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Brasil no existe

Las favelas son una amalgama de guerra y violencia, pero también de superación e iniciativas de mejora

“En la realidad, salvo por el nombre geográfico, África no existe”, nos desvelaba a todos Ryszard Kapuscinski en su fabuloso libro Ébano. Lo mismo, quizás, y a una escala menor, podría decirse de Brasil; al menos de la existencia de un Brasil único. El gigante latinoamericano es uno y muchos al mismo tiempo; próspero y receptivo para unos, sombrío y con mano de hierro para otros.

“Está difícil... sé que soy negra, mujer y favelada”, reconocía Fernanda Carlinda, vecina de la favela Ocupação Mama África, resignándose a ocupar los últimos puestos del escalafón social. Ser mujer, negra y pobre no es sencillo en ningún lugar, pero tampoco en un país donde, bajo la falsa premisa de la democracia racial, se sigue discriminando y matando a los pretos, sobre todo si, además, carecen de recursos económicos.

Una cosa es Brasil, y la otra, el Brasil favelado. En este último conviven guerras imaginarias, injusticias imaginarias, escalones y barreras imaginarios. Difícil abordar aquello que no existe o, lo que es lo mismo, aquello que muchos se niegan a reconocer. Pero esas guerras invisibles matan a miles de inocentes cada año; esas injusticias permanecen impunes y esas barreras tácitas separan a sus habitantes según el color de piel y las cifras de su cuenta corriente. Todo es tan real que nos estalla frente a los ojos.

Por fin contemplamos, sin medias tintas, un Brasil desmoronándose en estado de guerra. Un Brasil en el que, el 59% de los más de 11 millones de favelados, afirma tener miedo a sufrir violencia policial dentro de su comunidad, según un estudio del Instituto de Investigación Data Favela. Sin ir más lejos, el pasado mes de noviembre, cinco jóvenes fueron tiroteados a sangre fría por la Policía Militar en el suburbio de Costa Barros en Rio de Janeiro.

Una situación que se repite, día tras día, hasta alcanzar la escalofriante cifra nacional de 30.000 jóvenes asesinados solo en el año 2012, según denuncia Amnistía Internacional. De ellos, más de 23.000 eran negros. Jovem Negro Vivo es la campaña con la que buscan dar voz a todos aquellos a los que las armas de fuego se la arrebataron demasiado pronto. Negros cuyas muertes no serán llevadas ante la justicia y cuyo dolor no cruzará la periferia. Pero que existieron y que existen.

Ciudad no tan maravillosa

El proceso de militarización de las favelas de Rio de Janeiro, con la implantación de las primeras Unidades de Policía Pacificadora (UPPs) en el año 2008, todavía siembra muchas dudas a pocos meses de que se celebren los próximos Juegos Olímpicos. Sus detractores consideran que los fusiles simplemente han cambiado de manos, de los narcotraficantes a los policías, sin que eso suponga una disminución de la violencia a la que se ven sometidos.

“Cuando se espera que la policía cambie la vida de alguien estamos caminando hacia una sociedad en la que yo no creo; que es una sociedad democrática, que busca la afectividad y el contacto. Dentro de esa lógica conceptual de que la UPP va a llegar y mudar la vida de las personas, yo no creo que arma y puño puedan cambiar la vida de nadie de una forma positiva”, explica el fotógrafo Léo Lima, vecino de la favela pacificada de Jacarezinho.

Como él, son muchos los favelados que comparten una visión crítica de este largo proceso de pacificación que, a fecha de 2015, ya se ha extendido a casi 200 favelas cariocas. Entre sus principales quejas destacan los abusos policiales, la poca voluntad de escucha por parte del Estado y la escasez de infraestructuras básicas.

El palco de la guerra contra las drogas en Rio de Janeiro siempre se ha librado en sus “morros”, esas altas colinas rocosas que componen su geografía única. En los años 70, diferentes bandas de narcotraficantes comenzaron a ocupar estos cerros por sus vistas estratégicas sobre el resto de la ciudad. Comando Vermelho (CV), Terceiro Comando (TC) y Amigos dos Amigos (ADA) componen las principales facciones históricas de este tipo de crimen organizado. Junto a ellas, mafias lideradas por policías en activo o retirados, conocidas como milícias, compiten a su vez por el control de este lucrativo negocio.

