Las buenas samaritanas ucranias

Amenazados por la endogamia, la comunidad ultrarreligiosa rompe con su tradición para casarse con extranjeras

Natasha Cohen, con su suegro, el sacerdote Yosef Cohen.
Natasha Cohen, con su suegro, el sacerdote Yosef Cohen.Mikel Marín

Recluida en lo alto del monte de las Bendiciones, en la Cisjordania ocupada por Israel, Natasha Cohen, de 23 años, aprende árabe y hebreo, además de los estrictos ritos y enseñanzas de una religión ancestral de la que no había oído hablar hasta hace poco y a la que ha ingresado por maridaje. A 2.000 kilómetros de su Ucrania natal, siente ante todo gratitud por quienes la han traído hasta allí y dice no saber de política ni conflictos. No le faltan comodidades y su nueva familia la colma permanentemente de atenciones. Es lógico. Para los samaritanos, que trazan sus orígenes al tiempo de la destrucción asiria del Reino de Israel en el siglo VIII, su supervivencia misma se juega en la capacidad de atraerse a mujeres como Natasha, que vienen, en edad fértil y con nuevos genes, de tierras lejanas para matar así la lacra de los defectos genéticos que amenazaban con condenar a la comunidad a la extinción.

No hay hoy en el mundo más de 750 samaritanos, repartidos entre la zona urbana de Holón, en Israel, y esta villa, Kfar Luza, en cuyo monte mantienen que Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo Isaac. Según su tradición, llegaron a ser un millón en la época de la Roma imperial, para luego extinguirse lentamente. Durante el Imperio otomano, a principios del siglo pasado, no eran ya más de 150. Desde entonces han crecido de nuevo notablemente, pero de acuerdo con sus propias normas los samaritanos solo se pueden casar entre ellos, y durante décadas las conversiones estuvieron prohibidas. Los matrimonios entre familiares, especialmente entre primos hermanos, precedieron a un alarmante incremento de los defectos genéticos.

“Nos nacían niños sordos, mudos, ciegos, paralíticos, tontos en la escuela e incapaces de triunfar en la vida”, dice hoy el sacerdote Yosef Cohen, de 70 años, en su casa en el monte de las Bendiciones. Estima que en los años sesenta del siglo pasado un 30% de los recién nacidos tenían algún defecto. Hace dos décadas, recibieron la ciudadanía israelí y la tendencia cambió. Desde entonces tuvieron el derecho de acudir a los hospitales más avanzados de la región, en los que en años recientes se ha hecho más fácil detectar defectos de desarrollo en el feto desde bien temprano en el embarazo, lo que ha incrementado notablemente el número de abortos en esta comunidad. Hoy casi ningún recién nacido presenta deficiencias, a excepción de los que se derivan de complicaciones en el parto.

Fue del sacerdote Cohen y otros líderes religiosos la idea de atraer a mujeres extranjeras a través de agencias de contacto, primero, y de las redes sociales de Internet, después. La primera que llegó era de Ucrania, y los resultados fueron tan satisfactorios que dedicaron sus esfuerzos a seguir atrayendo a mujeres de ese país. “Primero porque son muy hermosas. Segundo porque aman la religión antes de amar al hombre elegido. Y tercero porque vienen de un lugar pobre donde en muchos casos ni siquiera tienen cuartos de baño y cuando llegan aquí descubren América”, explica Cohen. En total, hay 10 mujeres extranjeras viviendo en esa comunidad: ocho de Ucrania, que eran cristianas y se han convertido, y dos turcas, que renunciaron al islam. Otras dos no encajaron bien y abandonaron la villa.

