leonardo boff | teólogo y escritor

Boff: “La democracia brasileña es más farsa que realidad”

El teólogo confía más en la rectitud de Lula que en la de Michel Temer, el cual, sostiene, ha perdido toda autoridad moral para liderar el país

El teólogo y escritor Leonardo Boff en 2014
El teólogo y escritor Leonardo Boff en 2014A. Marques (Folhapress)

Pregunta. Desde que la política y la economía comenzaron a desmoronarse en 2013, el pueblo brasileño parece estar fragmentado. ¿Nos hemos perdido como sociedad hasta el grado de estar mostrando nuestro peor lado?

Respuesta. Nunca hemos sido una sociedad en el sentido moderno, puesto que nunca hemos salido de la situación colonial y neocolonial a la que nos vimos sometidos desde que los europeos pisaron nuestras tierras. Somos socios menores y agregados al proyecto de las grandes potencias que dominan el planeta. Nunca hemos podido elaborar un proyecto autónomo y soberano de país.

P. ¿Las acusaciones que se han volcado recientemente sobre el presidente Temer negociaba sobornos pueden unificar al pueblo polarizado?

R. Creo que el efecto negativo más importante recae sobre la figura de Temer, claramente cómplice de corrupción, lo que está demostrado en las grabaciones, hasta el punto de hacerle perder cualquier legitimidad y autoridad moral para estar al frente del Gobierno. No creo que eso haga que las personas se reunifiquen, puesto que los que dieron el golpe quieren llevar su proyecto neoliberal extremadamente radical hasta el final. Y seguirán apoyándolo.

P. Usted siempre ha sido bastante crítico con el Gobierno de Temer, al que tilda de “golpista”. ¿Cuál es su concepción de golpe?

R. El impeachment viene de la lógica de la dominación de las oligarquías. Éstas no se han valido del ejército, como en 1964, para echar a un gobierno que podría amenazar sus privilegios, sino del parlamento. Montaron un golpe que, jurídicamente —según los mejores juristas del país—, era insostenible. La decisión se había tomado previamente de tal forma que los partidarios del golpe ni siquiera iban a las sesiones para escuchar a los expertos o la argumentación de los defensores de Dilma. Nuestra democracia es de bajísima intensidad. Si medimos la democracia por los criterios de los derechos humanos, de la participación popular, de la defensa de la gran mayoría negra y de la justicia social, esta democracia es más una farsa que una realidad sostenible.

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P. Brasil vivió la bajo el mandato del Partido de los Trabadores (PT) durante 13 años, la cual reportó una serie de beneficios que en la actualidad se están cuestionando. Luego el PT acabó implosionando. ¿Dejó algo más que desilusión como legado?

R. Las dos legislaturas del PT fueron las únicas en la historia de Brasil en darle centralidad a los pobres, haciendo políticas sociales que acabaron incluyendo en la ciudadanía a cerca de 36 millones de personas. Y principalmente les dieron dignidad, valor humano, origen de la autoestima y el sentido de la vida. Hoy uno puede encontrar en las favelas negros que son médicos, ingenieros e incluso diplomáticos. Eso era impensable antes. Esa ascensión de los de abajo asustó a la oligarquía. Pero ese legado no se puede perder.

P. ¿Cuál es su posición sobre Lula en la actualidad, ahora que tiene cinco procesos por corrupción abiertos contra él?

R. Hace más de 30 años que lo conozco. Para mí es impensable que se haya beneficiado personalmente con dinero de corruptelas. Los pagos en B, para qué engañarnos, eran un hábito de todos los partidos, salvo algunos que se guían por una ética transparente. [A diferencia de otros políticos corruptos] Lula no tuvo cuentas en el extranjero, todos los datos y testimonios apuntan a que el famoso apartamento de tres pisos en Guarujá [la pieza central de los casos contra Lula es que supuestamente el inmueble fue pagado por una constructora a cambio de trato favorable] no es suyo y las reformas de la casa de campo [otra de las causas contra Lula], cuyo dueño es otra persona, son irrisorias en términos financieros en comparación con los millones y millones desviados y que fueron a parar a manos de la gran mayoría de los políticos que eran corruptos o se dejaron corromper. Estoy convencido de la rectitud de Lula y me parece perversa la persecución que la justicia parcial está emprendiendo contra él.

P. ¿Cree que él es una víctima y que su partido, que según las investigaciones recibió dinero desviado de la petrolera estatal Petrobras, es inocente?

