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En nombre de Dios…

Sería indispensable relanzar la Alianza de las Civilizaciones que la ONU puso en marcha en 2007

Fundamental la afirmación de democracia y tolerancia en las calles de París y otras ciudades el domingo pasado. No caer en la tentación de satanizar al islam o de acentuar las brechas ya existentes, sino construir una respuesta unitaria en rechazo al terrorismo, es un mensaje central. En paralelo, necesarios anuncios de afinamiento de las medidas preventivas de seguridad, incluida la amenaza del ciberterrorismo. Una y otra cosa, para garantizar la paz y la tranquilidad; no de “occidente contra el islam”, sino del mundo en su conjunto, islamistas incluidos.

En el mundo hay más de 1.600 millones de musulmanes y la mayoría abrumadora no tuvo ni tiene nada que ver con la matanza en Charlie Hebdo, Al Qaeda, el autodenominado Estado Islámico o el terrorismo. Por cierto, choca en occidente que un grupo extremista asesine en nombre de Alá lo que, sin duda, alimenta en algunos los prejuicios contra el islam y es usado por corrientes extremistas como el Pegida de Dresde. Pero como se ha dicho en este periódico, no se está ante una guerra religiosa global sino ante una cruda faceta del crónico conflicto entre totalitarismo y tolerancia. Que se ha presentado y presenta —con otros contenidos y matices— también al interior de occidente, nada ajeno a olas de intolerancia.

Quienes han optado por el violentismo extremista parapetándose en el islam no sólo son una ínfima minoría, sino que doctrinariamente obran en contradicción con el islam. Las bandas de Al Qaeda o EI no son en ese contexto, pues, una punta del iceberg de una inmensa corriente subterránea, sino una dantesca contradicción sustantiva con principios esenciales del islam. Hay en este aspecto tres aspectos claves a recordar.

Primero, en el islam, la misericordia y el perdón son dos conceptos fundamentales. La palabra rahma —o misericordia—, aparece 326 veces en el Corán; frente al arrepentimiento, Dios perdona y muestra misericordia.

Segundo, la tolerancia religiosa, como concepto, está en el Corán (2:256) en el que se dispone que “no hay coacción en la religión” y que “quien quiera creer, que crea, y quien quiera negarse a creer, que no crea” (18:29). Distante, pues, de la imposición con sangre de una fe.

Tercero, que hay muestras de la congruencia del islam con ciertos principios fundamentales del derecho internacional contemporáneo, incluidos los derechos humanos. Los dos países con la mayor población musulmana son democracias: Indonesia y la India. Encuestas recientes hechas en países musulmanes muestran un respaldo de 85%-95% a las democracias.

Simultáneamente, por cierto, no se puede negar que ciertas aproximaciones prevalecientes en algunas versiones de la cultura islámica sí afectan derechos fundamentales, particularmente los de la mujer. En los últimos lustros la mayoría de Estados musulmanes ha firmado la Declaración Islámica Universal de Derechos Humanos (1981) que busca ser una alternativa a la más amplia y protectora Declaración Universal de la ONU (1948). No es extraño, por eso, que en el informe del Foro Económico Mundial sobre la brecha entre géneros, de los diez países que se encuentran a la cola, nueve son de mayoría musulmana.

Estas brechas en algunos valores y las contradicciones existentes, sin embargo, no son sinónimo de terrorismo “contra occidente” ni son sus caldos de cultivo. Quienes hoy en día son las primeras y más numerosas víctimas del fanatismo terrorista viven en lugares como Siria o el África subsahariana; no son occidentales o cristianos sino principalmente pobladores locales, en su gran mayoría musulmanes.

Estrechar las vinculaciones entre todos los sectores —de occidente, medio oriente y oriente— contrarios al violentismo extremista es una prioridad histórica. En esa perspectiva, debe trabajarse activamente en una ruta de diálogo e interacción en la que temas divisivos —como algunos aspectos esenciales de los derechos humanos— sean también materia de un diálogo respetuoso. Convergencia dentro de la diversidad, pues, respetando particularidades culturales y percepciones de valores, como lo buscaba el programa Alianza de las Civilizaciones que la ONU puso en marcha en el 2007 —hoy languideciente— que sería indispensable que el secretario general relance ahora.