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ANÁLISIS

Callejón sin salida en Venezuela

Mucho tiene que cambiar en el país para que la agrupación antigubernamental pueda ahorrarse una ardua travesía hasta las presidenciales de 2019

El presidente venezolano Nicolás Maduro durante la ceremonia de  conmemoración del 25 aniversario del fallido golpe de Estado en Maracay.
El presidente venezolano Nicolás Maduro durante la ceremonia de conmemoración del 25 aniversario del fallido golpe de Estado en Maracay. REUTERS

Interrumpido el dialogo entre el Gobierno y la oposición de Venezuela, mucho tiene que cambiar en el país para que la agrupación antigubernamental pueda ahorrarse una ardua travesía hasta las presidenciales de 2019. Como previsiblemente el chavismo no aceptará cesiones fundamentales en una eventual nueva mesa de diálogo, sólo una sublevación popular, un cambio en la correlación de fuerzas castrenses o una desembozada ofensiva de Estados Unidos causarían un vuelco en la situación, la caída del chavismo y elecciones anticipadas.

Poco cabe esperar de un proceso negociador en el que el Gobierno administra a conveniencia los fusiles, el vértice judicial y la burocracia del Estado; la oposición, la Asamblea Nacional, pero se pierde en disputas y órdagos improcedentes. Venezuela atraviesa la crisis terminal de su modelo económico, rentista desde el descubrimiento del primer pozo de crudo, y el desgobierno al mando no sabe cómo atajarla. La oposición tampoco se manifiesta capaz de señalar el rumbo nacional, y las facciones militares obedecen al general bolivariano Padrino López, ministro de Defensa. “No hay sujeto colectivo visible en este momento que pueda salvar al país”, vaticina el sociólogo alemán Heinz Dieterich, asesor de Hugo Chávez hasta 2007 y diseñador del intervencionista “Socialismo del Siglo XXI”, que nunca llegó a aplicarse.

Después de haber caído en desgracia se soltó la lengua en el diario Panorama y dijo que los dirigentes de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) incurrieron en un graves errores de apreciación tras su victoria por mayoría absoluta en las parlamentarias del 6 de diciembre 2015. “Pensaban que estaban en la democracia suiza y no en América Latina. Error geopolítico. Confundieron el mandato de mejorar la situación social y económica del país con un mandato para sacar al gobierno de Miraflores (…) Ignoraron a Marx, cuando dice que a igualdad de derechos decide la fuerza. No estaban dispuestos a pagar el precio del uso de la fuerza”.

Con su mayoría parlamentaria en una democracia subdesarrollada, la oposición ha querido liquidar el poder real, la burocracia civil y armada del régimen, en lugar de haber negociado una cohabitación, un reparto del poder hasta el bienio 2017-18, según defiende Dieterich, buen conocedor de la sala de máquinas del chavismo porque residió en ella durante años. Ahora la observa plagada de oportunistas y mediocres. La confluencia de dos bandos de escasa calidad política explicaría la larga agonía del Venezuela, de acuerdo con el analista, que ha publicado más de 20 libros de libros de orientación marxista sobre conflictividad y lucha de clases en América Latina.

El movimiento fundado por Chávez en 1999 no saltó hecho añicos cuando los ingresos petroleros no daban para financiar el paternalismo de Estado, el desabastecimiento, la hiperinflación y los disparates oficiales porque en los ranchos de Caracas o Guárico, mayoría en el padrón electoral, aún se aplica el refrán de “más vale malo conocido que bueno por conocer”: sus habitantes temen que la oposición en el poder acabe con el asistencialismo al que están acostumbrados. De hecho, en las presidenciales de 2013, Maduro perdió casi dos millones de votos chavistas, que no fueron sumados por el candidato de la oposición, Henrique Capriles. De haberlos captado, hoy sería jefe de gobierno porque Maduro le ganó por sólo 234.935 sufragios.