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La rutina de la violencia en Río perfora la burbuja olímpica

Los tiroteos, los atracos y los homicidios siguen afectando la vida de los cariocas durante los Juegos

Agentes de la policía junto al cadáver de un hombre que murió cerca del estadio del Maracanã el día de la ceremonia de inauguración
Agentes de la policía junto al cadáver de un hombre que murió cerca del estadio del Maracanã el día de la ceremonia de inauguración AP

Cuando se fueron acercando los Juegos Olímpicos y el Ejército brasileño empezó a ensayar cómo controlaría la seguridad de Río de Janeiro, muchos cariocas asumieron que, al menos durante el evento, y al menos para que la ciudad pudiese acoger a delegaciones y autoridades extranjeras, la violencia urbana a la que están acostumbrados cesaría. No ha sido del todo así. Si bien la presencia del ejército es constante allí donde se celebran competiciones y eventos olímpicos, en los demás barrios apenas ha cambiado la sensación de inseguridad a la que los ciudadanos están acostumbrados. Siguen dándose episodios de tiroteos y atracos, aunque de forma discreta, en las páginas de sucesos. Y algunos de ellos llegan a afectar no solo la vida de los ciudadanos de Río, sino también el día a día de deportistas, periodistas y turistas que aterrizaron en la ciudad. La realidad de Río ha invadido en varias ocasiones la burbuja olímpica.

Los últimos dos días, por ejemplo, cinco personas murieron. La noche del miércoles 10 de agosto, tres agentes encargados de la seguridad de los juegos fueron atacados por narcotraficantes al entrar por error en la favela Vila do João, en la zona norte. Dos policías fueron tiroteados y uno de ellos murió la noche del jueves. Los tres venían de otros Estados y habían ido a Río solo a trabajar a las Olimpiadas. El jueves por la mañana, la Polícia y el Ejército entraron en la misma favela para encontrar a los narcos. Un vecino inocente, de 19 años, murió en el tiroteo, y otros dos resultaron heridos. En el mismo día, en otra favela de la zona norte de Río, un tiroteo acabó con la vida de un niño de 14 años y de dos sospechosos.

Pero estos son solo los últimos casos. El día de la ceremonia de apertura de los Juegos en el estadio de Maracaná, el barrio de Tijuca, en la zona norte de la ciudad, contó con el refuerzo de policías militares y del Ejército. Parecía que reinaba la paz. El estadio estaba cercado y era imposible llegar a menos de 200 metros de él. Las delegaciones de los atletas que subían a sus furgonetas para regresar a la Villa Olímpica estaban bajo la atenta mirada de los agentes. Mientras tanto, los espectadores se deparaban con militares en todos los accesos del metro.

Semejante despliegue de seguridad se creó para evitar, ante todo, atentados terroristas y narcotraficantes durante los Juegos.Pero no fue suficiente para inhibir a delincuentes ni para impedir que a un comisario de la Policía Federal, que también coordinaba la seguridad de la ceremonia de apertura, casi le atracasen en los alrededores del Maracaná. Fue abordado por un grupo de cuatro hombres armados con cuchillos al salir del estadio. El comisario y otros dos policías abrieron fuego contra los atracadores, lo que provocó el pánico entre quienes abandonaban el recinto.

Efectivos de seguridad cerca de la llama olímpica, en el centro del Río.
Efectivos de seguridad cerca de la llama olímpica, en el centro del Río. Getty Images

También parece producirse esto en la región del puerto, donde está el Bulevar Olímpico, siempre repleto de turistas y cariocas atraídos por las atracciones culturales programadas para los Juegos. Según declaraciones de varios trabajadores a EL PAÍS, ese área de Río, ubicada al lado de la favela de Providencia, nunca ha vivido días tan tranquilos. No obstante, cuando la arquitecta carioca Denise Ribeiro Dias, de 51 años, se dirigía en su coche hacia el centro de la ciudad por la Via Binário, cerca de la siempre concurrida plaza Mauá, fue asaltada por tres atracadores. Intentó acelerar pero acabó recibiendo un tiro en la nuca.

La fuerte presencia del Ejército cerca del Parque Olímpico y de otras áreas de competición contrasta también con los principales accesos de la ciudad en barrios como Botafogo o incluso en la turística Ipanema, donde la seguridades nula. Allí fue donde, este sábado, el ministro de Educación de Portugal, Tiago Brandão Rodrigues, casi fue atracado cuando volvía a su hotel. “En una calle muy concurrida, durante la tarde, fui abordado por dos individuos que me pedían dinero", contó. "Llevaban un arma blanca y todo sucedió de una forma muy natural y muy rápida. Querían nuestras pertenencias, pero había mucha gente en las inmediaciones y se produjo un revuelo. Acabaron huyendo y soltaron todo", contó.

La realidad olímpica tampoco ha eclipsado la crisis del modelo de pacificación adoptado por el Estado de Río, mediante la instalación de UPP (Unidades de Policía Pacificadora) en las favelas. Las operaciones policiales rutinarias y la abundante violencia también siguen como de costumbre para los vecinos de las regiones periféricas de la ciudad, como en el Complexo de Alemão, en la zona norte de Río. “El Alemão sigue igual de intenso. Tiroteos diarios, intervenciones policiales, heridos de bala. No ha cambiado nada. Las intervenciones policiales se han intensificado estos últimos días, lo que se ha traducido en más heridos de bala, más muertos y muchos detenidos”, resumió a EL PAÍS Betinho Casas Novas, fotógrafo del diario comunitario Voz da Comunidade, que sigue de cerca la realidad de este complejo de favelas.

Los tiroteos también han invadido la estructura olímpica, pese al fuerte dispositivo de seguridad. Una bala perdida alcanzó -y no se sabe con exactitud cuándo o cómo- el área de prensa del Centro Olímpico de Deodoro, a 30 kilómetros de Barra de Tijuca. Por otro lado, el pasado miércoles, un grupo de periodistas chinos iba en un autobús del aeropuerto de Galeão dirigiéndose hacia la Villa Olímpica por la vía expresa Linha Vermelha, tras cubrir la llegada del equipo de baloncesto, cuando presenciaron cómo cuatro hombres armados abrieron fuego contra un coche de la Policía. Nadie resultó herido y los delincuentes huyeron.

Tres periodistas españoles (dos de ellos de El Mundo Deportivo), una reportera finlandesa, dos rusos y dos brasileños esperaban el autobús oficial de los Juegos que iba a llevarlos del hotel al Parque Olímpico. Fueron sorprendidos por una operación policial en la favela Jacaré. “Al principio pensábamos que se trataba de petardos. Pero al tercer sonido ya nos dimos cuenta de lo que estaba sucediendo a nuestra espalda”, relató David Llorens, uno de los periodistas presentes. Se escondieron detrás de un coche y, momentos después, aprovecharon una pequeña tregua para refugiarse dentro del centro comercial Nova América, según Joan Justribó, otro de los periodistas presentes. “Los trabajadores del centro comercial estaban mucho más tranquilos. Era algo habitual”, aseguró. Era la prueba de que ni la realidad mágica y pretendidamente controlada de los Juegos Olímpicos ha sido capaz de alterar la brutal realidad a la que los cariocas, de todas las regiones y clases sociales, se enfrentan diariamente.

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