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Una ex ultra francesa, juzgada por ayudar a un refugiado del que se enamoró

Béatrice Huret fue hallada culpable de ayudar a su pareja, un refugiado iraní, a viajar ilegalmente a Reino Unido, aunque no cumplirá pena

Béatrice Huret a su llegada a los juzgados en Boulogne-sur-Mer.

La de Béatrice Huret es una historia de amor imposible en uno de los lugares más improbables y que, por muy poco, acaba muy mal. Esta francesa de 45 años, antigua militante del ultraderechista Frente Nacional, se enamoró de Mokhtar, un profesor iraní de 36 años que huía de su país, cuando este recaló en el improvisado campo de migrantes de Calais, en la costa norte de Francia. El sueño de Mokhtar, como el de prácticamente todos los que acaban en esta zona, la más próxima a la costa británica, era cruzar el canal de la Mancha para llegar a Reino Unido. Hace un año, Béatrice, profundamente enamorada, lo ayudó a cumplir su objetivo, una historia que ha relatado en un libro, “Calais, mon amour” (Calais, mi amor). Fue acusada de haber organizado “el paso de extranjeros a Reino Unido” de forma irregular y en el marco de una “banda organizada”. Una acusación por la que podría haber pasado hasta diez años de cárcel. El tribunal que la juzgó este martes la declaró culpable de ayudar ilegalmente a inmigrantes, pero decidió que no cumpla condena, al creer su argumentación de que actuó por amor.

“El único propósito de mi vida es él (Mokhtar). Estoy dispuesta a dar mi vida por él”, había declarado Huret al llegar el martes al tribunal correccional de Boulogne-sur-Mer. Ya dentro de la sala, reiteró su convicción de haber hecho algo “puede que no muy legal pero perfectamente moral”, como escribió en sus memorias. “Por Mokhtar, lo volvería a hacer”, insistió ante el juez.

Béatrice asegura que lo suyo fue un amor a primera vista. Algo para lo que no estaba preparada. Durante años, la vida de esta profesora adjunta transcurrió por derroteros completamente distintos. Casada con un agente de fronteras simpatizante de la extrema derecha, se hizo militante, como su marido, del Frente Nacional en 1995. “Nada raro para los habitantes de Nord-Pas-de-Calais, que no son verdaderamente racistas pero se inquietan por todos esos extranjeros, tan distintos, que llenan Francia”, cuenta en sus memorias. En 2008 llegó a figurar en las listas del partido de Marine Le Pen para las elecciones municipales de Boulogne-sur-Mer. Pero cuando su marido murió, en 2010, su vida cambió radicalmente. Al mezclarse con otras personas y hacer nuevas amistades, empezó a desligarse de las ideas de su marido “a priori racistas y a favor de soluciones radicales”, escribe.

Una tarde de febrero de 2015, recogió en la carretera a un joven sudanés que le pidió que le llevara “a la Jungla”, el campo de migrantes de Calais por el que llegaron a pasar, hasta su desmantelamiento a finales del año pasado, casi 10.000 personas. Béatrice nunca había estado allí. Lo que vio la consternó —“fue un shock”, ha asegurado— y decidió implicarse en la ayuda a los migrantes. Allí estaba cuando, en marzo de 2016, nueve iraníes del campamento se cosieron la boca ante las cámaras para denunciar la falta de respeto a los derechos humanos en la Jungla. Entre ellos estaba Mokhtar. “Fue un flechazo”, cuenta.

Unas semanas después de ese primer encuentro, la mujer acogió a Mokhtar y a otro iraní en su casa, que comparte con su madre y su hijo de 19 años. Béatrice y Mokhtar se enamoraron, pero el iraní solo soñaba con llegar a Inglaterra. La francesa decidió ayudarlo y, con ayuda de otras tres personas —también procesadas— compró una zodiac y organizó la travesía de Mokhtar y otros dos iraníes, en junio de 2016. Un año más tarde, Mokhtar, que ha mantenido su relación con Béatrice pese a la distancia y las dificultades idiomáticas, disfruta de un permiso de residencia temporal y vive en Sheffield. Béatrice, que lo ha ido visitando cada vez que podía, afrontaba este martes con resignación su juicio, del que solo le preocupaba una cosa: “Me molestaría no poder ver a Mokhtar si estoy en prisión”, dijo. Tras conocer la sentencia, se dijo “aliviada”. Sus temores habían resultado ser infundados.

 

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