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Yemen condenado a su suerte

Un paso más y Saleh (o algún otro) se encargará de demostrar que en Yemen nunca ha habido primavera

A la espera de que el parlamento yemení se reúna el domingo para aceptar o rechazar la dimisión del presidente Abdrabbo Mansur Hadi y del gabinete liderado desde noviembre por Khaled Bahah, todo indica que se han agotado finalmente las posibilidades de que Yemen salga adelante como un país estable y unificado. En realidad, no ha habido un solo momento desde la caída del dictador Alí Abdulá Saleh (2011) en que se pudiera pensar otra cosa, tanto por la debilidad del propio Hadi (mano derecha de Saleh durante años) para imponer un nuevo orden e implementar los acuerdos alcanzados en enero pasado en el marco del Diálogo Nacional, como por las poderosas fracturas alimentadas simultáneamente por la rebelión zaydí del grupo Ansarullah (Partidarios de Alá), el movimiento secesionista del Sur (Al Harak al Yanubi, fragmentado a su vez internamente) y el activismo violento de Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA). Por añadidura, ninguno de los actores externos con presencia activa en Yemen –ni Washington, interesado exclusivamente en eliminar a AQPA con la colaboración de Saná (y también de Ansarullah), ni Riad y Teherán, confrontados en apoyo a grupos rivales dentro de su pulso por el liderazgo regional– han contribuido positivamente a rebajar las tensiones y, mucho menos, a impulsar dinámicas democratizadoras.

En estas circunstancias ha sido Ansarullah –pretendiendo ostentar no solo la representación del clan huzí o de los chiíes zaydíes (un tercio de los 25 millones de yemeníes), sino incluso la de una ciudadanía disconforme con las recientes medidas gubernamentales de eliminación de subsidios y aumento de impuestos– quien mejor ha sabido explotar la inestabilidad interna en su favor. Ya en septiembre pasado lograron entrar en la capital, ampliando su radio de acción mucho más allá de sus feudos tradicionales del norte, hasta convertirse en el principal actor político del país (sumado a su notable fortaleza militar, con unos 100.000 milicianos, y a su labor social en diferentes ámbitos). Desde entonces ha estado en condiciones de expulsar por la fuerza a Hadi, pero ha preferido (a semejanza de lo que Hezbolá viene haciendo en Líbano) reforzar su posición sin ocupar directamente el poder, en la medida en que contaba con poder imponer su dictado desde la sombra.

Ni Washington ni Riad y Teherán han contribuido positivamente a rebajar las tensiones

Ahora, cuando ha comprobado la resistencia del presidente a aceptar su principal reclamación –la estructuración del país en dos regiones (Norte, para él, y Sur, para Al Harak), en lugar de las seis que prevé la nueva Constitución– es cuando ha dado un paso más, asediando el palacio presidencial, al primer ministro y al ministro de Defensa, secuestrando al jefe de gabinete de Hadi (encargado de elaborar el proyecto constitucional) y tomando una emisora de televisión. Y eso ha añadido la exigencia de que uno de los suyos sea nombrado vicepresidente, de que 10.000 de sus milicianos sean integrados en las fuerzas armadas y de que otros tantos se incorporen a las fuerzas de seguridad. Y aunque, con el acuerdo anunciado ayer mismo, Hadi parecía haber aceptado la totalidad de sus condiciones, resultaba evidente la imposibilidad de restablecer la situación previa a la ofensiva huzí.

Con su gesto, tanto Hadi como Bahah parecen mostrar su impotencia para imponerse (las fuerzas armadas tampoco han actuado de manera muy eficaz, a pesar de algunas operaciones exitosas en las provincias de Marib, Ibb y Bayda). Eso tampoco quiere decir que Ansarullah tenga fácilmente a su alcance la victoria militar definitiva contra sus enemigos, ni tampoco el control de la principal zona petrolífera yemení, aunque sí ha logrado hacerse con Al Hudaydah, el segundo puerto del país. Cabe pensar, al mismo tiempo, que con su dimisión traten de provocar un replanteamiento de Ansarullah en su ofensiva –prefiriendo compartir el poder, antes de tener que asumir directamente la carga de una agenda nacional tan problemática– y hasta una intervención internacional, algo absolutamente improbable.

Hoy, cuando todo lo malo es posible en Yemen, no hay que descartar que Saleh vuelva a emerger como nuevo mandatario. No en vano ha estado cortejando a los huzíes durante estos últimos tiempos, con los que comparte la pertenencia a la poderosa confederación tribal Al Hashid, y mantiene la jefatura del partido mayoritario en el actual parlamento; el mismo que, si confirma la dimisión de Hadi, nombraría automáticamente a su portavoz, Yahya Ali al Raei (fiel aliado de Saleh) como ocasional presidente del país. Un paso más y Saleh (o algún otro) se encargará de demostrar que en Yemen nunca ha habido primavera.

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*Jesús A. Núñez Villaverde – Codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)