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La democracia asoma en Myanmar

El país asiático afronta la transición con el horizonte de unas elecciones libres en 2015, a pesar de las tensiones étnicas y la violencia contra los musulmanes

Un hombre lleva un cartel en una protesta en Rangún, la capital de Myanmar.
Un hombre lleva un cartel en una protesta en Rangún, la capital de Myanmar. REUTERS

“No podemos afirmar todavía que el proceso de democratización de Myanmar haya comenzado. Estamos en la parrilla de salida”. Sin embargo, Moe Thway, un líder juvenil de la organización pro democracia Generation Wave, no es capaz de esconder su esperanza ante los cambios que han comenzado a verse en la antigua Birmania. “Hasta 2010 el objetivo de nuestra organización era derrocar a la Junta Militar. Ahora que los generales han colgado sus uniformes y se han vestido de civiles buscamos la creación de una sociedad justa y pacífica”, explica.

Y, aunque todavía no han sido legalizados y algunos de sus miembros continúan en prisión, ya pueden luchar desde su propio país. Como muchos otros grupos, Generation Wave, nacida al calor de la Revolución Azafrán de 2007 y compuesta exclusivamente por jóvenes de entre 15 y 25 años, tuvo que esconderse en la vecina Tailandia. Ahora, sin embargo, ocupa el tercer piso de un anodino edificio de Rangún, la principal ciudad del país. Eso sí, pos si acaso, no hay nada en el exterior que lo identifique. “Reconocemos que hay avances, como el respeto de la libertad de prensa o el anuncio de que todos los prisioneros políticos serán liberados antes de fin de año. Pero el miedo continuará durante mucho tiempo. Por lo menos hasta 2015”.

Ese puede ser un año mágico. O dramático. Se celebrarán las primeras elecciones realmente democráticas desde 1990, año en el que los militares rechazaron el resultado de los primeros comicios libres en tres décadas, y pueden suponer un punto de inflexión en el proceso de democratización que dio comienzo hace tres años cuando la Junta Militar decidió abrir el puño para liberarse de las sanciones que le imponía la comunidad internacional, convocó una estafa de elecciones en las que se alzó con el 75% de los votos, y levantó el arresto domiciliario al que había sometido durante casi 15 años a la principal líder de la oposición.

Aung San Suu Kyi, hija del fundador de la Birmania independiente, Aung San, y premio Nobel de la Paz, se convirtió un año después en diputada cuando su partido, la Liga Nacional por la Democracia (NLD, en sus siglas en inglés), arrasó en unas elecciones parciales a las que sí pudo presentarse y en las que obtuvo 44 de los 45 escaños en juego. Ahora, con la mayoría de las sanciones eliminadas, el país se ha convertido en la novia a la que todas las multinacionales quieren cortejar. Las antes somnolientas calles de Rangún son ahora un hervidero en el que hasta los taxis están decorados con la publicidad de lustrosos teléfonos móviles y apetitosos viajes al extranjero. Proliferan los vehículos de gama alta y los centros comerciales en una sociedad cuya renta per cápita apunta rápidamente al alza.

Pero el fantasma de 1990 acecha en cada esquina. “En 2015 necesitamos una victoria aplastante, más del 80% de los votos, para poder iniciar cambios profundos”, explica U Nyan Win, miembro del Comité Central de la NLD. “Estamos convencidos de que podemos lograrlo, porque ya lo conseguimos en 1990, pero lo que no podemos predecir es cómo reaccionarán los militares”. Quizá por eso, Nyan Win reconoce que la NLD ha rebajado el tono de sus exigencias. “Ahora mismo contamos sólo con 44 escaños en un parlamento de 440 en el que la Constitución reserva un 25% de asientos al Ejército. Nuestro poder es casi nulo, así que preferimos buscar la conciliación nacional y trabajar juntos por la democracia. Necesitamos acordar una comisión electoral justa, que de momento no lo es, y presionar para derogar la norma —un artículo de la Constitución promulgada por el Ejército en 2008— que impide ser presidenta a Suu Kyi -por tener dos hijos con nacionalidad británica y haber estado casado con un hombre de aquel país-. Hay que ir paso a paso”.

El objetivo final de la NLD, según Nyan Win, es introducir enmiendas en la Carta Magna para que sea realmente democrática, “educar a los militares en los valores de la justicia”, y la promulgación de un estado federal. Pero, para muchos, el ritmo al que se mueve el partido de ‘La Dama’ es extenuantemente lento. Y, por ello, la imagen de Suu Kyi como símbolo de la lucha por los Derechos Humanos en Birmania se ha deteriorado notablemente, sobre todo entre los protagonistas de los principales problemas a los que se enfrenta el país en este proceso de transición: las minorías étnicas que pueblan territorios estratégicos de la periferia —muchas de las cuales cuentan con grupos armados muy nutridos— y que exigen una descentralización inmediata del poder, y los musulmanes, víctima de un violento estallido social y político que ha dejado ya casi 300 muertos.

