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Trump quiere examinar a los inmigrantes sobre los valores de EE UU

El candidato republicano a la Casa Blanca buscará nuevas alianzas para combatir al ISIS

En otro intento de recentrar su campaña, el republicano Donald Trump presentó este lunes sus planes para derrotar al Estado Islámico (ISIS, en su siglas en inglés). Trump anunció que someterá a quienes quieran entrar a EE UU a un examen ideológico, un "escrutinio extremo" que descartará a quienes no compartan los valores de este país. Además, se declaró abierto a nuevas alianzas para combatir al grupo yihadista y abogó por abandonar la política intervencionista de exportar la democracia. El magnate ha atribuido a su rival demócrata, Hillary Clinton, y al presidente, Barack Obama, la fundación del ISIS.

Donald Trump en Youngstown (Ohio)

Un pilar de la estrategia de Trump contra el ISIS es el veto a la entrada de musulmanes a EE UU. La propuesta, formulada en diciembre, pretendía evitar la infiltración de terroristas de esta religión. Desde entonces la ha enmendado parcialmente. La línea oficial ahora es que suspenderá la inmigración de regiones asociadas al terrorismo. El plan prevé imponer un test sobre leyes y valores de EE UU para quienes aspiren a entrar en el país. No quedó claro si este "escrutinio extremo" se aplicaría a todos los inmigrantes y visitantes, vengan de donde vengan.

"Una Administración Trump establecerá un principio claro que guiará todas las decisiones respecto a la inmigración: sólo deberíamos admitir en este país a quienes compartan nuestros valores y respeten a nuestra gente", dijo. "Quienes no crean en nuestra Constitución, o quien apoye la intolerancia y el odio, no serán admitidos para inmigrar a este país".

"Hillary Clinton", dijo en otro momento, "quiere ser la Angela Merkel de América, y sabéis el desastre masivo que la inmigración ha sido para Alemania y para el pueblo de Alemania".

Los discursos de Trump pueden encajarse en dos categorías. La mayoría, sin guion, resulta un espectáculo de improvisaciones, ofensas y bufonadas; los otros, una minoría, son discursos redactados previamente que el candidato lee en la pantalla del telemprompter. Suelen ser textos menos estridentes y más previsibles. Hace una semana, Trump expuso con este formato sus propuestas económicas en Detroit.

Biden acusa a Trump de poner en peligro la seguridad de EE UU

“Ningún candidato de un gran partido, en la historia americana, ha tenido tan pocos conocimientos, o ha estado menos preparado que el republicano Donald Trump para ocuparse de nuestra seguridad nacional”, dijo el lunes el vicepresidente Joe Biden en un mitin en su ciudad natal, Scranton (Pensilvania).

El demócrata Biden apareció en campaña, por primera vez, junto a la candidata de su partido, Hillary Clinton, que también tiene raíces familiares en la ciudad minera de Scranton.

Biden, en un tono inusualmente duro, acusó a Trump de poner en peligro la seguridad nacional de EE UU algunos comentarios suyos. Se refería a la acusación de que el presidente Obama había fundado el Estado Islámico (después el republicano alegó que la acusación era un sarcasmo).

“Trump ya está haciendo el país menos seguro”, dijo.

El discurso de política exterior, que también pertenece a este formato, lo pronunció en Youngstown, una ciudad golpeada por la desindustrialización, en el Este de Ohio, uno de los Estados que Trump necesita ganar el 8 de noviembre si quiere derrotar a Clinton.

Trump revistió el discurso de una retórica de la Guerra Fría que gusta al establishment republicano. En este esquema, el islamismo radical ha sustituido al comunismo como enemigo de Estados Unidos. Pero los guiños a un partido cada vez más inquieto con su aspirante conviven con propuestas que rompen con la tradición de las últimas décadas.

