, en una de las mujeres más ricas del Reino Unido. La cifra recibida por la libertad de Carlos de Inglaterra nunca fue revelada, pero oficiosamente se habló de 17 millones de libras (cerca de 4.000 millones de pesetas).

Todo gracias a la intocable posición en el santoral del pueblo a la que había sido aupada por la prensa. A estas alturas de la historia, sin embargo, la princesa se sentía capaz de afrontar nuevos retos. Ya estaba bien de presidir actos banales. La dueña del rostro más popular del planeta quería grandes causas y probar en ellas el poder de su carismática sonrisa. Para alcanzar su nuevo estatus, la princesa empezó por arrojar lastre oficial. Apenas perdido su título de alteza real, más de un centenar de insípidas organizaciones caritativas recibieron corteses notas de su secretaría personal con las que la princesa les daba calabazas. Diana picaba más alto. Si su rostro vendía periódicos, revistas, y causas piadosas de limitado alcance, justo era que dedicase sus esfuerzos a tareas más difíciles. Por ejemplo, la batalla contra las minas antipersonales. Una campaña mucho más ambiciosa y de perfil mucho más político que las emprendidas hasta entonces, que le valió también críticas de más rango. Su visita a Angola, en enero de este año, marcó un hito en el camino ascendente de la "Diana embajadora", "Diana defensora de las causas nobles", su nuevo papel mediático.

Ahora más que nunca la seguía un ejército de choque, poderoso, casi imbatible. Ahora más que nunca lo necesitaba. Decenas de fotógrafos que colocaban esa sonrisa suya, ese abrazo, en las primeras páginas de los diarios del mundo. No era un ejército disciplinado ni fácilmente controlable. No lo había sido en ningún momento a lo largo de los 16 años de reinado de Diana en los mass media. La prensa le dio grandes disgustos y no tuvo piedad a la hora de vender al mejor postor las imágenes más desafortunadas. Pero también le proporcionó miles de exultantes y piadosas instantáneas de la trágica princesa en su doble faceta de estrella mundana y de aspirante a santa. En la larga partida de póquer con su ex marido y hoy inconsolable viudo, Carlos de Inglaterra, la princesa tuvo siempre los ases en la mano, porque tuvo siempre de su lado a la prensa y con ella a la inmensa masa de la población británica.

En la cima de su celebridad, el control de su imagen se hacía más y más difícil para Diana de Gales. La princesa veía con creciente fastidio a los fotógrafos que montaban guardia a diario en la entrada del palacio de Kensington, o en el Chelsea Harbour Club, donde la princesa hacía deporte. En su última entrevista concedida al diario Le Monde y en sus confidencias al periodista Kay, la princesa repetía sus quejas contra una "prensa feroz" y aventuraba para ella un futuro fuera de la escena pública. Estaba harta de los teleobjetivos y temía que la intrusión de las cámaras en su vida privada, ahora que por fin tenía una, pudiera resultar destructiva. Pero la suya era una decisión unilateral. Tomada sin contar con la prensa. Los fotógrafos tenían otros planes. No parecían dispuestos a soltar su presa, acostumbrados a perseguirla de la mañana a la noche. Cuando acudía a las sesiones nocturnas con su psicoterapeuta Susie Orbach, o cuando aparecía flanqueada por un nuevo acompañante. Después de todo, muchas veces eran bienvenidos, como cuando Diana, en mocasines y blue jeans, llevaba a sus hijos a visitar un centro de acogida a los jóvenes sin hogar. O se escapaba a un hospital a reconfortar a un moribundo. Otras, provocaban las iras de la princesa, que en una ocasión pidió ayuda a un transeúnte para arrebatarle el carrete a un fotógrafo particularmente insistente.

Pero ya era demasiado tarde. Su vida estaba enredada en la trama imposible de esa relación enfermiza. Puestas una detrás de otra, las fotografías tomadas por esa legión de paparazzi eran su propia vida. La vida minuto a minuto de Diana de Gales. Su pasión por el ejercicio físico, la evolución de sus gustos indumentarios, desde los lamidos vestidos de flores adornados con cuellos blancos que lucía poco después de la boda, hasta los trajes escotados y cortos diseñados por Gianni Versace en su fase de mujerliberada y segura de su imagen. Ese abultado álbum de prensa lo contenía todo: sus visitas a consejeros espirituales y videntes, su presencia en subastas y en cenas de caridad, sus salidas al margen del protocolo con los dos hijos al cine del barrio, sin mirar casi la cartelera. Su última excursión al Odeon, en la calle mayor del barrio de Kensington, para que los príncipes vieran Thedevisown, una película que "glorificaba" al IRA a juicio de la prensa británica, le valió un aluvión de críticas. Diana pidió disculpas humildemente y el incidente quedó zanjado.

