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Italia desclasifica la documentación relativa a los grandes atentados

“Es nuestro deber hacia la ciudadanía y las víctimas”, dice el primer ministro, Matteo Renzi

La estación de tren de Bolonia, el 2 de agosto de 1980, tras la explosión que mató a 85 personas
La estación de tren de Bolonia, el 2 de agosto de 1980, tras la explosión que mató a 85 personas

El misterio y su cómplice la sospecha reinan todavía sobre una etapa muy negra y muy reciente de la historia de Italia. Aún no se sabe exactamente qué sucedió, quién estuvo detrás o incluso quiénes desde las cloacas o los despachos del Estado permitieron atentados tan terribles como el de la Piazza Fontana de Milán en 1969 —17 personas muertas y 88 heridas—, la matanza de la estación de Bolonia en 1980 —85 muertos y 200 heridos— o la llamada masacre de Ustica, el derribo, supuestamente por un misil, de un avión comercial que el 27 de junio de 1980 volaba de Bolonia a Palermo con 81 pasajeros a bordo. Los sucesivos Gobiernos italianos, al margen de su color político, se han venido resistiendo de forma sistemática a abrir sus archivos pese a los ruegos de los familiares de las víctimas. Matteo Renzi, sin embargo, está dispuesto a hacerlo. El nuevo primer ministro italiano firmó el martes una directiva para desclasificar toda la documentación referente a ocho grandes atentados cometidos en Italia desde 1969 a 1984.

Años de plomo

Piazza Fontana: El 12 de diciembre de 1969 un artefacto estalló en un banco de Milán. Causó 17 muertos y 88 heridos.

Gioia Tauro: El 22 de julio de 1970, una explosión provocó el descarrilamiento de un tren en Gioia Tauro (en el sur del país). Provocó 6 muertos y 70 heridos.

Peteano: El 31 de mayo de 1972, tres policías fallecieron en Peteano (noreste) tras la explosión de un Fiat 500.

Piazza della Loggia: El 28 de mayo de 1974, en la plaza de la Loggia de Brescia un artefacto estalló causando ocho muertos y 102 heridos.

Italicus: El 4 agosto de 1974 una explosión en el tren Italicus, en Bolonia. Causó 12 muertos y 48 heridos.

Estación de Bolonia: El 2 de agosto de 1980 una bomba explotó en la estación de trenes. Provocó 85 muertos y 200 heridos.

El Rapido 904: El 23 de diciembre de 1984, la explosión de un artefacto en un tren en Vernio (Toscana) causó 15 muertos y 267 heridos.

La explicación ofrecida por Renzi es bien sencilla: “Uno de los puntos determinantes de nuestra acción de Gobierno es precisamente el de la transparencia y la apertura. En esta dirección va la decisión de hoy. La considero nuestro deber hacia los ciudadanos y hacia los familiares de las víctimas de episodios que son todavía un punto oscuro en nuestra memoria común”. Lo que no parece tan sencillo, y a partir de ahora se empezará a conocer la razón, es comprender por qué ese empecinamiento de décadas por ocultar la verdad. La directiva firmada por Renzi dispone “la desclasificación de la documentación relativa a gravísimos hechos acontecidos en tres décadas y, específicamente, de los actos concernientes a los eventos de Piazza Fontana (1969), de Gioia Tauro (1970), de Peteano (1972), de la comisaría de policía de Milán (1973), de la Piazza della Logia de Brescia (1974), de Italicus (1974), de Ustica (1980), de la estación de Bolonia (1980) y del Rapido 904 (1984)”. Se trata en muchos de los casos de actos de terrorismo neofascista, pero se espera que la iniciativa se extienda próximamente a los grandes atentados de la Mafia de principios de los noventa. La orden deja claro que los documentos se pondrán a disposición “de los estudiosos, del mundo de la información y de todos los ciudadanos”.

No será, pese a todo, de un día para otro. Los documentos tendrán primero que ser enviados por los ministerios implicados —principalmente Asuntos Exteriores, Interior y Defensa— y por los distintos servicios de inteligencia al Archivo del Estado. La desclasificación se efectuará después en orden cronológico, empezando por los más antiguos, pero en cualquier caso dejando de lado el requisito de los 40 años de secreto que contempla la ley. Desde el Gobierno se advierte de que “quien se acerque a los archivos en busca de scoop o de noticias escandalosas quedarán desilusionados”. En la misma dirección se pronunció Ezio Mauro, el director de La Repubblica, el periódico que anticipó la noticia. “La pistola humeante no estará entre los documentos”, explica de forma gráfica, “los documentos no señalarán a los culpables, pero sí servirán para reconstruir tramas, complicidades y poner de manifiesto incongruencias y contradicciones”.

Lo que sí pone de manifiesto de inmediato es la confirmación de un cambio de rumbo. La “revolución” que Matteo Renzi quiere imprimir a la política italiana va más allá de medidas económicas más o menos eficaces —como las que, referentes al trabajo, tienen dividido al propio centroizquierda— o de promesas más o menos populistas, dictadas en una parte por su propio carácter y en otra por la necesidad de combatir en su propio terreno al emergente Movimiento 5 Estrellas (M5S) de Beppe Grillo y a Silvio Berlusconi. Se trata, sobre todo, de convencer a los italianos —escépticos con razón— de que tal vez sea posible otra forma de gobernar. El oscurantismo ha sido uno de los vicios más arraigados de La Casta, otro de sus grandes privilegios. La luz sobre las cuentas y sobre los secretos empieza a despojarla del blindaje.