Trump reniega del nation-building, la idea aplicada por la última Administración republicana de George W. Bush en Irak o la demócrata de Bill Clinton en los Balcanes, de que EE UU puede usar su fuerza militar y diplomática para construir Estados de derecho donde antes hubo dictaduras y guerra. En esto coincide con Obama, que en las pasadas campañas argumentó que EE UU debe hacer nation-building en casa —reconstruir el país tras la crisis económica— y no en tierras lejanas. El republicano quiere adherirse a otras tradiciones de la derecha, como la de la realpolitik, identificada con figuras como Henry Kissinger. O la del aislacionismo y el “América primero”, que hoy es el eslogan de Trump y en 1941 lo fue de los filonazis y antisemitas estadounidenses que no querían intervenir en la Segunda Guerra Mundial.

Otro aspecto que distancia a Trump de su partido es la disposición a construir nuevas alianzas fuera de las alianzas formales de EE UU. El republicano ha amagado en las últimas semanas con incumplir la obligación de proteger a los aliados de la OTAN y exhibe su afinidad con el presidente ruso, Vladímir Putin.

"Pienso que podemos encontrar un terreno común con Rusia para luchar contra el ISIS", dijo. Obama propuso hace un año un esfuerzo similar a Putin, pero discrepan sobre el papel del líder sirio Bachar el Asad, protegido de Rusia. "Cualquier país que comparta este objetivo [derrotar al ISIS] será nuestro aliado. No siempre podemos elegir a nuestros amigos, pero no podemos fallar a la hora de reconocer nuestros enemigos".

Nervios en la campaña republicana

Los nervios se apoderan de la campaña de Donald Trump. A los sondeos que pronostican una victoria nítida de la candidata demócrata Hillary Clinton en noviembre, se suman las revelaciones sobre el descontrol en su equipo, y nuevas informaciones sobre los vínculos de sus colaboradores con la Rusia de Vladímir Putin. Trump acusa a la prensa de escribir falsedades sobre él.

“No sólo estoy luchando contra la Tramposa Hillary”, escribió Trump en la red social Twitter, uno de sus medios de expresión predilectos. “Estoy luchando contra unos medios deshonestos y corruptos…”

Trump veía a los medios como aliados cuando, durante las elecciones primarias a principios de año, le ofrecían una plataforma única: horas y horas gratuitas de televisión que le dieron una ventaja valiosa sobre sus rivales. Ahora cree que se la han vuelto en contra.

Paul Manafort, el veterano lobbista que ejerce de jefe de campaña de Trump, está bajo sospecha por los pagos que recibió como asesor de Víktor Yanukóvich, el presidente prorruso de Ucrania que se refugió en Rusia después de la revuelta de 2014. Manafort, que ha trabajado para dictadores como el filipino Ferdinand Marcos o el congoleño Mobutu Sese Seko, figura en un libro de contabilidad como receptor un pago de 12,7 millones de dólares en efectivo del partido prorruso de Yanukóvich, según ‘The New York Times’. El ‘Times’ cita una investigación de la Oficina Nacional Anti-Corrupción de Ucrania sobre los pagos ilegales del partido.

Pero al magnate neoyorquino le ha irritado especialmente otro artículo publicado este fin de semana en el mismo ‘Times’ sobre los problemas internos de su equipo de campaña. El artículo retrata a Trump como un político que no entiende qué significa, desde el punto de vista logístico y estratégico, organizar una campaña para las elecciones presidenciales. Un candidato que desoye a quienes le aconsejen que centre el mensaje y se atenga al guión. Un hombre absorbido en sus propias obsesiones y malhumorado, “exhausto, frustrado y todavía desconcertado por la letra pequeña del proceso político y por qué su actitud incendiaria parece titubear”.

En un editorial, el conservador The Wall Street Journal’ aporta detalles. “El señor Trump prefiere mirar programas de la televisión por cable que leer un papel de briefing”, escribe, en alusión a los documentos técnicos sobre asuntos políticos que suelen usar las campañas. El Journal lanza un ultimátum a Trump: o endereza su campaña, o debería abandonar la candidatura.

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