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ANÁLISIS

Europa tiene miedo

La victoria por la mínima de Van der Bellen es un modesto consuelo frente a la magnitud de la xenofobia en Europa

Alexander Van der Bellen junto a sus partidarios en el palacio de Auersperg en Viena, el 22 de mayo.
Alexander Van der Bellen junto a sus partidarios en el palacio de Auersperg en Viena, el 22 de mayo. EFE

La euforia con que haya podido recibirse la victoria del candidato ecologista sobre el líder de la extrema derecha en Austria se resiente de la frustración e inquietud que conllevan la imparable pujanza de la xenofobia en Europa.

Ha sido decisivo el voto por correo. Y lo ha sido el veredicto de los austriacos residentes en el extranjero, configurando una paradoja de acuerdo con la cual los austriacos de ultramar han evitado la proeza de Norbert Hofer.

Pero es inútil consolarse con las décimas que han convertido a Van der Bellen en nuevo jefe de Estado. La propia división del electorado en dos mitades sobrentiende una crispación social y sociológica a la que Hofer pretendió aportar soluciones drásticas y paternalistas, garantizando, como Trump en EE UU, una patria segura, sin extranjeros ni musulmanes.

“No soy un nazi”, proclamó el aspirante del FPÖ el mismo domingo, una embarazosa aclaración que plantea cuánto se ha desquiciado el proceso de involución comunitaria, desmintiendo la imagen de un continente fraternal cuyos vecinos tienden la mano al inmigrante o se movilizan para ayudar a los refugiados por inhibición de los estados noqueados.

Europa tiene miedo. Conviene aceptarlo antes de ensimismarse en la precariedad de la victoria de Van der Bellen. O de congratularse con que Marine Le Pen pierda también acaso por la mínima el trono del Elíseo.

La xenofobia ha prosperado como un veneno. Y se ha multiplicado por razones tan complementarias como la psicosis terrorista, el buenismo socialdemócrata, el auto sabotaje de la UE a sus valores fundacionales —reaparecen las fronteras, se externaliza en Turquía el problema migratorio— y la obscenidad con que los líderes xenófobos han expurgado los instintos y los sentimientos, recurriendo incluso a la cohesión que proporciona el relato nacionalista.

Sólo España y Portugal permanecen ajenos a fenómenos políticos de extrema derecha. La razón de fondo consiste en la longevidad de las dictaduras de Franco y Salazar, incluso en la habilidad con que el PP ha logrado asumir el discurso patriótico-identitario, pero la psicosis y la sugestión distan mucho de poder arraigar un territorio de excepción ibérico frente a una tendencia que va colonizando adhesión, poder y gobiernos.

Y no sólo en Europa. Donald Trump ya ha ganado las elecciones americanas independientemente del resultado. Ha vaciado el proyecto político de Hillary Clinton. La ha convertido en un cataplasma al pánico que suscita reconocernos delante del espejo o delante de las urnas.

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