“El favelado es una víctima más de este sistema, se encuentra en medio de esta guerra y es quien la sufre todo el tiempo”, reconoce Naldinho Lourenço, fotógrafo de Imagens do Povo del Complexo da Maré. En este conjunto de favelas, ocupado por el ejército brasileño en los meses previos al Mundial de Fútbol, los tanques de la Marina se convirtieron en vecinos cotidianos de sus cerca de 160..000 habitantes. A día de hoy, el relevo lo han recogido cuatro unidades fijas de Policía Pacificadora (UPPs).

Si bien la paz sí se ha instaurado en algunas como la de Santa Marta o el Morro da Babilônia, la triste realidad de que muchas otras siguen dominadas por los narcos y la violencia policial, como sucede en Rocinha, supone un jarro de agua fría sobre una operación vendida al mundo como ejemplo de eficiencia militar. Que pasará después, cuando se apaguen las luces de los Juegos y las sombras vuelvan a conquistar los morros, es todavía pronto para saberlo.

Injusticias hechas ruinas

Además de enfrentamientos bélicos y miles de vidas silenciadas por balas perdidas, con la entrada de la Policía Pacificadora llegaron también los desalojos. Favelas convertidas en ruinas y numerosas familias reubicadas en edificios populares o indemnizadas, en el mejor de los casos, con sumas irrisorias.

Dentro de la postal idílica del turista que desea disfrutar, sin posibles sobresaltos, de una jornada deportiva por todo lo alto no cabe la presencia de favelas próximas al Estadio Maracaná o al Parque Olímpico. Así, la pequeña comunidad de Metrô-Mangueira, distante por unos metros del gran coliseo del fútbol, simplemente, está predestinada a ser borrada del mapa.

Lo mismo ocurre con la favela de Vila Autódromo, en el barrio de Jacarepagua, zona oeste de Rio de Janeiro. En esta zona recientemente revalorizada se están desarrollando las obras del Parque Olímpico, por lo que más de 400 familias ya han sido expulsadas de sus casas tras fuertes presiones políticas e inmobiliarias.

La hambrienta reestructuración urbana que, en los últimos años, devora Rio de Janeiro ha supuesto el desalojo directo de más de 17.000 personas, además de instaurar el miedo “de ser los siguientes” en muchos otros miles de favelados. La policía suele irrumpir de madrugada en estas comunidades y literalmente, de un día para otro, deja sin nada a quienes ya tenían poco.

Luces entre las sombras

Sin embargo, estas villas miseria como todo hábitat vivo, disponen también de técnicas propias para afrontar tanta injusticia y desigualdad. Así, este mundo de chabolas y piel negra, modelado por siglos de exclusión y criminalización, se ha convertido hoy en uno de los mayores focos culturales de Brasil. Sus habitantes le han declarado la guerra a la estigmatización empuñando como armas la cultura.

Se encuentra un ejemplo en la colorida favela de Santa Marta en la que, a través del programa Rio Top Tour, jóvenes favelados se convierten en guías turísticos dentro de su propia comunidad. Por unos 40 reales (15 euros) los visitantes suben hasta la plaza de Michael Jackson, en homenaje al videoclip que la estrella rodó allí en 1996, y degustan una típica feijoada brasileña (arroz, alubias, carne y harina de mandioca) acompañados del sonido estridente de algún funk distante.

Conocer cómo viven y cómo son, sin duda, ayuda a cambiar la imagen distorsionada del favelado que todavía hoy prevalece en el imaginario social colectivo. Las multitudinarias fiestas celebradas en la glamurosa favela de Vidigal, con las mejores vistas de las playas de Ipanema y Leblon, representan también grandes eventos multiculturales eficaces en la lucha contra este prejuicio social y racial.

Asimismo, acciones concretas de colectivos favelados como la Escola de Fotógrafos Populares da Maré, o los ocho proyectos sociales recogidos en la campaña #TodosPeloAlemão desvelan un potencial educativo, cultural y artístico con todas las cualidades necesarias para mejorar desde dentro estas comunidades marginales. Ahora más que nunca, las favelas quieren dejar de ocupar las páginas de sucesos y actuar en la construcción de su propia historia. Porque, aunque a muchos les gustaría negarlo, ese gran Brasil compuesto por ciudadanos de segunda también existe, y está en todo su derecho de querer transformarse.

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