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PERFIL

Guterres, un defensor de los refugiados para la ONU

El portugués encabeza el voto para relevar a Ban Ki-moon en la Secretaría General

Guterres habla con la prensa en Nueva York, el pasado 12 de abril. Ampliar foto
Guterres habla con la prensa en Nueva York, el pasado 12 de abril. AFP

Después de una hora de declaraciones, una veintena de periodistas salen con cara de palo: si todo lo que había hablado era confidencial y no se podía publicar, qué diría con un micrófono abierto. A António Guterres es imposible sacarle un titular, así que lo tiene todo para ocupar la secretaría general de las Naciones Unidas. Lo que es malo para el periodismo es bueno para la diplomacia.

Este político portugués (Lisboa, 1949), de suaves ademanes pero mucha voluntad, se enfrenta el miércoles a otra votación para relevar al surcoreano Ban-Ki moon. De momento ha ganado las cinco tandas anteriores. En la sexta, los 15 miembros del Consejo de Seguridad mostrarán tarjetas de colores. El que reciba la roja por parte de Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia o China -los cinco países con derecho de veto- se quedará al borde de la retirada.

Todos, de rusos a norteamericanos, dicen que quieren a Guterres. Ya como monaguillo, extasiaba a la feligresía por lo bien que declamaba los evangelios. El pequeño Tonico fue siempre un chico 10, más exactamente 19 sobre 20, media de sus calificaciones estudiantiles. Creció bajo la dictadura de Salazar sin crearle problemas. Leyó a Marx y a Trotsky, pero a la lucha le movió el Concilio Vaticano II. Se apuntó a la Juventud Universitaria Católica y se enfangó en la ayuda a los pobres del chabolismo lisboeta. En esa actividad católica juvenil conoció a Marcelo Rebelo de Sousa, hoy presidente de Portugal, y ya siempre caminarían juntos, excepto en la política.

En los albores de la Revolución de los Claveles (1974), Rebelo de Sousa se apuntó al Partido Social Demócrata y Guterres al Partido Socialista (PS), cada uno por el mismo motivo: pensaban que allí ayudarían más a acabar con la desigualdad social. Ambos coquetearon con el Opus Dei y ambos salieron huyendo.

El trabajo incansable, la preparación intelectual y su ingenio para sortear obstáculos pronto cuajaron en el escalafón del partido. A los 27 años, Guterres fue elegido diputado, entró en la maquinaria del Estado y en la del PS, donde fue elegido secretario general en 1992. Tres años después ganaba las elecciones y gobernaba el país a base de diálogo. En aquellos tiempos convulsos, fue el primero en aguantar una legislatura con un gobierno minoritario, aunque parte del éxito era de la oposición del PSD, que dirigía, cómo no, su amigo Rebelo de Sousa.

No fueron gobiernos para recordar los de Guterres. Como Carter o Gorbachov, era de esos políticos con mejor imagen lejos de casa. Ingeniero electrónico y apasionado por la historia, la geografía y la ópera, nunca ha llevado bien las miserias de la política. Delegó en manos de superministros la gestión doméstica para él seguir pensando en salvar el mundo y, sobre todo, a su esposa, a su amor de juventud. Fracasó. Viudo a los 50 años, el golpe le noqueó. Dimite de todo en 2001 y vuelve a su pasión juvenil, el voluntariado con los desfavorecidos; se casa con su exsecretaria de Cultura y se dedica a la familia. Delante, le para el tren de la Comisión Europea, pero rechaza el caramelo, que recogió Durão Barroso.

La vida no le ha cambiado su objetivo juvenil, ayudar a los necesitados. En 2005 -siempre tan discreto como tenaz- lo consigue: es elegido Alto Comisario de las Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR). Ahí ha estado hasta ahora que, con el mismo silencio y determinación, aspira, contracorriente, al púlpito de la ONU. Como dijo hace una semana ante la Asamblea General de Naciones Unidas su amigo Rebelo de Sousa, “La ONU necesita un Mandela, un Gandhi”. Guterres, claro. En su contra solo juega un requisito no escrito, que el futuro secretario general sea mujer. “Es la única condición que no cumpliré”, ha admitido Guterres, un hombre fundamentalmente bueno.

La sorpresa búlgara

La mayor rival de António Guterres apareció esta semana. La búlgara Kristalina Georgieva ha presentado su candidatura después de la quinta votación y tras los malos resultados de su compatriota Irina Bukova, directora general de la Unesco.

La sorprendente aparición de Georgieva -vicepresidenta de la Comisión Europea- no ha gustado a los otros nueve candidatos que llevan en campaña desde junio sometiéndose a las preguntas de los miembros de la ONU para demostrar su idoneidad. La misma Bukova, boicoteada en su país, ha calificado de “comportamiento indigno” la presentación de Georgieva. El grupo de ONG creado para influir en la elección, 1 for 7 billion, uno para 7.000 millones de personas, sospecha que ha habido un pacto entre los miembros del Consejo de Seguridad sacando de la chistera un nombre que se ha ahorrado el desgaste de las cinco votaciones y hurtado al escrutinio público.