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El auge de los partidos minoritarios devolvería al Parlamento Europeo a 1984

Si se confirman los sondeos, la Eurocámara será la más fragmentada de su historia reciente

Los expertos insisten en diferenciar entre eurocríticos, euroescépticos y eurófobos

Una mujer entrega su papeleta para las elecciones europeas en Polonia. Ampliar foto
Una mujer entrega su papeleta para las elecciones europeas en Polonia. EFE

En un continente caracterizado por el poder omnímodo de los dos grupos políticos mayoritarios –conservadores y socialdemócratas– en estrecha colaboración con liberales y verdes, la peor crisis económica desde la II Guerra Mundial puede dar al traste con uno de los paradigmas de la construcción europea de las tres últimas décadas. Si se cumplen las proyecciones que arrojan los sondeos, las cuatro fuerzas políticas mayoritarias reducirán su peso en la Eurocámara hasta niveles desconocidos desde hace tres décadas y dejarán un panorama parlamentario desconocido para varias generaciones de europeos. En todas las citas desde 1984 —cuando España aún no había entrado en la Unión Europea (UE)— la suma de populares, socialistas, liberales y ecologistas siempre se había mantenido por encima del umbral del 80%, lo que les ha permitido sostener sobre sus hombros, mediante un mecanismo de pactos puntuales pero sostenidos, el poder de la construcción europea. Hoy, ni siquiera alcanzarían el 70%.

¿Hay posibilidades reales de que esta atomización suponga un cambio en el equilibrio político europeo? Albert Aixalà, investigador en política europea de la Universidad Autónoma de Barcelona, no cree que los partidos hegemónicos vayan a perder su dominio en la cita del próximo día 25 pero sí ve probable un “moderado” giro a la izquierda en la gobernabilidad del proyecto común por la recuperación de los partidos socialdemócratas de varios países europeos y el auge de los partidos a su izquierda. “Dos tercios de los eurodiputados seguirán siendo europeístas pero sí hay una corriente de fondo de auge de opciones políticas opuestas a la actual idea de Europa”, apunta.

Dentro del cajón de sastre de los minoritarios que capitalizan la desafección con el sistema, Aixalà prefiere diferenciar entre aquellos que quieren otra UE —los “eurocríticos”, en los que incluye a las formaciones que concurren bajo el paraguas de La Izquierda y a algunos sectores de Los Verdes—; aquellos que quieren menos UE — los “euroescépticos”, en los que confluyen desde los tories hasta los berlusconianos de Forza Italia en torno a las siglas ECR— y aquellos que directamente no quieren UE —los “eurófobos”, con los nacionalistas británicos de UKIP y la ultraderecha francesa del Frente Nacional a la cabeza—. “Es un error frecuente meterlos en el mismo caso; ni mucho menos son iguales”, subraya.

Detrás de su auge, este experto en asuntos comunitarios identifica la confluencia de dos tendencias: el desapego estructural con el rumbo de la UE que se observa desde hace años en los países del norte —ya presente en las elecciones de 2009— y el alejamiento coyuntural de la ciudadanía a los grandes partidos como producto de la crisis económica que azota, con especial virulencia, al arco mediterráneo. Josep M. Colomer, profesor de investigación del CSIC y docente de la Universidad de Georgetown, apunta a la difuminación de las fronteras ideológicas entre conservadores y socialdemócratas como eje de esta caída sin precedentes en sus expectativas electorales. “Los Gobiernos de coalición en muchos países europeos —entre ellos Alemania, Italia y Grecia— han terminado de esfumar las diferencias entre la política económica y social de conservadores y socialdemócratas”, sostiene. Colomer coincide con la tesis de que la gran mayoría de decisiones trascendentales para la UE se han tomado “siempre” mediante amplios acuerdos que incluyen a conservadores, socialdemócratas y liberales. Las cifras les dan la razón: la pasada legislatura, los tres grandes partidos del Parlamento Europeo unieron sus fuerzas en seis de cada 10 votaciones, mientras que el voto de socialdemócratas y populares coincidió en el 73% de los plenos. “Pese a su descenso, les será más fácil tomar decisiones en común porque están más cerca en sus posiciones en temas económicos y sociales”, opina.

Sonia Piedrafita, investigadora del think tank comunitario CEPS, ve “importantes riesgos” si uno de cada cinco eurodiputados del nuevo Parlamento es abiertamente crítico con la integración europea. “Introducirán mucho ruido, harán las cosas más difíciles y será una pena para un órgano cuya misión principal es representar la legitimidad democrática de la ciudadanía europea”, advierte. “Pero no será el fin del mundo”.

Resuelta la incógnita de la gobernabilidad, queda por saber cuál será la respuesta de los dos grandes partidos. “Si quieren sacar adelante los proyectos tendrán que apelar a la cohesión interna y crear mayores lazos de unión, sobre todo si los grupos eurófobos alcanzan un acuerdo para formar grupo”, añade Piedrafita. “Será interesante ver cómo reaccionan los conservadores a la pérdida de votos por su derecha”, reflexiona Aixalà. Los expertos consultados también coinciden en señalar que la fragmentación electoral no se produce únicamente en el conjunto de la UE y citan dos casos paradigmáticos del viraje electoral de norte y sur de la UE: Alemania, donde la sentencia del Tribunal Constitucional que liquida el suelo electoral hace posible que un partido euroescéptico —AFD— y otro de extrema derecha —NPD— consigan representación en la Eurocámara (algo que no ocurría desde 1984) y Grecia, donde Amanecer Dorado relanza a la derecha más radical después de tres décadas sin representación en el hemiciclo europeo. “Si en España no ganan vuelo no es por falta de demanda (de público), sino por falta de oferta electoral”, concluye Aixalà con tono pesimista.