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La censura en Egipto también afecta a los medios afines al régimen

Secuestro de ediciones de periódicos y emisiones televisivas cortadas abruptamente muestran cómo avanza el acoso a la prensa, que se inició con el golpe de Estado de 2013

Protesta ante la Embajada egipcia en Nairobi en febrero por el encarcelamiento de periodistas de Al Yazira.
Protesta ante la Embajada egipcia en Nairobi en febrero por el encarcelamiento de periodistas de Al Yazira. AP

La censura en Egipto ya no afecta solo a los medios opositores, prácticamente todos clausurados, sino incluso también a los fervientes seguidores del presidente Abdelfatá al Sisi, como el popular presentador de televisión Wael al Ibrashy. Recientemente, la señal de su programa A las 10 sufrió un corte súbito mientras ofrecía un vídeo crítico con las autoridades por su reacción a un incendio en la ciudad de Mahalla (al norte de El Cairo). El presentador ha declarado que ya había sido amenazado de sanción tras el programa anterior, en el que trató el caso de una mujer que dio a luz frente a la puerta de un hospital al no haber sido admitida en el centro. La noticia desató una gran indignación popular y circuló como la pólvora por las redes sociales.

Incluso tras el polémico corte, Al Ibrashy se mantiene firme en su apoyo al régimen: “La suspensión de mi programa por presiones de algunos ministros no afectará mi convicción… en el proyecto nacional del presidente Al Sisi”.

Su caso no es único, lo que sugiere un nuevo recorte en el margen de maniobra de la prensa. El pasado 1 de octubre, la primera edición del diario privado más vendido, Al-Masry al-Youm, fue secuestrada por incluir una entrevista con el exespía Refaat Jibril sin previo permiso de los servicios de inteligencia.

A menudo, el primer obstáculo a la libertad de expresión es la autocensura. Tras un sangriento atentado en el Sinaí, 17 directores de periódicos egipcios se comprometieron a través de un comunicado conjunto a no criticar a las instituciones del Estado para no perjudicar la lucha antiterrorista. Más de 300 periodistas egipcios respondieron unos días después con una declaración en la que denunciaban la “rendición voluntaria” de la labor de informar a la opinión pública que suponía la posición de los responsables de los medios.

En Egipto, la campaña de hostigamiento contra la libertad informativa se inició inmediatamente después del golpe de Estado de julio de 2013 que derrocó al islamista Mohamed Morsi, primer presidente electo del país. Al menos una decena de televisiones, la mayoría de carácter religioso o proislamistas, fueron cerradas y decenas de periodistas arrestados. El caso que adquirió mayor notoriedad internacional fue el juicio y condena a largas penas de cárcel a tres reporteros de la cadena en inglés de la televisión Al Yazira, uno de ellos de nacionalidad australiana. Precisamente, en referencia a este caso, el presidente Al Sisi declaró el lunes que los reporteros extranjeros “que se pasan de la raya” deberían ser deportados y no encarcelados. Sin embargo, explicó que mientras haya recursos judiciales en vigor, no puede conceder un perdón presidencial.

La persecución de los reporteros se produce a pesar de la aprobación en enero de una Constitución que protege, en teoría, la libertad de expresión. “Los asaltos a los periodistas van a más como consecuencia de una campaña organizada para demonizar los medios independientes y críticos”, sostiene Sherif Mansur, responsable del Comité para la Protección de Periodistas para Oriente Próximo.

La falta de libertad es aún más flagrante en los medios públicos, mayoritarios en la prensa escrita. “Hemos vuelto al periodo prerrevolucionario. Los reporteros leen atentamente los discursos de Al Sisi, y se limitan a seguir la línea oficial. Hay mucha autocensura”, se lamenta Jaled Dawud, reportero de un semanario en inglés vinculado al diario Al Ahram. Considerado el rotativo de cabecera durante décadas, Al Ahram tuvo la semana pasada un comportamiento bochornoso, pues citó un artículo de The New York Times tergiversándolo para que pareciera que era elogioso con el rais Al Sisi. Tras destaparse el escándalo, el periódico se disculpó en su versión online en inglés, pero en su versión árabe atacó ferozmente al rotativo neoyorquino. No solo los Hermanos Musulmanes utilizan dos discursos, uno de consumo doméstico y otro internacional.

“La situación es peor que en la era Mubarak”, concluye Mansur basándose en las cifras que maneja su organización. Mientras en 2010 sólo había un periodista encarcelado, la cifra asciende ahora a una docena. Además, las líneas rojas se han ampliado notablemente. Antes, solo estaban vetadas las críticas personales dirigidas al jefe de Estado. En cambio, a Al Ibrashy no le han dejado censurar ni tan siquiera a un ministro.