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ANÁLISIS

El nombre de las víctimas

Francia recuerda sin retórica y con profunda emoción los nombres y las biografías de los 130 muertos del 13 de noviembre

Una mujer herida en los atentados de París, en el homenaje.
Una mujer herida en los atentados de París, en el homenaje.

Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, The New York Times hizo un esfuerzo titánico para poner una historia y un nombre a todas las víctimas del ataque terrorista contra Washington y Nueva York. Este mismo diario hizo un trabajo igualmente impresionante con los muertos en Madrid del 11 de marzo de 2004. Se llamó Vidas rotas. Y ahora la prensa francesa lleva dos semanas luchando para que ninguno de los 130 asesinados durante la locura terrorista de la noche del viernes 13 de noviembre se quede reducido a una estadística. De hecho, la agencia France Presse ha difundido el que seguramente sea el reportaje más largo de su historia, 8.000 palabras dedicadas a las víctimas, de 19 nacionalidades y más de la mitad menores de 30 años.

El periodista italiano Mario Calabresi escribió un gran libro, Empujando la noche más allá. La historia de mi familia, en memoria de su padre, un policía asesinado por el terrorismo en Milán. Calabresi trata no sólo de recordar la historia de su padre, sino también de recuperar su dignidad porque no sólo era una víctima, sino que había sido denigrado por sus verdugos acusado de haber matado a un prisionero anarquista tirándolo por la ventana –ni siquiera estaba en el edificio donde ocurrió–. Calabresi, director de La Stampa de Turín desde 2009 y recién nombrado director de La Repubblica, recordaba precisamente las biografías publicadas tras el 11S, la historia de un hombre que acababa de comprarse un Porsche, pero que lo tenía siempre manchado de ceniza por los puros que se fumaba. "Traté de imaginar un obituario más tradicional. Pero nadie hubiese conservado la memoria. Pero todavía puedo recordar la historia de una mujer cuya oficina estaba en el último piso y estaba feliz de poder contemplar la escuela de su hijo desde allí. Son estas pequeñas cosas las que mantienen viva la memoria, no la retórica".

Incluso en un país tan profundamente ceremonioso como Francia, el recuerdo de las víctimas, este viernes en una ceremonia en el patio de los Inválidos, ha estado lleno de vida, no de retórica, se ha entonado La Marsellesa, pero también una preciosa versión de Cuando sólo nos queda el amor, de Jacques Brel, ante los familiares de los asesinados, con sus rostros como telón de fondo. "Cuando sólo nos queda el amor / para hablar frente a los cañones / Y sólo tenemos una canción / para convencer a un tambor", dice la letra de esta preciosa canción del cantante belga.

Resulta imposible recordar todos los detalles de las biografías, las decenas de vidas rotas aquella noche, las imposibles casualidades que llevaron a cada uno a estar donde estaba entre las 21.20, cuando se hizo estallar el primer terrorista suicida en el Estado de Francia, y las 21.40 cuando entraron los tres asesinos de la sala Bataclán, donde se produjeron la mayoría de las víctimas. En el Estadio de Francia los suicidas sólo asesinaron a una persona, Manuel Colaço Dias, un portugués de 63 años que vivía desde hace 45 años en Francia. Había llevado a un grupo desde Reims a ver el partido Francia-Alemania y les esperaba fuera. Casado, padre de dos hijos, vivía en Cormontreuil, cerca de Reims, y trabajaba desde hace 20 años en la empresa Regnault Autocars. Le gustaba mucho el fútbol –era un fan del Sporting Clube de Portugal– y por eso le tocaba muchas veces llevar a clientes al estadio. A veces veía los partidos con sus pasajeros. Esta vez no. Fue la primera víctima del 13 de noviembre.