Mandela, el mejor vestido de la universidad

Un grupo de amigos del líder sudafricano se reúne en Johanesburgo para recordar los grandes momentos de su vida

Nelson Mandela, en una foto de 1961.
Nelson Mandela, en una foto de 1961.AP

La llegada del apartheid cortó de cuajo la carrera de Derecho de un joven Nelson Mandela, que dejó su medio rural para buscarse la vida en Johannesburgo. En 1943 se matriculó en la Universidad de Witwatersrand y seis años después fue expulsado sin conseguir el título. El Partido Nacional ganó unas elecciones en las que sólo los blancos tenían derecho al voto e instaló la segregación racial. También en la universidad, con escasos alumnos negros, indios o mestizos.

Ya entonces, Mandela no daba su brazo a torcer. “No sé de dónde sacaba el dinero pero siempre lo vi con bonitos trajes y zapatos brillantes”, recuerda su viejo amigo George Bizos, su abogado durante décadas y el que lo defendió en el llamado juicio de la traición que lo condenó a cadena perpetua. “Era el mejor vestido de la Universidad, alto y guapo”.

Corría 1948 y el mundo universitario estaba revuelto, decidiendo si había que aceptar sin rechistar las órdenes del Gobierno o resistir. Incluso desde el rectorado se pedía “no hacer mucho ruido para no enfadar a la policía” pero el estudiante Nelson “no quería permanecer en silencio”. Una de las primeras imágenes de Bizos es Mandela hablando en una de las muchas asambleas refiriéndose ya a una Sudáfrica multirracial y no segregada, hasta el punto que su intervención “impresionó a la audiencia sobre cómo explicó las condiciones en las que vivían los compatriotas negros y esto cambió muchas consciencias de los que le oyeron”.

Bizos era, junto a Ahmed Katharada, uno de sus mejores amigos. Ambos se encontraron en homenaje al viejo presidente fallecido hace una semana a los 95 años, en el mismo anfiteatro donde Bizos lo vio por primera vez a mediados de los 40. Kathy Katharada, también lo conoció en la facultad, cuando era sólo un estudiante de secundaria de las juventudes comunistas, y en seguida empezaron una relación no sólo de amistad sino de camaradería. Katharada ingresó en el Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés), del que Mandela fue uno de los líderes más destacados, ya que había constituido las juventudes del partido.

Por entonces, Mandela estaba casado con su primera esposa, Evelyn —que lo acabaría abandonando por su obsesión con la política— y tenía dos hijos. Nada le impedía centrarse en la lucha por la democracia de Sudáfrica, organizando reuniones secretas, animando a convocar huelgas o boicots a los autobuses o quemar los pases, las tarjetas raciales que el apartheid obligaba a llevar siempre a los ciudadanos de origen no europeo.

Y llegó el juicio por traición. Un centenar largo de miembros del legalizado ANC fueron juzgados durante años y Mandela aprovechó su último turno de palabra para su alegato de que estaba preparado para morir. Su amigo Katharada estaba también entre los acusados. Al final el juez dictó cadena perpetua, una sentencia que fue recibida con “alivio”, en palabras de Kathy,  ya que todos los procesados se veían ya condenados a la pena capital.

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Mandela siempre mantuvo que nunca se “disculparían” por sus acciones armadas contra el apartheid

“Ellos [Mandela y los otros acusados] siempre han creído que yo les salvé la vida. Y no fue así”, admitió el abogado, aún en activo en la defensa de los intereses de los mineros de Marikana a pesar de sus 85 años. La réplica se la dio Katharada: “Él nos envió a la cárcel”, saltó.

Según explicó el letrado, el Gobierno sudafricano se temió que si los sentenciaban a muerte las inversiones francesas, estadounidenses o británicas se resentirían, así que fueron esos intereses económicos los que cambiaron la suerte de los activistas, considerados terroristas por el régimen. Mandela siempre dijo que iba a dar legitimidad al tribunal, fuera cual fuera la sentencia y Bizos aseguró que aún hoy en día ni entendía ni compartía que los procesados hubieran aceptado morir ya que acordaron entre todos no apelar la sentencia. Eso sí, Mandela siempre mantuvo que nunca se “disculparían” por sus acciones armadas contra el apartheid y sostuvo que lo que habían vivido era un “juicio político pero no criminal”, apuntó Bizos.

En la prisión, Mandela coincidió con Katharada durante los 27 años en que estuvo preso. Ambos se las apañaron para que otros reclusos del ANC pasaran de contrabando periódicos de los vigilantes para mantenerse al día de lo que sucedía fuera.

Los tres continuaron la amistad una vez Mandela fue presidente. Hasta poco antes de que el Premio Nobel de la Paz cayera enfermo se veían asiduamente. Una vez, Katharada llegó al domicilio de Mandela y éste hablando por teléfono se despedía con un “Isabel, sí, gracias, adiós”. La tal Isabel no era otra que la reina británica. La familiaridad que se tomaba el sudafricano se debía a que hacía lo mismo que la monarca, que le llamaba por su nombre de pila.

Bizos defendió la gestión de su amigo en los años de presidencia. “Evitó una guerra civil sangrienta porque era un reconciliador nato, no era un fanático”, afirmó para subrayar que le “decepcionan” los comentarios de que Sudáfrica “no ha cambiado tanto” que no tienen en cuenta que gracias a él no existe la segregación racial. “Fallamos en no estar a la altura de la visión de Mandela que anhelaba una sociedad igualitaria y social”, reconoció el viejo abogado. “Pero la pregunta es qué vamos a hacer ahora”, cuestionó. Ningún político sudafricano tiene la capacidad de Mandela ni nadie ha hecho el gesto jamás el gesto de “dar un tercio de su salario para construir escuelas. Ese es el ejemplo que los políticos deben seguir”, afirmó.

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