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Los hijos de Al Qaeda se rebelan

La ofensiva iraquí del EIIL representa un yihadismo más local

La red terrorista pierde peso ante las amenazas de grupos regionales como Boko Haram

Un fotograma de un vídeo propagandístico del EIIL.
Un fotograma de un vídeo propagandístico del EIIL. AFP

Barbudo, delgado, con la tez de color oliva y pómulos marcados. El joven, un exmilitar holandés de origen turco, responde al nombre de Yilmaz. Se pone frente a la cámara desde algún punto del territorio sirio. “Vine a Siria sólo por Siria”, dice en una entrevista con un canal holandés. No viajó, según defiende en un magnífico inglés, para “aprender a hacer bombas” y volver a su tierra a atentar. “No todo el que cruza la frontera”, prosigue, “pasa a formar parte de Al Qaeda directamente”. Yilmaz, que, por lo que cuenta, simpatiza o milita en el Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) es uno de los combatientes extranjeros que alimentan el yihadismo con nuevo campo de batalla en Irak. Un yihadismo, sin duda exitoso desde la antigua Mesopotamia hasta el África occidental, que ya no vocea a los cuatro vientos su pertenencia a Al Qaeda.

Yilmaz es uno de los nombres citados en un informe reciente del think tank estadounidense The Soufan Group. La atracción del EIIL, con tierra conquistada en Siria e Irak, y el empuje de otros grupos yihadistas tienen su traducción en cifras: según las estimaciones de este instituto, la cifra total de combatientes extranjeros llegados a Afganistán durante los primeros 10 años de guerra contra los soviéticos rondó los 10.000. Sólo en los tres primeros años de conflicto en Siria, 12.000 milicianos se unieron al frente. La mayor parte, bien por no hablar árabe, bien por la propaganda yihadista, cayeron en manos de grupos radicales en lugar de alistarse junto a los rebeldes sirios que se alzaron contra El Asad.

¿Por qué la llamada a la yihad del EIIL tiene tanto éxito? Es el paso del yihadismo global, el que predica Al Qaeda, al “yihadismo local”, el que pretende el EIIL —eso de “Siria y sólo Siria”, que decía Yilmaz—. Así lo entiende el analista paquistaní Ahmed Rashid, autor de Pakistán ante el abismo. “Al Qaeda está un poco anticuada”, admite Rashid, “se está quedando atrás; el EIIL va más lejos, son más extremistas”. Más radicales porque, según el escritor, persiguen a punta de pistola limpiar su tierra de ciudadanos chiíes y borrar la frontera que separa Irak y Siria para levantar su nuevo califato. “Al Qaeda”, dice Rashid en referencia a la red que todavía comanda Ayman al Zawahiri, “cree en los Estados, quiere que permanezcan”. Yihadistas, miembros de Al Qaeda o talibanes comparten ideas, quieren su califato, el imperio de la ley islámica, pero cada uno a su manera. “Los talibanes, por ejemplo”, apunta, “no quieren matar a todos los chiíes como el EIIL”.

La arremetida yihadista no empieza y acaba en el EIIL. “Hay muchos Estados y muchos campos de batalla, de tal modo que la derrota se hace más difícil”, concluye Rashid. Uno de esos teatros del radicalismo religioso está en Nigeria. Allí, la secta islamista Boko Haram, responsable de decenas de muertes solo este año, mantiene desde hace más de dos meses a más de 200 niñas secuestradas. “El peso del EIIL es aún mucho mayor que el de Boko Haram”, afirma Charlie Cooper, analista de la Quilliam Foundation. “La secta está muy centrada en golpear al Estado nigeriano”. Cooper va más allá al valorar al EIIL: “La presión que ejercen sobre la comunidad internacional es incluso mayor que la de Al Qaeda”.

Boko Haram, que campa entre Nigeria, Camerún y Níger, también tiene sus lazos con Al Qaeda, en este caso con su rama magrebí (AQMI). Su agenda pasa por imponer la ley islámica en una suerte de califato en el noreste. Su fuerza, según relata el escritor nigeriano experto en historia militar, Max Siollum, radica en lo recaudado por robos y raptos, y en las armas que sacan de enfrentamientos con el Ejército y del pedazo de pastel que les llegó del famoso arsenal perdido de Gadafi.

“Boko Haram ha tenido también relación con [el grupo somalí] Al Shabab y los radicales de Malí”, añade Bill Roggio, analista de la publicación de inteligencia militar The Long War Journal. También las armas desaparecidas en Libia tras la caída de Gadafi y la huida de mercenarios de aquel conflicto nutrieron en el norte de Malí la arremetida de grupos disidentes de AQMI, y de los rebeldes tuareg para hacerse con un pedazo de territorio a principios de 2012. Francia logró evitarlo. En diciembre de aquel año, uno de los líderes de la revuelta, Mojtar Belmojtar, rompió con AQMI por discrepancias.

“Lo que vemos con el EIIL en Irak”, señala Roggio, “es lo mismo que vimos en Malí, Yemen, Pakistán o Somalia”. Los jóvenes de Al Shabab, organización adherida también a la fe de Al Qaeda, mantienen el control de porciones del sur de Somalia, pero están lejos de la capital, Mogadiscio. El líder de Al Shabab, Abu Zubair, ha protagonizado una violenta purga contra algunos disidentes y ha contravenido las órdenes de Al Qaeda.

La fragmentación de los yihadistas y la inclinación más local y regional de su violencia, reflexiona en un artículo reciente Scott Stewart, experto del think tank de análisis internacional Stratfor, tiene otra lectura: “No están interesados en malgastar sus recursos en una guerra transnacional”. Una afrenta a la yihad global de Al Qaeda.