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“Queremos vivir en la ciudad de nuestra infancia”

Villers-Cotterêts, una de las 12 localidades que ya gobierna el FN, es un laboratorio de sus políticas

Convertido en una estatua que preside la plaza mayor, Alejandro Dumas da la bienvenida al visitante a su ciudad natal. Este rincón rural de la Picardía francesa también fue del gusto del rey Francisco I, que solía practicar la caza en el majestuoso bosque que envuelve esta localidad de 11.000 habitantes, situada 75 kilómetros al nordeste de París. Desde 2014, Villers-Cotterêts es una de las 12 ciudades francesas que gobierna el Frente Nacional. Conquistó la alcaldía contra todo pronóstico. “Es una ciudad atípica para nosotros. Aquí no hay solo clases populares, sino también directivos y categorías sociales que no suelen favorecer al Frente Nacional”, reconoce el alcalde, Franck Briffaut, desde su elegante despacho con vistas al jardín interior.

“Me sorprende que viejos tan simpáticos voten a Le Pen”, dice una musulmana

Por las calles, la población más acomodada se cruza con comerciantes de perfil pequeñoburgués y obreros de la fábrica Volkswagen, cuya sede francesa se encuentra en esta ciudad rodeada de campos de remolacha y cementerios militares, recordatorio indeleble de las dos guerras mundiales. Desde su victoria, el Frente Nacional ha convertido este rincón de la Francia rural en un laboratorio donde experimentar el alcance cada vez mayor de sus ideas. En gran parte, gracias a una economía en plena desaceleración. La cabeza de lista en la región, que ha quedado anexionada al todavía más empobrecido Norte-Pas de Calais, no es otra que Marine Le Pen, quien ha dicho que el lugar “concentra todos los problemas que socavan el país, como el paro, la pobreza y la inmigración masiva”.

Pese a todo, en Villers-Cotterêts la situación no parece catastrófica. El paro se sitúa en la media nacional (10%) y el nivel de vida es solo ligeramente inferior al promedio francés. Pero muchos temen que esa ventaja no dure demasiado. La nostalgia por un pasado mejor predomina en todas las conversaciones. “Cuando era pequeño, era una ciudad viva y alegre, llena de comercios. Ahora ya no queda casi nada. En el fondo, lo que nos gustaría es volver a vivir en la ciudad de nuestra infancia”, reconoce Jean, jubilado de la industria automovilística. A su alrededor, una población envejecida hacía el viernes sus compras en las pocas tiendas que quedaban abiertas, o salía cabizbaja del estanco, tras jugar y perder a la loto.

Según los últimos sondeos, Le Pen debería sumar el 40% de los votos en la primera vuelta que se celebra hoy. En Villers-Cotterêts, nadie duda que ganará. “Su victoria parece, por desgracia, inevitable”, confirma el exalcalde socialista, Jean-Claude Pruski, sentado en un bistró a la hora del almuerzo. “Este es un lugar tranquilo, agradable y sin violencia, con un cine, una mediateca y buenas infraestructuras. No tiene sentido que la extrema derecha esté en el poder”, denuncia este hijo de inmigrantes polacos, que lamenta observar una xenofobia que se agrava tras los atentados del 13-N. “Una vecina me decía hace poco que se está volviendo racista, cuando nunca lo había sido. La gente teme que vengan a degollarlos, lo que no tiene sentido. El Frente Nacional juega con ese miedo irracional cada vez que llegan las elecciones”.

“Una vecina me dijo que se está volviendo racista”, comenta el exalcalde socialista

En treinta años, 2.000 nuevos habitantes se han instalado en Villers-Cotterêts. En los últimos cinco años, muchos llegaban del departamento vecino de Sena-Saint Denis, que concentra a muchas de las conflictivas barriadas de la periferia parisiense. Quienes se lo podían permitir se compraron casas en la ciudad o sus afueras, seducidos por precios más baratos y un contexto más bucólico. “Muchos son franceses de origen magrebí, antillano o subsahariano, en un lugar donde hace 20 años nadie sabía lo que era un negro. Cuando los vecinos descubren que esos recién llegados se pueden comprar una casa, mientras que ellos no, empiezan los celos”, opina Pruski.

Para el alcalde Briffaut, la explicación es distinta. “Es normal que no queramos que los problemas de la banlieue se reproduzcan aquí. No queremos ser uno de esos lugares donde no es posible salir de noche, donde la policía no se atreve a entrar y donde la población está segmentada. Debemos rechazar acoger a toda la miseria del mundo y frenar la inmigración. Quienes vengan a Francia tienen que respetar nuestras leyes y costumbres”, añade.

La contradicción es que la mayoría de nuevos habitantes son plenamente franceses. “Algunos lo son solo porque tienen los papeles. Entre quienes ponen bombas también hay franceses, pero luego escupen o queman nuestra bandera. Para mí, ser francés no pasa solo por tener el carné de identidad, sino también amar la bandera, respetarla y batirse por ella”, rebate el alcalde, exparacaidista militar y funcionario del ministerio de Defensa durante 35 años, para quien un político deben ser “un médico y un centinela”, alguien capaz de curar pero también de prever el futuro.

Entre los votantes que se sitúan en las antípodas del Frente Nacional también reina cierta desconfianza. “Las mujeres de mi generación luchamos por el derecho de abrir una cuenta corriente sin el permiso de nuestros maridos, por el derecho a abortar o a vestirnos como nos diera la gana. Cuando ahora veo a una mujer con el velo por la calle, no la voy a insultar, pero sí me parece una provocación. Encarna un paso hacia atrás”, relata Margot, una camarera septuagenaria.

El barrio que concentra a la población magrebí se encuentra al otro lado del camino de Vivière, alrededor de una pequeña mezquita situada “en la antigua casa del maestro”, según una vecina. Distintos bloques construidos en los setenta presiden este lugar tranquilo y lleno de zonas verdes, pero sin tiendas ni servicios. Por allí camina Nisrine, una joven que nació en Villers-Cotterêts y viste el velo islámico. “Cuando ganó el Frente Nacional tuvimos miedo, pero al final no ha cambiado nada. A veces hay miradas desconfiadas, pero no agresiones”, relata. “Aquí viven muchos viejos y, en general, son amables con nosotros. Lo que no deja de sorprenderme es que esos viejos tan simpáticos voten por el Frente Nacional”.

Algo más allá asoma un barrio algo más pudiente, formado por casas pegadas al bosque, en las que ya abundan los adornos navideños. Parecen imitar los suburbios residenciales estadounidenses, igual que Mathilde y Ludmila, de 17 y 18 años, aspiran a copiar el estilo vestimentario parisino. “En cuanto terminemos el instituto nos marcharemos de aquí. En esta ciudad no hay nada”, jura la primera. La segunda votará hoy por primera vez, pero todavía no sabe por quién. No descarta que el voto sea por la candidata ultraderechista. “No la voy a descartar solo porque se apellide Le Pen. Votaré por quien tenga las mejores ideas”, concluye.

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