R. Las oligarquías buscan desestabilizar, a nivel mundial y también en Brasil, a todos los gobiernos progresistas que tengan una orientación social. Su objetivo aquí también es destruir la figura de Lula —y, a poder ser, inviabilizar al PT—. Todo debe adecuarse a las estrategias establecidas por el Imperio. El espacio en el Atlántico Sur estaba descubierto y dominado por un Brasil con inmensas reservas de petróleo y gas. Pero está la nueva guerra fría entre EE. UU. y China, que está penetrando poderosamente en Latinoamérica. Atacar las políticas brasileñas implica también atacar a los BRICs [el acrónimo con el que se conoce a los mayores países del bloque emergente]. Brasil forma parte de ellos pero, de forma indirecta, su mayor rival es China.

Hace más de 30 años que conozco a Lula. Para mí es impensable que se haya beneficiado personalmente con dinero de corruptelas

P. La izquierda es criticada por no asumir el timón de las manifestaciones en las calles, por dejárselas.

R. La izquierda brasileña nunca tuvo mucho arraigo popular, solo en algunos de los sindicatos de las grandes industrias. Su poder de movilización es más metafórico que efectivo. Siempre ha sido una fuerza auxiliar de grupos progresistas, incluso neoliberales, pero que le permitían una presencia en el aparato del Estado gracias a un presidencialismo de coalición partidaria. La izquierda necesita renovarse, en el paradigma social, en el lenguaje, en las formas de dirigirse al pueblo y, especialmente, presentarse como un centro de reflexión seria sobre qué Brasil queremos finalmente. Falta pensamiento y, ante todo, movimiento.

P. Aquí, como en todo el mundo, a los partidos de izquierdas se les echa en cara que no tengan un plan consistente para la economía. ¿Dónde están fallando?

R. No se trata de un fallo, sino de una profunda desigualdad. Nuestro escollo y también nuestra desgracia es tener que vivir dentro de un sistema que solo sobrevive si el dinero produce más dinero; pero no para mejorar la vida, sino para crecer ilimitadamente. Es el imperio del capitalismo especulativo y materialmente improductivo. Y no hay ningún proyecto alternativo que tenga la fuerza suficiente para contraponerse con eficacia a esta forma avanzada de capitalismo rentista.

P. Se ha criticado el hecho de que el papa Francisco haya evitado venir a Brasil este año porque supuestamente está en contra de las reformas del Gobierno. ¿Es política la postura del Papa?

Los pagos en B, para qué engañarnos, eran un hábito de todos los partidos, salvo algunos que se guían por una ética transparente

R. La Iglesia siempre hace política, ya que es una fuerza presente en la sociedad. Pero tenemos que cualificar esa política. Generalmente, la política oficial era equilibrista y solo doctrinaria, lo que favorecía, en el fondo, al status quo dominante. El papa Francisco está del lado de los pobres, de los refugiados, de las víctimas del sistema que transforma todos los valores en términos monetarios y venera la acumulación.

P. Usted dijo una vez que volamos a ciegas en el mundo. ¿Ha perdido la esperanza de una humanidad más consciente?

R. Estamos en el centro de una crisis sistémica que afecta a todas nuestras formas de habitar la Casa Común. No podemos seguir así porque podemos producir un colapso de la Tierra. Esta tipo de mundo tiene que acabar para dar lugar a otro más biocentrado, en el que la solidaridad, el cuidado y la responsabilidad común garantizarán la sostenibilidad de toda forma de vida y de nuestra civilización. Los dolores actuales no son los de un moribundo, sino los de un parto de una nueva criatura que espero que nazca más humana, más amiga de la vida y más espiritual.

El papa Francisco está del lado de los pobres, de los refugiados, de las víctimas del sistema que transforma todos los valores en términos monetarios y venera la acumulación

P. ¿Tiene alguna esperanza de que se imponga una cierta ética en Brasil, después de las revelaciones que ponen en evidencia un sistema político enfermo?

R. Tengo la esperanza de que, dentro del sistema imperante, injusto y antipopular, a pesar de que la corrupción siga existiendo, será más difícil esconderla. Solo se superará el hábito corruptor el día que se haga una reforma política real con una distribución diferente del poder y con un Estado que deje de aceptar el patrimonialismo.

Sobre la firma

Carla Jiménez

Directora de EL PAÍS en Brasil desde 2018. Trabajó en O Estado de S. Paulo, Agência Estado, revista Época e IstoéDinheiro. Nació en Chile, creció en Brasil. Es formada en Periodismo por la Universidad Cásper Líbero, con especialización en Economía en la Fipe/USP. Forma parte de EL PAÍS desde 2013.

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