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“Volar en los Alpes era su pasión”

Amigos del copiloto narran la afición que tenía Andreas Lubitz por esa zona montañosa

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Andreas Lubitz, en una foto de septiembre de 2009, en Hamburgo. Getty

El club aéreo LSC Westerwald, a las afueras de la pequeña localidad alemana de Montabaur, al oeste del país, ofrece la cara más luminosa de Andreas Lubitz, el copiloto supuestamente responsable de la catástrofe aérea producida el pasado martes en un vuelo de Barcelona a Düsseldorf. Hace 14 años que Lubitz había empezado a hacer en este club aéreo de Montabaur, donde viven sus padres, sus pinitos en el aire. Allí tenía amigos, parecía un chico tan normal como cualquier otro y daba rienda suelta a lo que más le gustaba: volar. Pero, a la luz de los acontecimientos, los gustos que Lubitz desarrolló en este club estremecen y se asemejan a una macabra burla del destino.

“Volar en los Alpes era su pasión”, asegura Dieter Wagner, compañero del club aéreo. Los Alpes es el lugar que Lubitz eligió para estrellar el avión de Germanwings (GWI9525), filial de Lufthansa, que pilotaba y que se llevó por delante a 149 víctimas inocentes. Y es también el lugar en el que él prefería volar. “Hace un par de años estuvimos con él un grupo de amigos. Y sobrevolamos una zona a pocos kilómetros del lugar donde se estrelló el avión de Germanwings”, añade Wagner, cuya sobrina era amiga de Lubitz y le acompañaba en sus prácticas en el sur de Francia con vuelo sin motor.

Ernst Müller, también miembro del club LSC Westerwald, da más datos que hacen pensar en la trágica predilección de Lubitz por los Alpes. “Yo también estuve con él varios veranos en esa zona cercana a la ciudad francesa de Sisteron. Es una zona muy conocida para los amantes del vuelo sin motor por sus montañas y sus corrientes de viento ascendente” añade Müller.

Los amigos y conocidos de Lubitz y su familia solo parecen dispuestos a hablar de su pasión por volar. Johannes Seemann, el pastor de la Iglesia Paulus, donde la madre del copiloto trabaja como organista, prefería guardar silencio. Solo confirmaba que lleva al frente de la iglesia evangélica de Montabaur desde hace cuatro años y que conoce a la madre, pero no al hijo por el que le preguntan todos los periodistas. “Les recordamos que esto es la casa de Dios y que aquí estamos obligados a guardar silencio. Le pedimos respeto para la familia y para nosotros”, respondía la mujer del pastor desde el umbral de la casa en la que viven, justo al lado de la iglesia.

En el gimnasio que frecuentaba Lubitz tampoco querían dar mucha información. “Solo te puedo decir que era un tipo tranquilo. Era una persona que no llamaba la atención”, contaba este viernes uno de los habituales. Quizás la explicación más convincente de todas la daba antes de cruzar un semáforo Thomas, que se dedica a dar sermones en los funerales. “Todo el mundo decía que era un chico muy ambicioso. La única explicación que encuentro es que por motivos de salud se viera obligado a dejar su trabajo y no pudiera aceptarlo. Quizás quiso acabar con todo por tener que renunciar a volar”, añade. Y para ello escogió el sitio que él más quería: los Alpes.

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