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TRIBUNA

De Crimea al Calafate

La Presidenta Fernández de Kirchner comprobó en carne propia que la infraestructura hospitalaria no funciona

Entre los múltiples méritos que supo desarrollar para mantener el favor de Catalina la Grande, el Mariscal Potemkin pasó a la historia por construir pueblos ficticios, que luego serían conocidos precisamente como “Aldeas Potemkin”. Los mismos se armaban y desarmaban ante el paso lejano del tren de la Emperatriz por poblaciones misérrimas de Crimea. Ella las creía idílicas e impecables.

Esta ingeniosa y perversa manera de fabricar una realidad engañosa, ha tenido en la historia política del mundo innumerables réplicas, que han llegado inclusive hasta el famoso Diario de Yrigoyen en Argentina; un cotidiano escrito para el presidente radical solo con buenas noticias. A medida que se alejan de la gente, los gobernantes y sus círculos áulicos necesitan erigir paredes con el afuera y entran en un círculo vicioso de fantasías autocomplacientes.

La moderna “Aldea Potemkin” son los medios de comunicación afines, que intentan crear realidades ficticias, filtrar noticias negativas y sobre todo aplaudir los logros de serviciales funcionarios. Esta metodología puede fracasar por varias razones que van desde el imparable internet, hasta algún evento que muestre crudamente una realidad indeseada. Esto le ha sucedido a la presidenta Cristina Fernandez de Kirchner, cuando necesitó recurrir a un servicio público de salud, en su propia provincia y para colmo de males recién inaugurado, a fin de obtener un diagnóstico por un simple esguince. Allí sufrió en carne propia la dolorosa realidad que sufren cotidianamente los ciudadanos comunes: la infraestructura hospitalaria no funciona.

Cristina Kirchner comprobó personalmente que Argentina es dos países. No solo dos países virtuales - el comunicado y el real- sino dos países divididos por las prestaciones públicas y sus resultados. Baste ver las estadísticas más elementales. La tasa de mortalidad materna en Jujuy casi decuplica a la de la Ciudad de Buenos Aires; la de mortalidad infantil de Chaco y Formosa doblan a la de Neuquén y Río Negro y triplican a las de Buenos Aires; el analfabetismo en Chaco y Misiones duplica el promedio nacional.

El 6% de los jóvenes no pobres abandonan la escuela secundaria, pero el 32% de los pobres hipoteca su vida dejando la educación antes de tiempo. Por ello es que el desempleo de los jóvenes pobres afecta al 35%, mientras que en los no pobres la cifra es del 5%. El 55% del 25% más pobre no tiene acceso a gas por red, pero solo el 4% del cuartil más rico carece de esta prestación. El 65% del cuartil más pobre no tiene acceso a cloacas, con sus consecuencias nefastas sobre la salud.

Cristina Kirchner comprobó personalmente que Argentina es dos países

Estas cifras no comparan solo extremos geográficos, sino que se dan al pasar una avenida, como sucede entre la ciudad de Buenos Aires y el Conurbano bonaerense, el cual concentra la más profunda pobreza en densidad y cantidad. Es por esa razón que los ciudadanos se desplazan buscando mejores prestaciones, si cuentan con los medios, tal como lo hizo la presidenta acudiendo al avión presidencial para trasladarse a una clínica privada en la Capital Federal.

Los países que han logrado reducir sustancialmente la pobreza y la inequidad, lo han hecho por la combinación de políticas económicas estables, buenas redes de protección social y, sobre todo, bienes públicos de calidad, que son la mejor contribución que el Estado puede realizar a la sociedad. Una parte sustancial del presupuesto y la acción pública deberían utilizarse para compensar diferencias de todo tipo que afectan al bienestar de las personas, asegurando que los niveles de calidad sean iguales en todos los espacios.

En el caso de Argentina, estas carencias son especialmente graves si consideramos que la absorción de recursos provinciales por parte del Estado central ha alcanzado niveles record. Si el sistema funcionase adecuadamente, el Gobierno federal debería redistribuirlos en función de objetivos estratégicos de equidad y desarrollo, agregándole además un fuerte componente de calidad. Capacitación de recursos humanos, estándares de atención y equipamiento deben ser iguales en cada rincón de un país que se dice sensible y progresista. Y, obviamente, sin corrupción, que es una manera perversa de perjudicar a quienes no tienen voz para mostrar que lo que se proclama nunca se realizó ni en cantidad ni en calidad.

El episodio de Santa Cruz pasará al bolsón de las anécdotas que muestran como “la única verdad es la realidad”, apotegma peronista que intenta ser doblegado -infructuosamente- por billones de pesos de inversión publicitaria oficialista.

Pero debe servir para que los partidos que pretenden llegar al poder en este nuevo año definan una agenda estratégica que con el máximo rigor conceptual y operativo resuelva el drama de la inequidad.

Si además se evalúan con seriedad los resultados de las políticas, y se hacen públicos regularmente, acabaremos con los émulos de Potemkin, aquellos que le hacen flaco favor a la democracia y sobre todo a los más pobres.

Eduardo Amadeo es miembro del Club Político Argentino. Twitter @eduardoamadeo

 

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