Columna
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Dura Ucrania

El país se dejó arrebatar Crimea y después ha dejado extender la rebelión hacia la guerra civil

Soldados ucranios toman posiciones en un control de Slaviansk.
Soldados ucranios toman posiciones en un control de Slaviansk. ROMAN PILIPEY (EFE)

¡Qué tozudos son los hechos! Cuanto más se tarda en reconocerlos, peor. Nada más tóxico que confundirlos con opiniones y deseos, sentimientos o razón moral. En Ucrania son claros y duros. El Gobierno es extremadamente débil e incapaz, su legitimidad de origen, discutible y discutida, y la legitimidad de ejercicio, nula. Primero se dejó arrebatar Crimea en un plisplás y después ha dejado extender la rebelión en una marcha cada vez más inexorable hacia la guerra civil y la división del país.

El caos se traduce en deserciones e indisciplina en la policía e incluso en el Ejército, que no consiguen mantener el orden público ni evitar la ocupación de edificios oficiales. Las filas gubernamentales, incluido el Ejecutivo, se hallan trufadas por la extrema derecha e infiltradas por provocadores. La simetría entre las escuadras violentas y golpistas de uno y otro lado es cada vez más evidente e inquietante, con independencia de las etiquetas que utilizan para descalificarse unos a otros.

El Gobierno de Kiev, de dudosa legitimidad de origen, no se ha legitimado en el ejercicio del poder

Ucrania es lo más parecido a un Estado fallido que hay ahora mismo dentro de Europa, con el añadido de que se halla fuera del perímetro defensivo de la Alianza Atlántica y en una situación de desequilibrio abismal de fuerzas respecto a Rusia; en la práctica, un territorio abierto y a disposición de Moscú. En cualquier momento, Rusia puede zamparse las provincias secesionistas hasta dejar reducido el territorio bajo soberanía de Kiev a la porción congrua, sin que nadie vaya a mover ni una pestaña para impedirlo, fuera de una oleada más de sanciones de consecuencias tan poco efectivas en los hechos como exageradas en su presentación pública. En esta correlación de fuerzas tan adversa para Kiev, pesa la inhibición de la población de las regiones secesionistas, que no se decantan ni por los grupos rebeldes rusófilos ni por la revuelta proeuropea del Maidán.

Nadie quiere en Europa morir por Ucrania. Nadie quiere ver a los soldados europeos arriesgando sus vidas por un país que a estas alturas no sabe ni siquiera si quiere existir. Ni tan solo los militares ucranios quisieron morir por Crimea cuando fue invadida desde dentro por soldados rusos enmascarados y sin insignias. Solo los fanáticos de ambos bandos, y los profesionales, que también los hay, sobre todo en el moscovita, están dispuestos a morir y sobre todo a matar por la causa que sea.

Putin lo sabe muy bien, mejor que sus interlocutores europeos. La asimetría entre Bruselas y Moscú, incluso de cara a una negociación, es escalofriante: de un lado, un agente fragmentado y contradictorio, casi con tantas posiciones como Estados conforman la UE, sin claridad de objetivos ni apetito alguno de acción, que no cuenta con el poder duro (hard power) ni siquiera el de las herramientas más elementales que son la información y el espionaje; y enfrente, un autócrata arrogante y seguro, exjefe de la KGB, al mando de una fuerza militar centralizada y disciplinada y de unos excelentes servicios secretos, perfectamente preparados para acciones encubiertas, esmerados en la técnica de la provocación y cada vez más modernizados en la propaganda y el contraespionaje.

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Sobre la firma

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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