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Rusia frente a Trump: del entusiasmo al desencanto

El momento actual parece reflejar un parón, o tal vez una marcha atrás moderada, en los motores que difundían el optimismo ante el nuevo líder de la Casa Blanca

El presidente ruso, Vladimir Putin, el 16 de febrero de 2017. Vídeo: Michael Flynn, en el ojo del FBI.

El entusiasmo de la clase política rusa por Donald Trump está siendo sustituido por el desencanto a medida que el líder norteamericano asume y expresa las posiciones de su partido frente a Moscú. Pese al cambio de estado de ánimo, el Kremlin está aún a la expectativa, sobre todo en lo que se refiere a una colaboración contra el terrorismo y en la resolución del conflicto en Siria. El momento actual parece reflejar un parón, o tal vez una marcha atrás moderada, en los motores que difundían el optimismo ante el nuevo líder de la Casa Blanca.

Las menciones de Trump en la televisión rusa se han rebajado sustancialmente y "tiende a cero" desde que el secretario de Prensa de Trump manifestara que Crimea debía ser devuelta a Ucrania y tras el cese del asesor de Seguridad, Michael Flynn, afirmaba Alexandr Baúnov, el director del Centro Carnegie de Moscú. El Kremlin habría dado orden de rebajar el tono de la cobertura informativa sobre Trump después del cese de Flynn, según la agencia Bloomberg, que citaba tres fuentes familiarizadas con el asunto.

Trump desplazó a Putin en las menciones en los medios rusos en enero, cuando el nombre del norteamericano figuró en más de 202.000 piezas informativas, mientras que el del ruso figuraba en 147.700, seguido en tercer lugar por el expresidente Barack Obama, con 61.155 piezas, según un análisis del espacio informativo ruso realizado por la agencia Interfax. 

En la conferencia de Seguridad de Munich, el vicepresidente estadounidense, Mike Pence, ha culpabilizado a Rusia de la situación en el Este de Ucrania y ha instado a Moscú a cumplir con los acuerdos de Minsk, el cauce de resolución del conflicto bajo los auspicios de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). La política rusa en Ucrania (anexión de Crimea y apoyo militar a los secesionistas del Este) supone el punto más conflictivo en la relación de Moscú con Occidente. Rusia no quiere ni abordar siquiera el tema de Crimea y sostiene que los acuerdos de Minsk son incumplidos por Kiev y que Occidente debe presionar a Ucrania para cumplir los puntos trabajosamente negociados en febrero de 2015 en la capital de Bielorrusia.

Un recrudecimiento de la guerra en Donbás (las regiones orientales ucranias de Donetsk y Lugansk) está entre lo peor que podría ocurrirle en este momento a Moscú, que se vería obligada a defender de nuevo frente a Kiev a los insurgentes a los que animó en la primavera de 2014, sobre el telón de fondo de la anexión de Crimea, y que aún sostiene desde entonces. Los líderes de las llamadas "repúblicas populares" de Donetsk y Lugansk (RPD y RPL) declaran de forma intermitente su intención de ampliar el territorio bajo su control. Hoy por hoy, el Kremlin no apoya estos proyectos, pero Putin ha firmado un decreto por el cual reconoce los pasaportes, aunque con carácter temporal y hasta la resolución del conflicto. El Kremlini, sin embargo, evita decir la palabra pasaporte y ofrece la siguiente descripción: "Documentos emitidos a los ciudadanos de Ucrania y personas sin ciudadanía que residen en los territorios de algunos distritos de las regiones de Donetsk y Lugansk de Ucrania". Este reconocimiento de los documentos emitidos por dos entidades que no son reconocidas como Estados, difícilmente encaja en los acuerdos de Minsk, según los cuales el territorio controlado por la RPL y la RPL es parte de Ucrania y debe ser reintegrado a este país. 

El 15 de febrero se formaron piquetes contra la trumpomanía frente a la sede central en Moscú de Rusia Today, un grupo informativo controlado por el Estado ruso (formado a partir de la antigua agencia de noticias Ria-Novosti). Los piquetes, autorizados por el Ayuntamiento, portaban consignas como “No al culto de Trump en nuestros medios de comunicación” y fueron organizados por el Movimiento de Liberación de Rusia (NOD en sus siglas en ruso), que se caracteriza por denunciar supuestas conspiraciones norteamericanas contra Rusia. El coordinador de este movimiento es Yevgueni Fiódorov, un diputado de Rusia Unida (el partido gubernamental) en la Duma Estatal (cámara baja del parlamento estatal) del país.

Rusia aspira a una relación de igualdad con EE UU como la que mantenía la URSS hasta su desaparición en 1991. Las tradiciones históricas, la hipersensibilidad y los sentimientos de marginación hacen que la clase política rusa reaccione desde la perspectiva de fortaleza acosada. Trump cayó bien a la élite de Rusia por no encajar en los moldes políticos de Washington y por ser un empresario acostumbrado a tratos comerciales pragmáticos. Tras la victoria de Trump, Putin deseó una cita con el nuevo líder estadounidense y en el Kremlin llegaron a plantearse un encuentro entre los dos dirigentes en la conferencia de Seguridad de Munich, aseguran altas fuentes políticas en Moscú. La perspectiva de una cumbre parece ahora retrasarse en el tiempo, porque ahora que detractores de Trump en su propio país equiparan su actitud hacia Rusia con una traición, el presidente norteamericano puede verse obligado a demostrar de forma ostensible que no sostiene ningún romance con el Kremlin. 

Así pues, la relación entre EE UU y Rusia se ha convertido en un rehén de la política interna norteamericana. Baúnov, en el pasado un diplomático ruso, opina que “la hostilidad del mundo exterior reforzará las posiciones de los aislacionistas extremos” en Rusia y también contribuirá a extender en la opinión pública mundial la “equivocada idea” de que “su florecimiento y seguridad se lograrán sobre las ruinas del Kremlin” o después de que Rusia sea expulsada tras la valla del “infierno totalitario”.