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“Nos sobran motivos para emigrar”

Los sirios que pueden pagar entre 2.500 y 4.500 euros para llegar a Europa huyen de una guerra que ha costado ya 240.000 muertes

Guerra civil en Siria
Unos ciudadanos de Duma revisan unos escombros tras un ataque del Gobierno el 22 de agosto.

Cuatro millones de sirios han huido de la guerra y malviven en los países vecinos. Otros ocho han sido desplazados de sus hogares por los combates. Muchos refugiados en Líbano o Turquía emprenden una segunda huida. En esta ocasión se juegan todos sus ahorros a una sola carta: llegar a Europa. Los sirios ya no temen morir y arriesgan su vida subiendo a frágiles barcazas que a menudo naufragan en el Mediterráneo.

La mayoría huye de Homs, Alepo o del territorio controlado por el Estado Islámico. Pero cada vez más, una clase media, educada y aún con recursos, abandona Damasco recurriendo a los traficantes como última opción. Médicos y campesinos sirios comparten hoy patera. Europa ha acogido a 338.000 refugiados en los siete primeros meses de 2015. Los países del Golfo, a ninguno.

Reunidos en torno a la pantalla del ordenador, tres jóvenes sirios ultiman su viaje. En 48 horas se convertirán en migrantes, siguiendo la ruta que otras 23.000 personas han recorrido la semana pasada rumbo a Europa. En lo que va de año, 350.000 han cruzado el Mediterráneo, un gran porcentaje de ellos son sirios que tratan de pasar de Turquía a alguna isla griega.

Las novedades de las rutas, en Facebook

A través de la página de Facebook Garaje de los que no van a ninguna parte, 94.000 sirios se mantienen al día sobre las rutas migratorias hacia Europa. Toda la información para migrar está disponible en los chats: mapas señalando los pasos ilegales en las fronteras, precios, contactos, referencias de traficantes y advertencias a los más despiadados. Otros usan el grupo para encontrar a familiares.

“Mamá Merkel”, como se bautiza en este grupo a la presidenta alemana, ocupa un lugar especial. El póster de Bachar el Asad es suplantado por una versión con el rostro de Merkel y sobre el mítico “Te queremos” en árabe aparece su versión en alemán: “Wir lieben dich”.

Hani, de 23 años, se hace cargo de las llamadas para coordinar con el traficante, mientras que su novia Marwa y su amiga Nazha, de 21 y 27, respectivamente, chatean en la red en busca de las últimas informaciones. “Hay un problema. No podemos ir en avión a Beirut. Hay que cruzar la frontera”, alerta Hani nada más colgar. Las caras de las dos jóvenes se contraen. “Nos hace falta una reserva de hotel de tres días para que nos dejen entrar como turistas, eso son 150 euros más”, murmura en voz alta Nazha.

Llevan meses preparando el viaje junto a otros nueve amigos que, una vez reunidos los 3.500 euros que cobran los traficantes por el traslado de Damasco a Estocolmo, se lanzan al periplo. “Los planes difieren mucho de la realidad”, dice al teléfono Nazir, que hizo la misma ruta 10 días atrás y les asesora ya a salvo en Estocolmo. “Somos un mero mercado de carne para los traficantes. Nuestras vidas valen 1.100 euros”, dice el joven, que sobrevivió primero a un naufragio y luego a morir por asfixia en una furgoneta hacinado junto a otras 20 personas. “La segunda vez iba mejor preparado, ya no tenía miedo. Créeme: en Siria se pasa más miedo bajo la guerra. No hay marcha atrás”, añade.

Los que huyen rumbo a Europa lo hacen cargados con miles de razones. Pero todos escapan de una guerra que se enquista en su quinto año. Los que escapan del Estado Islámico lo hacen traumatizados por una dictadura del terror. Los que huyen de zonas rebeldes o leales al régimen de Bachar El Asad lo hacen agotados psicológicamente. Hastiados de bombas y morteros, consumen sus ahorros en una rutina en la que en el mejor de los casos disponen de ocho horas de electricidad diarias. Todos tienen un familiar o un amigo entre los 240.000 muertos de la guerra. “Queremos un futuro mejor”, claman.

Decenas de miles de sirios como Hani abandonan su país antes que hacer la mili, al tiempo que un Ejército falto de efectivos busca todo tipo de artimañas para captar nuevos reclutas. Entre ellas, la de encarecer el coste del pasaporte: las mujeres pagan 25 euros, los varones, 300.

“Dios está con ella. Me da miedo, pero tal vez sea lo mejor”, dice resignada la madre de Nazha, quien financia el viaje con los ahorros que le quedan. “Nos sobran motivos para migrar”, comenta Nazha, que en pleno divorcio deja a su hija de cuatro años en su país. “Una vez esté establecida en Europa, regresaré por ella”, asegura. Le llevaría siete años juntar el precio exigido por los traficantes con su sueldo de 40 euros mensuales. Migrar es un lujo que pocos pueden permitirse. Tan sólo un puñado, decenas de miles entre los 23 millones de sirios, pueden afrontar los entre 2.500 y 4.500 euros que cuesta el pasaje ilegal a Europa.

Como si de una compañía de bajo coste se tratara, los traficantes informan de que cada pasajero solo podrá llevar una mochila y una riñonera como equipaje, y ello para un viaje sin billete de regreso. “Mi pijama, una muda seca de recambio, el móvil bien plastificado, mi pasaporte y el certificado universitario”, son las únicas pertenencias que acompañarán mañana a Marwa, una vez deje atrás cinco años de guerra.

Todos los nombres citados en el artículo son falsos para proteger la identidad de los informantes.

 

 

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