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El poder y la raza en la era de Obama

El mandato del presidente ha producido un renacimiento cultural y político de la comunidad negra

Obama cruza en 2015 el puente de Selma (Alabama) para conmemorar los 50 años de la marcha por el derecho al voto de los negros, que fue duramente reprimida. Ampliar foto
Obama cruza en 2015 el puente de Selma (Alabama) para conmemorar los 50 años de la marcha por el derecho al voto de los negros, que fue duramente reprimida. The White House

Durante más de tres décadas, Kerry James Marshall ha pintado en su estudio del South Side de Chicago cautivadores cuadros sobre la vida de los negros en Estados Unidos. Los escenarios son humildes —jardines comunitarios, cocinas, barberías— pero su escala y su visión son grandiosas, incluso épicas. Marshall es ahora el protagonista de una importante retrospectiva en el Met Breuer, en el Upper East Side de Manhattan. El título de la muestra, Mastry [por mastery, maestría en inglés], refleja bien la audacia del artista, su ambición por consolidarse en un espacio dominado no solo por artistas blancos, sino por un régimen estético cuyas nociones de belleza, universalidad y, sobre todo, maestría, le deben bastante a la historia de opresión racial. Las figuras negras de los cuadros de Marshall anuncian la estimulante y casi sorprendente presencia de algo que, en la mayoría de los museos, ha estado casi ausente.

Al recorrer la exposición a principios de esta semana, me acordé de otro chicagüense negro que ha demostrado su "maestría" en un trabajo aún más duro y racialmente excluyente: la presidencia. El liderazgo de Barack Obama resuena en el orgullo, el estilo y la casi milagrosa composición de los lienzos de Marshall. “Cuando ellos caen bajo, nosotros nos elevamos”, dijo Michelle Obama en la Convención Nacional Demócrata. Ante la horrenda reacción violenta y racista a su mera presencia en la Casa Blanca, Obama ha llegado todo lo alto que se puede sin tener alas.

El nombre de pila suajili de Obama, que procede del término árabe baraka, o sabiduría espiritual, significa "aquel que está bendecido". Cuando fue elegido por primera vez, muchos esperábamos que tuviera baraka. Heredó las catastróficas guerras que su predecesor emprendió en Oriente Próximo y una crisis financiera, que sigue oscureciendo el horizonte de muchos estadounidenses. Pero la esperanza de que la presidencia de Obama fuese (como él mismo dijo) “transformadora” también reflejaba el antiguo anhelo de que pudiese ayudar al país a superar la brecha racial y llegase a unirlo de verdad.

Todos de la mano le seguiríamos hasta la Tierra Prometida de un mundo posracial, como si fuese una especie de Moisés negro, o uno de esos personajes negros que hacen milagros en las películas de Hollywood y dedican sus vidas a resolver los problemas de sus amigos blancos. Este sueño siempre ha tenido un punto kitsch, sobre todo al ser expresado por los blancos: por motivos obvios, los estadounidenses negros suelen tener una visión mucho más sobria de la capacidad real del país para afrontar, no ya superar, sus divisiones raciales.

Ha demostrado ser un político realista que prefiere acometer acciones que irán callando, frente al uso de palabras proféticas

Al final resulta que el mandato de Obama solo ha causado un milagro: su elección. A pesar de toda su magia como orador, ha demostrado ser un realista que prefiere acometer acciones que irán calando, frente al uso de palabras proféticas. Durante su primer mandato, discretamente sacó adelante con discreción la clase de reformas (en concreto, nombramientos en los tribunales) que contribuirá a combatir que contribuirán a combatir la discriminación mucho después de que él haya dejado la Casa Blanca.

Decidido a que no se le viese como el “presidente del Estados Unidos negro”, se ha esforzado por evitar el asunto de la raza; cuando se ha visto obligado a tratarlo, ha caído en banalidades sobre la necesidad de entablar una “conversación nacional”. Ante las crisis —los asesinatos de civiles desarmados, incluso niños, por parte de la policía; la encarcelación en masa—, Obama no ha querido responder o no ha sido capaz de hacerlo, con ese mismo sentido de la urgencia que una vez lo llevó a convertirse en trabajador comunitario en Chicago. En julio de 2014, sin ir más lejos, el catedrático de Derecho de Harvard Randall Kennedy escribía para muchos negros que “la emoción y el entusiasmo habían pasado”.

