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El ISIS consuma su nueva estrategia de ataques en el exterior

Los terroristas se hacen con el cetro yihadista frente a Al Qaeda

Video de Estado Islamico
Fotograma de un vídeo difundido por el Estado Islámico de la ejecución de 25 soldados sirios a manos de niños y jóvenes en Palmira (Siria).

Primero fue el califato. El iraquí Abubaker al Bagdadi lo proclamó en junio de 2014 en Mosul. Luego, su consolidación en el territorio —con aspiraciones en Jordania, Arabia Saudí...—. De ahí a mover voluntades, a inspirar a simpatizantes para atacar en suelo extranjero. El sirio Abu Mohamed al Adnani, portavoz del Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés), llamó en septiembre de 2014 a matar con virulencia a infieles en Occidente: bien en Estados Unidos, en Australia, Francia... El ataque en el café Lindt de Sidney cuatro meses después de Man Haron Monis, un simpatizante del ISIS, fue un paradigma de este llamamiento táctico del grupo yihadista. “Pero esto es muy diferente de entrenar gente en Siria e Irak para llevar a cabo atentados del tipo del 11-S”, señaló en una conversación reciente Rohan Gunaratna, uno de los observadores más veteranos del fenómeno terrorista.

Siguiente paso: la creación de una rama de operaciones en el exterior. Es ahí donde se encuentra el ISIS, según coincide Gunaratna con varios analistas y parece que apuntan las pesquisas de los servicios de inteligencia occidentales. Esto es, el grupo yihadista está tras la consolidación de una unidad vinculada operacionalmente —y no sólo ideológicamente como puede haber células o lobos solitarios al estilo de Amedy Coulibaly, que atentó en un comercio kosher en enero en París—, capaz de atentar. Gunaratna apostilla con un detalle para muchos estético pero para él significativo: “Muchos de los que aparecen en los vídeos del ISIS encapuchados se cubren porque pueden ser enviados a Occidente”. Francia cuenta con más de medio millar de retornados del ISIS.

Uno de los antecedentes más claros de este fenómeno para la mayoría de analistas —tan solo un “aperitivo” de esta estrategia, según Gunaratna— es Mehdi Nemouche, el francés de origen argelino que atacó en un museo judío de Bruselas el 24 de mayo de 2014, con un balance de cuatro muertos. Fue detenido en Marsella (Francia) y enviado a Bélgica para ser juzgado. El francés de 29 años siguió el patrón de muchos miembros del ISIS: radicalizado bien joven en su país, viajó a Siria para acabar en uno de los comandos del grupo dedicados a los secuestros. Regresó a Europa y armado con un fusil Kaláshnikov entró en el museo para abrir fuego.

Al Qaeda Central, la red fundada por el saudí Osama bin Laden que aún sobrevive entre Afganistán y Pakistán, logró tener esta rama operacional para atentar en el exterior, como probó sobradamente el 11 de septiembre de 2001. Bajo la dirección del egipcio Ayman al Zawahiri, Al Qaeda sigue siendo un peligro, pero la situación ha virado.

Si la investigación confirma la autoría del ISIS, la operación terrorista sería la primera de esa magnitud en un país no árabe. Y sería el primer gran atentado del Estado Islámico contra ciudadanos no árabes, a la espera de las conclusiones del derribo en el Sinaí del Airbus 321 ruso. Los ataques de París consolidan al ISIS en el trono de la yihad global, pero abunda en una de las ideas fuerza del análisis de Gunaratna: su “permisividad”, la violencia indiscriminada. Una herramienta fundamental para reclutar a miles de jóvenes atraídos por la imagen de un grupo que derrota al enemigo y parece invencible.

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