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El mundo árabe recela del diálogo de las potencias con Teherán

Arabia Saudí y Egipto miran con desconfianza las maniobras iraníes

Varios iraníes miran las primeras páginas de los periódicos ayer en Teherán.
Varios iraníes miran las primeras páginas de los periódicos ayer en Teherán. ABEDIN TAHERKENAREH

Solo los gobiernos de Irak y Siria, a los que más tarde se unieron Bahréin, Emiratos Árabes Unidos y la Autoridad Palestina, celebraron ayer el acuerdo alcanzado entre Irán y la comunidad internacional para solucionar el contencioso nuclear. El silencio de los pesos pesados árabes como Arabia Saudí, Egipto e incluso Catar, resulta significativo aunque no constituya una sorpresa. Tras actuar durante años como baluartes frente al expansionismo de Teherán, ahora temen que su rival político salga beneficiado a sus expensas.

“Si Irán realmente acepta ser transparente y prueba que su programa no tiene una intención militar, el acuerdo puede ayudar a reducir las tensiones regionales y eso es bueno para todos, para Irán, para la comunidad internacional y para los países del Golfo”, admite el politólogo emiratí Abdulkhaleq Abdulla.

Para Emiratos Árabes, Bahréin o Kuwait, una parte significativa de cuyas poblaciones mantiene importantes lazos familiares o comerciales con Irán, puede resultar más fácil que para Arabia Saudí. Pero las cautelas están en el condicional.

Los árabes tienen una desconfianza histórica hacia el heredero del imperio persa al que se enfrentaron sus antepasados. Esa rivalidad ha perdurado en el imaginario colectivo a través de las distintas ramas del islam que adoptaron cada uno. Mientras que la mayoría de los iraníes siguen el chiísmo, la mayoría de los árabes, así como sus gobernantes, son suníes (cuyos extremistas tachan a los chiíes de herejes).

Aunque las diferencias doctrinales se han puesto al servicio de la política, han sido sobre todo modernos intereses estratégicos los que les han llevado a distintas trincheras en los conflictos que les enfrentan en la región. De Líbano a Bahréin y de Siria a Yemen, pasando por Irak, los gobiernos de Riad y Teherán se han encontrado desde la revolución iraní de 1979 en bandos opuestos. De un lado, los defensores del statu quo; de otro, el frente de resistencia.

Esas diferencias, hábilmente explotadas por EE UU, convirtieron a Arabia Saudí y el resto de las monarquías de la península Arábiga en un baluarte frente a la República Islámica. La amenaza de expansión de ese modelo político ha justificado ventas de armas millonarias, bases militares, términos comerciales favorables y que Washington cerrara los ojos a las violaciones de derechos humanos y falta de libertades políticas. Ahora temen quedarse marginados en un momento en que el mundo árabe pasa por momentos bajos debido a las revueltas populares, frente a un Irán que ha sabido jugar sus cartas con enorme destreza.

A pesar de los esfuerzos de EEUU por tranquilizar a sus aliados, los intereses de ambos parecen ir por distinto camino. En los últimos meses se han sucedido filtraciones sobre el descontento saudí con la política del presidente Barack Obama en la región.

“No hay confianza en que esté haciendo lo correcto con Irán”, declaró el príncipe Alwaleed Bin Talal a Bloomberg en vísperas del acuerdo nuclear. Aunque Alwaleed, uno de las varias docenas de sobrinos del rey Abdalá, no tiene ningún cargo oficial, la familia real le usa a menudo para lanzar globos sonda. “La amenaza viene de Persia no de Israel”, añadió tras asegurar que los árabes suníes respaldarían un ataque israelí a Irán porque son “muy anti chiíes y muy anti anti anti Irán”.

Sus palabras dan alas a quienes hablan de un pacto táctico entre Arabia Saudi e Israel, extremo negado oficialmente. No así la preocupación, que ha llevado a algún alto funcionario a sugerir por lo bajinis que si EEUU no frena el programa iraní, el reino podría pasar al Plan B, dotarse de armas nucleares, presumiblemente con la ayuda de Pakistán cuya entrada en el club atómico subsidió en su día.

Irán es consciente de los recelos que despierta en su vecindario. “Reconocemos que no podemos promover nuestros intereses a expensas de los demás”, escribía el pasado jueves su ministro de Exteriores, el infatigable Mohamed Javad Zarif, en Al Sharq al Awsat, un diario de capital saudí que se publica en Londres. Tras subrayar que la región era prioritaria en su política exterior, proponía hacer causa común en los intereses compartidos y establecer un marco para la seguridad y la estabilidad en la región.

En un guiño, altamente significativo viniendo de Teherán, Zarif evitaba referirse al golfo Pérsico (como es preceptivo en Irán) y hablaba de “la vía de agua que nos separa de nuestros vecinos del sur” para no herir las sensibilidades de quienes lo denominan golfo Arábigo. Sin embargo, va hacer falta mucho más que cortesía lingüística para romper el muro de desconfianza que se erige sobre ese mar.

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