Obsesionados con Irán

La rivalidad de Arabia Saudí con el país vecino, ambos con grandes reservas de petróleo, se remonta a los tiempos del Shah

“Este país está obsesionado con Irán”, confiaban fuentes diplomáticas occidentales durante una reciente visita de esta corresponsal a Riad.

La rivalidad de Arabia Saudí con su vecino de la otra orilla del golfo Pérsico, ambos con importantes reservas de petróleo, tiene raíces históricas y ya existía en tiempos del Shah. Pero se convirtió en obsesión tras la revolución de 1979 que alumbró la República Islámica. “Los Al Saud no quieren que les ocurra lo que al monarca iraní”, se repite desde entonces en todos los mentideros políticos del reino.

De aquel suceso (y de una simultánea revuelta en La Meca) arrancan algunas de las concesiones de la familia real a los islamistas wahabíes que mantienen a la población rehén de una retrógrada concepción del mundo que insiste en la segregación de hombres y mujeres, impide que éstas se emancipen como ciudadanas (la prohibición de que conduzcan es una más entre otras limitaciones) y difunde un islam intransigente. Esas actitudes retrógradas le han granjeado la denuncia unánime de las organizaciones de derechos internacionales.

Cuando hace unos años esta corresponsal entrevistó al rey Abdalá, el monarca, advertido de que entonces residía en Teherán, se dedicó a preguntar con genuina curiosidad cómo era la vida allí y, sobre todo, los iraníes. No es solo el temor a que EEUU desplace su interés hacia Irán, sino la convicción de que eso daría alas al régimen iraní para extender su influencia.

Los saudíes, mayoritariamente suníes, ven su mano en todas y cada una de las crisis que sacuden los países vecinos. Para ellos, el Gobierno iraquí de Nuri al Maliki, la oposición de Bahréin, los rebeldes Huthis de Yemen, el régimen sirio o el grupo Hezbolá libanés son meros peones de un imaginario arco chií que responden a una estrategia de su rival para controlar la región, y el mundo islámico.

Por ello, asegura el príncipe Mohamed Bin Nawaf, “Arabia Saudí no tiene más remedio que hacerse más relevante en los asuntos internacionales: más determinada que nunca a defender la estabilidad que nuestra región necesita desesperadamente”.

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Sin embargo, algunos observadores consideran que el actual enfado con EEUU trata más bien de encubrir el fracaso de las políticas saudíes, centradas en alentar el sectarismo. Thomas W. Lippman, del estadounidense Middle East Institute, estima que la negativa Riad a relacionarse con Al Maliki ha hecho a Irak más dependiente de Irán, “justo el resultado al que los saudíes dicen oponerse”. Del mismo modo, con el rechazo al sitio en el Consejo de Seguridad el año pasado, se han autoexcluido de un foro al que acusan de inacción en asuntos como Siria o Palestina y en el que podían haber hecho oír su voz.

La inquina con el régimen de El Asad tiene una doble vertiente. Además de sus vínculos con Irán y Hezbolá, el rey Abdalá sintió como una puñalada en la espalda el asesinato de Rafic Hariri, su hombre en Líbano, después de haber estado trabajando con Bachar para estabilizar ese país. El problema es que los esfuerzos de sus servicios secretos para desalojarle del poder han terminado por dar ventaja entre los opositores a los yihadistas próximos a Al Qaeda que quieren imponer la ley islámica en el país y extenderla luego a los vecinos.

“Estados Unidos y el Reino Unido han hecho demasiado poco para ayudar a los rebeldes sirios más moderados y laicos, dejándoles a su suerte frente a la máquina de matar de El Asad y los grupos islamistas radicales, mejor armados”, denunciaba el príncipe Turki al Faisal en la World Policy Conference celebrada a mediados del pasado diciembre en Mónaco.

Hay quien opina que han sido las peligrosas alianzas de Riad las que han llevado a esa situación. Debido a su falta de capacidad para proyectar fuerza (porque a pesar de su cuantiosa inversión en armamento siempre ha dependido de EE UU para su defensa), los saudíes han recurrido a milicias de dudosa ideología.

En cualquier caso, los analistas coinciden en que el Reino del Desierto tiene pocas alternativas. Incluso si, como sugiere el politólogo Jean-François Seznec en un artículo para el Ministerio de Exteriores noruego, Riad se tomara en serio la profesionalización de su Ejército y la formación de una fuerza militar disuasoria, le llevará tiempo lograrlo. Mientras tanto, el mayor riesgo es que siga alentando el sectarismo, un genio al que va a ser muy difícil volver a meter dentro de la botella.

Sobre la firma

Á. E.

Corresponsal para los países ribereños del golfo Pérsico, ahora desde Dubái y antes desde Teherán. Especializada en el mundo árabe e islámico. Ha escrito El tiempo de las mujeres, El Reino del Desierto y Días de Guerra. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense (Madrid) y Máster en Relaciones Internacionales por SAIS (Washington DC).

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