El amor-odio hacia los fotógrafos era ya una constante esencial en el personaje. Diana expresaba una y otra vez su fastidio, pero cuando la prensa se entretenía con otro personaje; cuando, como en julio pasado, la tropilla de paparazzi se trasladaba momentáneamente con trípodes y teleobjetivos a la entrada de Highgrove, la residencia de campo de su ex marido donde se preparaba una fiesta por todo lo alto para festejar el 50° cumpleaños de la amante Camilla Parker-Bowles, la princesa, dicen, languidecía. De vacaciones en la Costa Azul, a bordo del yate de Al Fayed, Diana hizo lo imposible esos días de julio por reconquistar a su perdido ejército. Se exhibió enfundada en un bañador con estampado de piel de leopardo y se atrevió incluso a abordar la lancha donde viajaban unos pocos fotógrafos fieles para anunciarles, bronceada y feliz, luciendo las interminables piernas y su envidiable forma física, que había una gran exclusiva en camino.

Con el dominio de una estrella que ha crecido bajo la luz de los focos, la princesa se presentaba en público consciente de esa hegemonía alcanzada en 16 años de vida sobre un escenario. Ataba y desataba, no siempre fácilmente, los lazos con la prensa. La niña tímida que sólo aceptaba papeles sin diálogo en las obras de teatro amateur que organizaban en el internado de West Heath se había transformado en un personaje público con mayúsculas. Cuanto más agudo el drama personal, más rutilante la sonrisa, más cegadores los flashes del escenario en el que se desarrollaba su vida.

"Me siento próxima a la gente corriente, desde el principio me sitúo a su mismo nivel, en la misma onda. Por eso provoco irritación en ciertos círculos; porque estoy mucho más cerca de los de abajo que de los de arriba, y estos últimos no me lo perdonan". La profesión de amor hacia los humildes se había convertido en una especie de frase-amuleto de la princesa. Incluso en la última y turbulenta fase de su reinado multinacional, cuando los paseos en yate por la Costa Azul y los baños furtivos en aguas de Cerdeña con el malogrado Dodi la colocaron en claro riesgo de fergusonización, siempre estaban los humildes, los sufrientes y una rápida visita a Bosnia, escoltada por 150 periodistas; una fotografía aquí con un pequeño mutilado, un abrazo allá con un moribundo víctima del sida, rescataban, indemne, a la princesa con su mejor perfil.

El destino ha puesto punto final abruptamente a este juego peligroso. Víctima y verdugos representaron el último acto de la tragedia en una autopista subterránea en París, pero el drama alcanzó hasta el último rincón de la aldea global. Está vez el llanto es sincero porque la pérdida es, a corto plazo, irremplazable.

 

Guillermo, príncipe huérfano

Lola Galán

Tiene 15 años y un día será coronado como Guillermo V. Considerado por muchos monárquicos como la última esperanza de la Casa de Windsor, el hijo mayor de los príncipes de Gales es todavía una incógnita. Alto y rubio como su madre, Guillermo de Inglaterra posee, sin embargo, rasgos de carácter propios de los Windsor. A juicio del escritor Brian Hoey, el primogénito de los Gales es "bastante vulnerable, pero con algunos trazos de la arrogancia de su padre". Como éste, Guillermo detesta a los fotógrafos y desconfía profundamente de la prensa. Es tímido e introvertido, pero, por fortuna para él, su padre está lejos de parecerse a su abuelo, el temido duque de Edimburgo. Así las cosas, en lugar de educarse en la escuela militar de Gordonstoun como el príncipe Carlos, Guillermo de Inglaterra inició a los 13 años su vida de estudiante en el internado más famoso de Inglaterra, Eton, un supercolegio con cinco siglos de historia repleto de hijos de multimillonarios de todo el mundo y algún que otro título nobiliario del país. Celebrado, lo mismo que su madre, como un sex symbol británico, el príncipe Guillermo aparecía más cómodo en el retiro estival de los Windsor, en Balmoral, que en las escasas imágenes recogidas por los fotógrafos de las últimas vacaciones pasadas con su madre en el yate de Al Fayed. El mismo domingo del trágico accidente, el News of theWorld, el dominical de mayor tirada del Reino Unido, revelaba que el joven Guillermo veía con repugnancia la relación de su madre con Dodi al Fayed. Citando círculos próximos al joven príncipe, el periódico anunciaba las intenciones de Guillermo de pedirle a su madre que abandonara tan inconveniente relación.

Las revelaciones llegan tarde. El príncipe crecerá ahora a la sombra de un padre taciturno que, en palabras de un periodista británico, necesitaría un "trasplante de carisma" para recuperar la estima del pueblo sobre el que en teoría está llamado a reinar. A los 48 años, el destino real de Carlos de Gales parece más improbable que nunca y más inestable el futuro de una monarquía que pierde estima por momentos entre los ciudadanos. El trágico final de Diana de Gales no aclarará, al menos a corto plazo, la posición de Carlos, al que le espera un largo purgatorio a la sombra de Isabel II, que, cumplidos ya los 71 años, se perfila como el único futuro de la Casa de Windsor.

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