Pero en los dos últimos años, Obama ha asumido su histórico rol con una elocuencia y una seriedad moral admirables; en parte, cabe sospechar, porque aceptó que su presidencia no sería transformadora y que, en el mejor de los casos, él solo podía ser un baluarte frente a la furia racista que ha desencadenado; un contrapunto civilizado al ruido vengativo blanco de los estados republicanos. Como afirmó Régis Debray en su famosa frase, "la revolución revoluciona la contrarrevolución", y eso es lo que ha sucedido con la contrarrevolución racial en Estados Unidos, una xenofobia blanca feroz e ignorante que ha encontrado su führer en Donald Trump.

Obama charla con un grupo de estudiantes que visitan la Casa Blanca, en octubre de 2014. ampliar foto
Obama charla con un grupo de estudiantes que visitan la Casa Blanca, en octubre de 2014. The White House

Como muchos han señalado, este movimiento, que ha conseguido el apoyo de una minoría considerable de estadounidenses blancos, no solo ataca a los negros, sino también a inmigrantes, a mexicanos, a musulmanes y, últimamente, a misteriosos banqueros que parecen sacados de los Protocolos de los sabios de Sión. Pero la animadversión hacia los negros es la lava que calienta su núcleo. Lo que lleva a muchos blancos a creerse el bulo de que Obama no nació en Estados Unidos —afirmación a la que Trump ha dado más pábulo que nadie— no es solo que su padre fuera keniata. Es la idea, tan vieja como la propia esclavitud, de que los negros siempre serán forasteros inasimilables, y que si no entienden “qué sitio les corresponde", ya sea como esclavos o subalternos, deberían "volver al lugar de donde vinieron". El propio Abraham Lincoln coqueteó con la idea de que, una vez liberados, los negros fueran reubicados en África y el Caribe.

Obama no solo es estadounidense, sino que los negros tienen raíces más profundas en EE UU que cualquiera, a excepción de los indios americanos: la mismísima Casa Blanca fue construida por esclavos, como señaló Michelle Obama, provocando la airada respuesta de blogueros de derechas. La aportación negra a la cultura y la civilización estadounidenses ha sido asombrosa —desde la música y la comida hasta el atletismo, el humor, la literatura, e incluso la propia idea de libertad—, pero este hecho se topa con tanta resistencia en determinados ámbitos como la que se encontró, a principios del siglo pasado, la enorme contribución judía a la cultura alemana. Para los seguidores de Trump, “hacer que EE UU sea grande otra vez” significa hacerlo blanco.

Decidido a que no se le viese como "el presidente del Estados Unidos negro" se ha esforzado por evitar el asunto de la raza

En medio de la crisis financiera, a los blancos que pasan apuros les resulta cada vez más difícil admitir lo que les deben a los negros, porque si lo hicieran quedarían despojados. “Nos convirtieron en una raza”, escribe Ta-Nehisi Coates en su ensayo Entre el mundo y yo. “Pero nos hemos convertido en un pueblo”. Los blancos, sin embargo, no son “un pueblo” y, a medida que su número se ha reducido y sus vidas se han ido pareciendo más a las de los negros, han empezado a insistir en sus privilegios raciales con más terquedad todavía: de ahí el atractivo de Trump, con su descarado reclamo al resentimiento.

En la América negra, la presidencia de Obama y la violenta reacción que ha provocado han reavivado un espíritu de resistencia inédito desde los años del black power, tanto en el plano político, con el auge de Black Lives Matter (la vida de los negros importa), como en el cultural, con la aparición de figuras como Ta-Nehisi Coates, la poeta Claudia Rankine, el rapero Kendrick Lamar y los cineastas Ava Duvernay y Barry Jenkins. Este renacimiento está impregnado de un sentimiento histórico, del que enfáticamente reniega el movimiento de Trump.

También es consciente del solapamiento inherente a la opresión, de su intersección: muchos de los dirigentes de Black Lives Matter forman parte de la comunidad LGBT. Que esta cultura de protesta haya surgido durante el mandato de Obama no es azaroso, y verla florecer supone saborear el dulce triunfo, por muy limitado que sea. Solo otro presidente —Thomas Jefferson— tenía familia negra, y él mismo poseía esclavos, así que no subestimemos la distancia recorrida. Pero Obama también es, en el mejor sentido, heredero de Jefferson: un escritor e intelectual cosmopolita, un hombre profundamente introspectivo que ha vivido de su dominio, su “maestría”, en el uso de la palabra. El lenguaje, finalmente, no es poder, pero a Barack Obama no le ha faltado baraka.

Adam Shatz es editor asociado del London Review of Books y profesor invitado en New York University.

Traducción NewsClips

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