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Berlín sufre una oleada de violencia de ultraizquierda

El desalojo de una casa okupa deriva en disturbios, protestas y quema de coches

La policía hace guardia frente al local ocupado de la calle Rigaer, en Berlín, el 9 de julio.
La policía hace guardia frente al local ocupado de la calle Rigaer, en Berlín, el 9 de julio. AFP

“Podréis tener nuestro odio, pero nunca obtendréis nuestra risa”. A pocos metros del gigantesco cartel con esta frase que cuelga de una fachada, cuatro furgones policiales y dos decenas de agentes con cara de pocos amigos hacen guardia frente al número 94 de la calle Rigaer de Berlín, un local okupa. "La policía nos provoca. Usan la táctica de los matones en los colegios: te amenazan y cuando respondes, te acusan a ti de ser el violento", decía el viernes uno de los okupas que frecuentan la zona. Al día siguiente de esta conversación, a pocos metros de este lugar, la protesta de más de 3.000 personas derivó en lo que la policía considera los disturbios más graves de la capital alemana en los últimos cinco años. Lo que Frank Henkel, responsable de Interior de la ciudad, definió como "una orgía de violencia" dejó en la tarde del sábado 123 policías y varios manifestantes heridos, además de 86 detenidos.

El conflicto comenzó el pasado 22 de junio, cuando este local okupa que llevaba activo desde los años noventa fue desalojado. Desde entonces, los responsables de Berlín duermen un poco peor. Cada noche arden coches, caen pedradas contra oficinas bancarias, y edificios públicos sufren desperfectos. La preocupación por la oleada de violencia crece. Y los responsables de la seguridad en la ciudad prometen mano dura ante los grupos de izquierda a los que responsabilizan de los actos.

La policía ha contabilizado en las dos últimas semanas un centenar de ataques de lo que denomina “criminalidad con motivaciones políticas”; en este caso de izquierdas. Los coches en llamas forman los episodios más llamativos, pero hay muchos más. Desde el desalojo del 22 de junio hasta el 6 de julio, según explica un portavoz de la policía, se produjeron 16 incendios, cada uno de los cuales afectó a varios vehículos. “Estamos ante una clara declaración de guerra con la que se pretende aterrorizar de forma arbitraria a nuestra población. Berlín no va a dejarse intimidar por esta gente”, señalaba la semana pasada a EL PAÍS Henkel, el senador —equivalente a ministro— de Interior de Berlín. En la noche del sábado al domingo, más coches volvieron a arder.

Aunque hayan sorprendido por lo continuado y lo destructivo de sus ataques, la oleada de actos violentos de Berlín no es ninguna novedad. Hace tiempo que la amenaza de los radicales se hace notar en todo el país. Alemania se ha acostumbrado en los últimos meses a un incremento de las agresiones xenófobas a centros de refugiados. El ministro del Interior, Thomas de Maizière, alertó recientemente incluso sobre el riesgo de que surjan “nuevas estructuras terroristas” ligadas a la ultraderecha. Al mismo tiempo, también denunció un aumento de la violencia provocada por grupos de izquierdas, con vínculos a los grupos denominados autónomos.

Los incendios de coches han explotado en una ciudad que entra ya en precampaña electoral. El socialdemócrata Michael Müller sufrirá para renovar su cargo de alcalde en las elecciones del próximo 18 de septiembre, que se presentan sin un claro favorito. Los nuevos retrasos para la apertura del aeropuerto —que casi seguro incumplirá el enésimo plazo de 2017—, el repunte en la criminalidad y el caos en la acogida de refugiados han deteriorado la imagen de un alcalde poco carismático que lleva solo un año y medio al frente de la capital. A todos estos problemas se suma ahora la violencia callejera, que ha servido para mostrar las tensiones en la gran coalición gobernante.

Mientras el alcalde Müller se ha declarado dispuesto a algún tipo de diálogo con la escena izquierdista, el senador Henkel rechaza cualquier otra medida que no sea la policial. “Me imagino qué pasaría si ultraderechistas respondieran a la actuación policial extendiendo el terror por las noches. La situación sería insoportable. A nadie se le ocurriría negociar con estos extremistas o incluso ofrecerles algunos inmuebles”, responde a los que reclaman diálogo. Henkel, que es también el candidato de los democristianos a alcalde, se esfuerza ahora por elevar unos indices de popularidad bajo mínimos.

Mientras Henkel muestra mano dura, su nombre es el más vilipendiado en el 94 de la calle Rigaer. “Franky boy, habla con nosotros”, escribían el viernes con un spray una pareja de punkies. “¿Por qué ponéis eso? No tenemos nada que hablar con él”, bromeaba una compañera. Aquí el relato es totalmente distinto del que sale del Ayuntamiento. La docena de amigos reunidos frente a la casa okupa cuentan escenas de brutalidad policial durante el desalojo y aseguran que no saben nada de quién está quemando coches por Berlín.

Olaf Bahn, un hombre que se presenta como candidato apartidista a las elecciones de septiembre, dice estar en huelga de hambre desde hace ocho días como protesta por la violación de derechos que ha visto en su barrio. “Esta situación no tiene ningún sentido. Solo se puede encauzar con diálogo y medidas políticas”, asegura. Los agentes, a pocos metros de distancia, se aseguran de que nadie entre en la antigua casa okupa.

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