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La extravagante diplomacia de Pyongyang

Miles de norcoreanos asisten a una velada de lucha libre organizada por un diputado japonés en la que participan deportistas norteamericanos

Uno de los luchadores extranjeros abandona el cuadrilátero tras la exhibición.
Uno de los luchadores extranjeros abandona el cuadrilátero tras la exhibición. AP

Es prácticamente inédito que miles de norcoreanos alaben la victoria de un norteamericano. Son ciudadanos sometidos a una propaganda férrea en la que los suyos siempre ganan y que muestra a Estados Unidos como el origen de todos los males, como la potencia que quiere conquistar el mundo. Pero los que este sábado abarrotaron un estadio de Pyongyang aplaudieron con ganas cuando dos luchadores estadounidenses dejaron KO en el ring a dos japoneses. Corea del Norte, el país más aislado del mundo, ha retomado la diplomacia del deporte con una elección extravagante: una doble velada de lucha libre que combinó espectáculo, deporte y diplomacia.

El evento deportivo coincide con un cierto deshielo en la tensa relación entre Corea del Norte y Japón. Y fue sin duda una gran ocasión de atraer a los turistas y las divisas que con tantas ansias busca el régimen.

El espectáculo se celebró en el estadio Ryugyong, el mismo que el pasado enero acogió el anterior experimento norcoreano de diplomacia deportiva: el partido de baloncesto de Dennis Rodman al frente de un equipo de veteranos de la NBA. En aquella ocasión el líder del régimen, Kim Jong-un, estuvo presente. El combate fue un festival de falsos golpes y falsas caídas, muy espectacular. Algo nunca visto en Pyongyang.

Varios norcoreanos presencian la exhibición deportiva. ampliar foto
Varios norcoreanos presencian la exhibición deportiva. AP

La velada se celebraba con un ojo puesto en Pyongyang y el otro en Tokio. El programa nuclear y las graves violaciones de los derechos humanos han convertido a Corea del Norte en un paria internacional. Pero en el caso de Japón hay un contencioso añadido: los secuestros de ciudadanos japoneses en los años setenta y ochenta con el propósito de que enseñaran el idioma y las costumbres a los espías norcoreanos. Cinco de las víctimas fueron liberadas en 2002. Pero otra docena sigue en paradero desconocido. Entre ellos hay una adolescente, una camarera e incluso dos universitarios desaparecidos en Madrid en mayo de 1980.

Las negociaciones bilaterales para resolver el asunto avanzaron hace varias semanas, cuando las autoridades norcoreanas abrieron una nueva investigación oficial, cuyos resultados tienen previsto anunciar la segunda semana de septiembre. A cambio, Japón flexibilizó algunas sanciones. Y entonces entró en escena otro de los personajes extravagantes de la velada de anoche. Kanji Inoki, un exprofesional de la lucha libre con estrechas relaciones con Pyongyang y miembro del Parlamento japonés, es el promotor del acontecimiento. “Creo que este evento contribuye a la paz. Agradezco al gran líder Kim Jong-un que lo haya hecho posible”, dijo en su discurso este hombre de mentón prominente que siempre luce una bufanda roja. El todopoderoso Kim Jong-un —al que todos se refieren en Pyongyang como “el mariscal”— no asistió al combate. Inoki, que en 1976 protagonizó un duelo peculiar con Mohammed Alí en Tokio, siguió la velada desde el palco.

Dinastía comunista

Kim Jong-un asumió la jefatura del Estado en diciembre de 2011, a la muerte de su padre.

Kim Jong-il, fallecido a los 70 años, también heredó el poder tras la muerte de su padre, en 1994. Sus primeros años al frente del régimen estuvieron marcados por una hambruna que mató a unas 800.000 personas.

Kim Jong-sung fundó en 1948 Corea del Norte y la dinastía gobernante. Creó un régimen basado en una combinación de estalinismo y nacionalismo.

La gran figura sobre el ring (20 luchadores, incluidas cuatro mujeres que generaron muchos comentarios) fue Bob Sapp, La Bestia, una mole de dos metros y 145 kilos que jugó en la Liga Profesional de Fútbol americana y se gana la vida con espectáculos similares en Japón. Él fue uno de los dos estadounidenses aplaudidos. También resultaron pintorescas la entrada triunfal de un luchador francés de nariz torcida acompañado de los acordes de los Carmina Burana y la de un japonés que vive en México con la máscara típica de los luchadores mexicanos y cubierto con un sombrero charro.

Desde las gradas observaban decenas de turistas extranjeros atraídos por el misterio de uno de los países más herméticos del mundo y llegados gracias al lanzamiento de unos paquetes vacacionales de unos pocos días, decenas de periodistas extranjeros (sobre todo japoneses) y unos 20.000 norcoreanos. Los locales eran fácilmente reconocibles porque todos, absolutamente todos, lucían una insignia con un retrato del abuelo o del padre, ambos fallecidos, del actual líder de la dinastía Kim en la solapa izquierda. Todos en Corea del Norte la llevan. Obviamente, ninguno de los asistentes locales al combate pagó los entre 75 y 150 euros que pagaron por entrar a la velada los espectadores foráneos.

El embajador de Brasil en Pyongyang, Roberto Colin, explicó en los pasillos durante el intermedio que este evento —pomposamente bautizado como Juegos Internacionales de Lucha Libre Profesional de Pyongyang— es “una oportunidad excepcional” para el país porque “muestra una imagen distinta, una imagen simpática, tan distinta de la habitual y porque es una ventana al mundo, para atraer gente”. Colin, el único latinoamericano acreditado ante las autoridades norcoreanas junto a su colega de Cuba, dijo confiar en la diplomacia del deporte y explicó que negocia un intercambio deportivo de futbolistas aficionados y de entrenadores.

Dos de las luchadoras que participaron en la velada, sobre el cuadrilátero. ampliar foto
Dos de las luchadoras que participaron en la velada, sobre el cuadrilátero. AP

El actual líder del único régimen comunista hereditario del mundo se ha afanado desde que asumió el cargo, a finales de 2011, en ofrecer una nueva imagen, más moderna, del país. Además de la velada de anoche, ha construido una estación de esquí, un parque acuático y un nuevo museo que conmemora la guerra contra EE UU (1950-1953). Aunque aquella contienda acabó en tablas (tras tres años de combates hubo un armisticio con la línea fronteriza fijada en el paralelo 38), el museo se denomina grandiosamente Museo de la Victoria en la Guerra de Liberación de la Patria. Lo preside un descomunal retrato de un Kim Jong-sung asombrosamente parecido a los 41 años a su nieto, El mariscal, que ronda ahora la treintena.

La estrella de la velada, Sapp, se mostró extremadamente cauteloso en sus declaraciones. Pesaba sobre sus palabras el precedente de Rodman, al que desde organizaciones de defensa de los derechos humanos hasta el Congreso estadounidense acusaron de prestarse a la propaganda. La Bestia alabó al llegar el aire puro, el escaso tráfico de Pyongyang y que no hay obesos. Y anunció que había dejado su ordenador y todos sus cachivaches electrónicos en Japón. En Corea del Norte una bicicleta todavía es un lujo; la desnutrición, un problema crónico; los teléfonos extranjeros no funcionan y son contadísimos los autorizados a usar Internet.

El tercer norteamericano participó en el último asalto de la noche. Perdió. Aquello no era una competición de verdad. Era puro espectáculo. No hubo medallas ni premios, pero esos aplausos finales se los llevó su adversario, un japonés.