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Las milicias imponen el terror en Irak

Una investigación acusa a grupos chiíes de la ejecución de 255 presos suníes

Voluntarios de las milicias de Hezbolá Irak, alistados para combatir al Estado Islámico, el pasado 6 de julio en Bagdad.  Reuters
Voluntarios de las milicias de Hezbolá Irak, alistados para combatir al Estado Islámico, el pasado 6 de julio en Bagdad. / Reuters

Asij Abubaker enfoca a los invitados con el iPhone y dispara. Lo hace una vez, dos veces, tres; también graba la secuencia a intervalos, mientras cuenta su historia y la representa de pie hasta el detalle más escabroso.

La historia de este abogado de 42 años, licenciado por la Universidad de Bagdad, casa sin duda con el relato más reciente de Irak. Fue detenido por los servicios de inteligencia de Sadam Husein en el año 1997. Sufrió torturas y pasó una larga pena en un cuchitril de algo más de dos metros de largo y uno de ancho. Querían ejecutarle, pero la amnistía de 2002 le abrió el cerrojo de la prisión.

Y todo por ser miembro de Hezbolá Irak —no confundir con el partido-milicia libanés de mismo nombre—. Hoy es uno de los dirigentes de esta milicia chií, una de las más combativas en la ofensiva contra los yihadistas del Estado Islámico (EI). Suena el teléfono. En 10 minutos, Abubaker se dirige a la línea del frente en Latifiya, al suroeste de la capital iraquí.

La fetua (edicto) del gran ayatolá Alí al Sistani, origen de la movilización del pueblo iraquí ante la embestida del EI en el norte y este del país, ha desempolvado las armas de las milicias chiíes, que tantas bajas ocasionaron a las tropas de Estados Unidos, pero que desde el repliegue norteamericano, en 2011, trataban de relajar su perfil guerrero. “Tenemos un ala militar y otra política”, afirma Abubaker, “contamos con diputados en el Parlamento”. Pero ahora, el uniforme, la pistola al cincho y el Kaláshnikov, apoyado sobre la culata en un rincón, dicen que es tiempo de dar batalla. “Somos fuerzas de apoyo para el Ejército de Irak”, explica el dirigente de Hezbolá, con un retrato del gran ayatolá sobre la cabeza, “nuestros combatientes no pueden volverse atrás”.

De eso tienen fama, de lanzarse a la primera línea del frente sin miedo a quedarse por el camino. Y con orgullo: “Tenemos más armas y hombres que el Ejército e iniciamos la ofensiva antes que ellos”, apunta Abubaker. Hezbolá Irak, que también ha entrado en territorio sirio para la defensa de la mezquita Saida Zeinab, en Damasco, tiene hombres en las provincias iraquíes de Anbar, Saladino y Babilonia. Pero hay más milicias chiíes en la vanguardia de los combates: los batallones de Asaib Ahl al Haq, las saderistas brigadas de la Paz, las de Abu Fadil, Bader…

Abubaker muestra unas fotografías guardadas en su teléfono: una garrafa para hacer explosivos, un mortero, una trinchera en medio del campo. Son las imágenes que se trae de Latifiya, foco de radicales suníes vinculados a Al Qaeda con los que el Ejército no había osado a meterse. ¿Y pidieron que lo hiciera Hezbolá? “Sí, nos lo pidieron tras la fetua de Al Sistani y lo hicimos, pero aún quedan terroristas”. Abubaker prefiere reservarse el número de milicianos con el que cuenta, pero sí admite que Irán es de gran influencia y que han intercambiado hombres con el partido-milicia libanés también llamado Hezbolá.

La influencia iraní, presente también en brigadas como Bader o Asaib Ahl al Haq, no parece sin embargo buena para todos. Ameer al Kinani pertenece al bloque Ahrar, formación fiel al clérigo Múqtada al Sáder y reacia a que el primer ministro saliente, Nuri al Maliki, acceda a un tercer mandato. “Lo primero que Maliki hizo tras la marcha de EE UU”, señala Al Kinani, desde el parapetado cuartel general del bloque saderista, “fue establecer milicias afines, que ahora dirigen la batalla”. ¿Incomoda a Washington? “A EE UU le preocupa ver que Maliki ayuda a milicias como Asaib Ahl al Haq o Bader”, responde, “porque tienen influencias iraníes”. Y eso, dice este letrado de formación, ha frenado el envío de apoyo militar. “Cuando EE UU suministra armas quiere dárselas a un Ejército regular, no a milicias vinculadas a Irán”.

Voluntarios cargados con bolsas de ropa y dispuestos para la batalla bordean la barrera de las oficinas en Bagdad de la organización Bader, nacida en Irán y presente en el país desde 2003, año de la intervención militar estadounidense. Hasan al Saadi, uno de sus dirigentes, admite que colaboran con el Ejército iraquí. “Esta mañana llegaron unos 600 voluntarios para sumarse a la ofensiva contra el EI”, relata Al Saadi, “no podemos recibir a más”. ¿Y qué hacen con ellos? “De aquí los mandamos al Ejército”, responde mientras mueve las cuentas del rosario, “para que reciban entrenamiento”.

Las milicias chiíes tienen presencia al norte, sur, este y oeste de Bagdad, pero cubren también el perímetro y patrullan en el interior de la capital. Ciudadanos iraquíes han denunciado la persecución indiscriminada de suníes en algunos de estos barrios. Abubaker, dirigente de Hezbolá, admite que vigilan en Dora, Gazalie y Abu Ghraib, y que han practicado arrestos. “Podemos detener a ciudadanos y entregarlos a la policía”, apunta Abubaker. Las organizaciones proderechos humanos investigan ya las posibles abusos de estas brigadas. Human Rights Watch denunció precisamente ayer la ejecución en diferentes puntos del país de 255 prisioneros suníes a manos de fuerzas de seguridad y milicias iraquíes.

Yabar Asien es miembro de los batallones de Asaib Ahl al Haq. Se mezcla entre soldados del Ejército en un centro de recogida de alimentos del barrio de Shualé, en el noroeste de Bagdad. Habla con naturalidad y descaro de los combates en el área Ibrahim Bin Alí, a unos 25 kilómetros al este de la capital y a dos tan solo de los yihadistas del EI. Se le ocurre algo sobre la marcha: “¿Queréis venir hasta allí conmigo? Venga, venid”. Será en otra ocasión. La primera línea del frente es sin duda de los que no tienen por qué volver atrás.