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Insurgentes en la cocina

La proliferación de nuevos partidos en Europa se debe más a las expectativas frustradas que a la crisis

Elecciones en Reino Unido 2015
David Cameron alimenta a un cordero en una granja, este domingo en Chadlington.

David Cameron y Ed Miliband, los líderes de los dos principales partidos políticos británicos, invitaron a las cámaras de televisión a sus cocinas el mes pasado. Hay elecciones generales el 7 de mayo en el Reino Unido y el propósito del primer ministro conservador y de su opositor laborista fue demostrar a los votantes que eran personas normales, que no eran —como se diría en España— casta.

No quedó muy claro si las dos puestas en escena domésticas lograron el objetivo deseado ya que la cocina de Cameron en su casa familiar era del tamaño de un salón de baile y la que eligió exhibir Miliband resultó ser la más pequeña de dos que tiene en su hogar londinense.

El diagnóstico que les movió a sucumbir a semejante indignidad fue el siguiente: en un clima económico de austeridad y desigualdad crece la percepción de que los dirigentes de los partidos tradicionales representan más a las élites que al grueso de la población; esto ha provocado la proliferación en Gran Bretaña, como en el resto del continente europeo, de partidos nuevos rebeldes (o, como los llama el Times de Londres, “insurgentes”) que pretenden ser la auténtica voz del pueblo; ergo hay que combatir populismo con populismo.

Con algunas variaciones locales, este cuadro es aplicable al resto de Europa desde la repentina erupción de UKIP en Gran Bretaña, del Frente Nacional en Francia, del Partido de la Libertad holandés, de los Verdaderos Finlandeses, de los Demócratas Suecos, de Alternativa para Alemania, de Podemos y Ciudadanos en España.

España es el bicho raro en este colectivo. Los nuevos partidos españoles no son, a diferencia de los demás, de extrema derecha y el impacto de la crisis económica en España ha sido marcadamente peor que en los países del norte. Lo interesante, sin embargo, es que la sensación de insatisfacción general, de ansiedad y de frustración que sufren los españoles se extiende por todo el Viejo Continente, independientemente de la relativa salud económica de cada país. Lo cual sugiere que el análisis convencionalmente aceptado de que el malestar europeo es explicable en función de la desigualdad, la austeridad y la distancia entre las élites y el pueblo no es suficiente; que hay incluso más problemas de fondo.

Veamos el caso de Gran Bretaña, país cuyos indicadores económicos actuales deberían ser la envidia de España y de casi todo el mundo. Las tasas de desempleo en Gran Bretaña hoy (5,7%) están por debajo de lo que estaban en España cuando la economía española estaba en pleno boom.

El crecimiento económico británico es el más veloz de Europa. Los sueldos están subiendo. Todo parecería indicar que el Gobierno de David Cameron tiene la victoria asegurada en las elecciones generales. Pero a día de hoy, las encuestas demuestran que no hay motivos para pensar que Cameron tenga más posibilidades de ganar el mes que viene que Mariano Rajoy en España a fin de año.

Los británicos están igual de deprimidos pese a los buenos datos de paro

¿Cómo se explica que los británicos estén igual de deprimidos, o más, que los españoles? Tan deprimidos que los medios se han inventado una palabra para definir el estado de ánimo británico reinante: miserabilism. Abundando en el tema, hace unos días un comentarista político del Financial Times escribió: “El cinismo, rozando el nihilismo, es lo más cercano que tiene la Gran Bretaña moderna a una ideología nacional”.

Una variación sobre lo mismo la ofreció Derek Wyatt, que fue diputado laborista durante 13 años hasta que se retiró en 2010. “Todos los partidos andan perdidos, sin ideas para contrarrestar el sentimiento de impotencia general”, dijo Wyatt en una conversación la semana pasada. Especialmente desesperante para Wyatt, un viejo socialista, es que su antiguo distrito electoral está en peligro de caer en manos de UKIP, cuyo líder, Nigel Farage, es una especie de Torrente inglés que se hace fotos no en su cocina sino, siempre que puede, en un pub con una pinta de cerveza en la mano.

La cuestión es cómo explicar tanta impotencia, por no hablar de incipiente locura, cuando las cifras económicas más recientes en Gran Bretaña son tan alentadoras, cuando cualquier visión histórica de la vida demuestra que los británicos, como la gran mayoría de los europeos, viven más años, en más paz, gozando de más libertad individual que nunca.

Sin embargo, como encuesta global tras encuesta global demuestra, los africanos, latinoamericanos y asiáticos ven el futuro con apreciablemente más optimismo que los europeos. El dato es revelador. Indica que el pesimismo europeo proviene, en el fondo, de una sensación de expectativas fallidas. En Gabón o Camboya las perspectivas son tan bajas que mientras hay vida, hay esperanza. La ideología en Europa será hoy el cinismo, pero la idea dominante desde al menos la mitad del siglo pasado ha sido la del progreso permanente. La percepción hoy, acentuada por la crisis, de que nuestras condiciones de vida no siempre irán a mejor, de que las generaciones futuras lo pasarán peor que las anteriores, han causado un desconcierto similar a la que habrán sentido los creyentes comunistas con la caída del muro de Berlín. Los hijos se sienten frustrados, los padres se sienten culpables, el futuro es incierto y, como decía George Orwell, en tiempos de incertidumbre la gente está dispuesta a creer cualquier cosa.

La percepción hoy es que las condiciones de vida no siempre van a mejor

Por ejemplo, en un país con 300 años de democracia parlamentaria como Gran Bretaña hay millones de personas deseosas de convencerse de que si votan a UKIP volverán al paraíso perdido. Lo que niegan tanto los que van con UKIP como con los otros partidos rebeldes o los que se quedan con los partidos de siempre es que, más allá de los males que provengan de la austeridad, o de las castas o de los inmigrantes o de la Unión Europea, existe un fenómeno de desplazamiento de poder económico a Asia, e incluso a América Latina o África, que ningún partido político, institución o insurgencia conocida es capaz de combatir. Lo alarmante es que algunos dicen que sí tienen las respuestas y que, puestos a prueba, se delatarán como vendedores de falsas esperanzas, provocando más malestar, más descontento, más decepción.

“Nadie en Europa ha demostrado el liderazgo intelectual, la imaginación o una visión para los próximos diez años”, dijo Wyatt, el exdiputado laborista. No excluyó a su partido y menos aún a sí mismo tras 13 años como diputado, etapa de su vida, confesó, que hizo que se le “pudrieran las células cerebrales”. Quizá se les han podrido a todos los políticos europeos o, peor, quizá es que sencillamente no hay solución. La ideología capitalista falla, la comunista falló, la noción de progreso permanente se ha esfumado y, hasta el día que alguien dé con una idea realmente transformadora, lo que les queda a los afortunados de la Tierra que nacieron en Europa occidental es más cinismo y más frustración.

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