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Duterte busca consumar el acercamiento de Filipinas a China

El presidente filipino, crítico contra EE UU, comienza este martes su primera visita de Estado a Pekín

El presidente filipino, Rodrigo Duterte, comienza este martes su primera visita de Estado a China. Una visita que aspira a marcar, en sus propias palabras, “un punto de inflexión en las relaciones bilaterales”, que tocaron fondo durante el mandato de Benigno Aquino, su predecesor, debido a las disputas de soberanía en el mar del sur de China, Desde su llegada al poder el 30 de junio, Duterte no ha dejado de hacer guiños a Pekín mientras arremete con dureza contra Estados Unidos, en lo que parece una reordenación drástica de la política exterior filipina.

El primer ministro chino, Li Keqiang (izquierda), y el presidente filipino, Rodrigo Duterte, en una conferencia en Vientiane (Laos) en septiembre.
El primer ministro chino, Li Keqiang (izquierda), y el presidente filipino, Rodrigo Duterte, en una conferencia en Vientiane (Laos) en septiembre. AP

El candidato presidencial que en su día aseguraba que él mismo iría en una moto de agua a los islotes en disputa a clavar una bandera ha dejado paso a un jefe de Estado que declara a la agencia oficial de noticias china, Xinhua, que “solo China puede ayudarnos”. La decisión favorable a Filipinas de una corte de arbitraje en La Haya el pasado julio ha quedado discretamente arrinconada. Antes de viajar a Pekín, Duterte indicaba que hablará de ese dictamen con las autoridades chinas. Pero aunque, insiste, no cederá en cuestiones de soberanía, prefiere la negociación al enfrentamiento: “No tiene sentido pelearse por una masa de agua”.

Es un lenguaje mucho más suave que el que ha utilizado para referirse a Estados Unidos, tradicionalmente el mayor aliado de Filipinas. Ha advertido que sus soldados no volverán a participar en maniobras militares conjuntas con EEUU, ha llamado al presidente Barack Obama “hijo de puta” y le ha mandado “al infierno”.

No se trata simplemente de una serie de exabruptos de un presidente que reconoce abiertamente tener la lengua muy larga. Detrás del lenguaje colorido se encuentra una posición meditada: Duterte considera que Filipinas ha dependido en exceso durante mucho tiempo de Washington, su principal socio militar y uno de sus principales inversores.

Las invectivas contra EEUU “pueden ser una manera de señalar a China, antes de su visita: ´no se preocupen, soy un líder soberano independiente, no un lacayo de EEUU. Y Estados Unidos no participa en nuestras negociaciones sobre el mar del sur de China y de tipo bilateral Estados Unidos, es solo algo entre nosotros dos’”, opina Richard Heydarian, profesor de la Universidad filipina de La Salle.

Pero, sobre todo, Duterte encuentra que la política de Aquino de confrontación con Pekín le cerró el acceso a un mercado turístico y comercial inmenso y mucho más cercano. Cuando China se ha convertido en uno de los grandes inversores mundiales, su apuesta por Filipinas en 2014 solo fue de 41,3 millones de dólares, según los datos del Banco Central Filipino.

“La estrategia de Aquino no parece que le haya servido de mucho a Filipinas hasta el momento”, apunta Mark Thompson, jefe del Departamento de Estudios Asiáticos e Internacionales (AIS), y director del Centro de Investigación sobre el Sureste de Asia (SEARC) en la City University de Hong Kong. “China hizo caso omiso de la sentencia de La Haya y no está nada clara qué tipo de victoria haya conseguido Manila”.

Con la estrategia de aproximación, Manila aspira a relanzar la relación comercial. Duterte viaja acompañado de 200 hombres de negocios filipinos. Y ante una posible división en la alianza Washington-Manila, Pekín está encantada de dar facilidades. Durante su estancia, hasta el viernes y en la que se reunirá con las máximas autoridades chinas, el presidente filipino tiene previsto firmar acuerdos de energía e infraestructuras, y para la exportación de fruta tropical.

Además —clave para el gobierno filipino— China levantará su advertencia de viaje hacia el archipiélago, algo que puede suponer un boom de un millón de visitantes al año. También apoyará la sangrienta guerra contra las drogas de Duterte, muy criticada en Occidente: el presidente filipino visitará centros de rehabilitación y se reunirá con representantes de las fuerzas de seguridad chinas. “China nunca nos critica”, ha declarado el antiguo alcalde de Davao.

Pero aunque Duterte busque un acercamiento hacia Pekín, ello no quiere decir que el giro en la política exterior filipina vaya a ser completo. En sus declaraciones antes de su llegada, ha indicado que no renunciará a sacar a relucir la sentencia de la corte de La Haya. “Insistiremos en lo que es nuestro”. Según ha adelantado, planteará el caso de los pescadores filipinos a los que Pekín impide el acceso a las aguas disputadas, algo a lo que China se ha mostrado en principio receptiva. Según asegura, está dispuesta a abordar la cooperación pesquera.

Y pese a sus declaraciones explosivas, “Duterte no romperá lazos con Estados Unidos”, opina Heydarian. El público y el estamento militar de su país son marcadamente proestadounidenses y no aceptarían con facilidad un cambio.

Una encuesta publicada esta semana indica que el 76% de los votantes filipinos tiene “mucha confianza en EEUU”, y tan solo un 11% se declara reticente. En cambio, un 55% reconoce “fiarse poco” de China, y únicamente un 22% declara una gran confianza en el país vecino.

“Si [Duterte] fuera a abrogar los acuerdos militares existentes, desataría una gran oposición, y no creo que sea lo suficientemente inconsciente como para ello”, explica Heydarian.