Las ucranias son muy hermosas, aman la religión y vienen a un lugar mejor”,  justifica el sacerdote Cohen

En cuanto al conflicto palestinoisraelí los samaritanos se mantienen escrupulosamente al margen. Sus principales fuentes de empleo están en la localidad de Nablus, con 126.000 habitantes en las faldas de la montaña, y, en menor medida, el cercano asentamiento judío de Har Braja, con 1.700 colonos. Hay un desempleo nimio y casi todos los samaritanos tienen el derecho de trabajar tanto en Israel como en Cisjordania. Su villa es próspera, con grandes chalés modernos y patios ajardinados. Tienen incluso un museo dedicado a su historia, que muestran a los visitantes con orgullo. Sobre todo, viven en el monte que creen elegido como lugar sagrado por dios. Para ellos los credos que llevan eternamente luchando por Jerusalén han elegido el lugar santo equivocado.

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Los samaritanos tienen un pequeño papel en el Nuevo Testamento, en una de las parábolas de Jesús de Nazaret recogida en el Evangelio de Lucas. Precisamente su elección del monte de las Bendiciones como lugar sagrado les había granjeado la enemistad de los judíos en aquella época. Jesús contó que un hombre que viajaba de Jerusalén a Jericó fue robado, apaleado y abandonado en la carretera. Al verlo pasaron de largo un sacerdote y un levita, y solo un samaritano le llevó a una posada cercana y pagó por su estancia. Alguien ajeno, considerado enemigo y hereje, era el único que mostraba compasión y ayudaba en un momento de necesidad. Para estas mujeres, que suelen venir de familias muy pobres y cristianas, la historia del buen samaritano tiene mucho de verdad.

Natasha lleva en esta comunidad un año y tres meses. “Fue una amiga quien me mandó fotos y me propuso conocer a mi marido”, dice. “Ha sido fácil adaptarme a estas tradiciones, y a mi familia no le importa que haya venido”. Los samaritanos no creen en una conversión como tal. Estas jóvenes pasan por un largo proceso de adaptación a su nueva vida en la villa antes de casarse. Lo siguiente es dar los esperados hijos, aunque Natasha ya ha sufrido el revés de un aborto natural. La presión es mucha, y no solo por los rigores de las costumbres samaritanas. El sacerdote Cohen, que es también suegro de Natasha, lo explica claro ante ella: “Nos ha costado mucho dinero traerla aquí. Antes ya le explicamos bien qué era esto, y le pedimos que ella misma decidiera”.

Los samaritanos se consideran seguidores del verdadero judaísmo ortodoxo. Dicen no tener tradición oral, solo cumplen lo que estipula su versión del Pentateuco. Y literalmente interpretan pasajes como aquel del Levítico que asegura que “cuando una mujer tenga flujo, si el flujo en su cuerpo es sangre, permanecerá en su impureza menstrual por siete días”. Así pues, Natasha y las demás mujeres de esta comunidad pasan una semana al mes sentadas en unas sillas, normalmente de plástico rojo, sin mezclarse con los varones o los niños, sin limpiar ni cocinar, para no contaminar a los demás con su tacto. Cuando paren, quedan aisladas 40 jornadas si el hijo es varón y 80 si es hembra. Lo hacen voluntaria y abnegadamente. A Natasha parece no importarle. “La vida aquí es mejor que en Ucrania”, dice, bajando la vista.

Estima Rajai Altif, de 33 años y uno de los residentes en esta villa, que hay 2,5 hombres por cada mujer. Él se vio forzado a casarse, hace ocho años, con su prima, pero da gracias por el hecho de haber tenido ya un hijo varón completamente sano. “Con una comunidad tan pequeña, los límites son que no podemos casarnos con nuestras hermanas, hijas o tías”, admite. No es fácil tampoco encontrar mujeres dispuestas a viajar hasta esta villa, porque, asegura, “pocas renuncian libremente a sus propias religiones por una tan exigente como esta”. Las que llegan viven aisladas, ajenas a los problemas entre palestinos o israelíes, arropadas por un pueblo que vive tan aferrado a sus tradiciones que prefiere enseñarles su fe desde cero antes que abrirse, aunque sea tímidamente, al mundo exterior.

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