“Con su silencio sobre las masacres que están sufriendo los musulmanes —la mayoría de etnia rohingya—, Suu Kyi demuestra que es una política más y pierde la autoridad moral que tenía cuando estaba bajo arresto domiciliario. Ella fue quien escribió el libro Freedom from fear (Libre del miedo), y ahora parece que es esclava del miedo”, critica Myo Win, un líder de la comunidad musulmana —no rohingya— de Rangún y director de Smile Education. “Se hace raro escucharla en la BBC hablando del miedo que sienten los budistas, cuando son los cuerpos de musulmanes los que se han quemado y arrastrado por las calles de muchas ciudades. Mientras el conflicto siga activo no puede haber democracia”.

Lo mismo dicen 200 kilómetros al este, en el cuartel general del Ejército de Liberación Nacional Karen (KNLA, en sus siglas en inglés). “Las minorías étnicas -hay 135 reconocidas oficialmente- no sólo tenemos un importante peso demográfico y habitamos el 60% del territorio, también tenemos la fuerza suficiente como para desestabilizar el país”, advierte su vicemariscal Baw Kyaw. El KNLA tiene unos 5.000 efectivos y ha firmado un tenso alto el fuego con el Gobierno, pero Kyaw asegura que están listos para reanudar la lucha en cualquier instante.

“No tenemos mucha esperanza en las elecciones de 2015 porque la solución pasa por el cumplimiento de la promesa que hizo el padre de Suu Kyi, Aung San, cuando Birmania obtuvo la independencia: el estado federal y el poder compartido. Actualmente, los gobiernos de cada estado en lo que denominan la Unión de Myanmar no tienen ningún poder, y no parece que la NLD presione para obtener un cambio real a este respecto”, añade Zipporah Sein, vicepresidenta del gobierno de la Unión Nacional Karen (KNU), el brazo político del KNLA. El sistema de Estado que persiguen es un híbrido entre el de India y el de Estados Unidos, pero Sein asegura que se conformarían “con el modelo autonómico de España”.

No obstante, para la mayoría bamar hay otras prioridades importantes a las que Suu Kyi sí que está prestando la atención necesaria. “La principal es la reforma del sistema educativo”, apunta Aye Aye Mar, una joven que engrosa las filas de la Fundación para una Nueva Birmania Valiente. “Sin una buena educación no puede haber justicia social, y ahí es donde La Dama se ha involucrado por completo. Gracias a ella somos capaces de pensar por nosotros mismos. Luego está el desarrollo económico equitativo, porque somos uno de los países más pobres de Asia, y la creación de un sistema de seguridad social que funcione”, enumera. “Tenemos plena confianza en la victoria de la NLD y estamos convencidos de que 2015 marcará un punto de inflexión en el país. Pero es cierto que antes Suu Kyi era la diosa de la Democracia y que ahora la vemos como una mujer de carne y hueso. Por eso, hay que darle más tiempo y un voto de confianza”.

Todos los birmanos entrevistados para este reportaje que no trabajan para otra formación política, incluidos quienes critican las carencias de Suu Kyi, aseguran que votarán a su partido. Así, no es de extrañar que en la puerta de la sede de la NLD en Rangún vuelen los suvenires. Hay todo tipo de objetos decorados con el perfil de su líder, y no falta en la mercadotecnia cierto parecido con la simbología del Che Guevara. “Vender estos objetos a plena luz del día habría sido imposible hace sólo dos años. Es evidente que algo está cambiando a mejor”, comenta Tort Reign, miembro de la minoría naga.

“Ahora no hay alternativa política, y una excesiva fragmentación del voto sólo beneficiaría a los militares. Tenemos que hacer piña dentro de dos años y luego ya habrá tiempo de sacar a relucir todas nuestras diferencias”, sentencia. De hecho, sólo hay consenso en un punto: si la violencia no estalla tras las elecciones, 2015 será el punto de partida de un proceso que se antoja largo y extremadamente complejo. Al fin y al cabo, en una entrevista que el propio presidente, Thein Sein, concedió a regañadientes a la BBC —ningún miembro del Gobierno ha accedido a hablar con EL PAÍS— reconoció lo que todos ya sabían: “No introducimos reformas porque me guste, sino porque el pueblo lo demanda”.