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La UE encara su segunda refundación

Bruselas debe digerir el alud de reglas anticrisis y combatir el eurodesencanto

Las nuevas normas examinan no solo al sector público sino también al privado

Enfrentamientos con la policía en una protesta contra las medidas de austeridad, el pasado 31 de octubre en Roma.
Enfrentamientos con la policía en una protesta contra las medidas de austeridad, el pasado 31 de octubre en Roma. AFP

Todo empezó como una suerte de conjuro: jamás una guerra como aquella. Sesenta años después, la Unión Europea inicia su segunda refundación con otro ensalmo: nunca más otra crisis como esta.

El huracán financiero ha dejado huella en el alma europea. Una fea cicatriz recorre el continente de Norte a Sur. Abundan los viejos y nuevos estereotipos: las mentiras griegas, la delirante exuberancia española, la temeridad irlandesa, el liderazgo egoísta de Alemania. Frente a ese diálogo de sordos entre acreedores y deudores, el descubrimiento es que todos los países del euro comparten destino; lo que suceda en Chipre se contagiará a los demás. Por el camino se han esfumado certidumbres y violado tabúes, se han cruzado líneas rojas y reescrito reglas de oro en una serie atropellada de decisiones. Ese aluvión de medidas, tomadas con la arritmia propia de la desesperación, permitieron evitar lo peor, aunque dejan por delante un largo estancamiento de consecuencias imprevisibles. Va un lustro de crisis: con la sospecha de que nunca hubo un plan maestro para combatirla, la próxima etapa es esa segunda refundación (tras el periodo constituyente de los años cincuenta y la primera transición, que arranca con la caída del Muro, incluye la creación del euro y culmina con la entrada del bloque del Este). Una estación que se adivina fundamental para el futuro de un proyecto que a raíz de las dificultades ve despertar viejos demonios.

“Bruselas no puede retrasar más el imprescindible impulso político para digerir el alud de nuevas reglas, que deben incorporarse en lo posible a los tratados. Eso debe traducirse en una gobernanza mejor, porque ahí está el fallo: no conseguir una toma de decisiones que combine eficacia y realismo político”, augura una alta fuente comunitaria. El cumbrismo de los últimos años decretó austeridad urbi et orbi: nadie discute esa receta, si bien se admiten errores de diagnóstico en algunos países y una sobrerreacción general, achacable a la gravedad de la crisis de deuda en 2010. Bruselas ha corregido el tiro, pero la cruda realidad es que solo Alemania ha recuperado el nivel de PIB previo a la crisis. Europa, por todo eso, ha ido perdiendo a los europeos: Bruselas está en guardia ante el auge del eurodesencanto con las elecciones a seis meses vista. “Necesitamos que vuelva la política”, apunta Mario Monti, exprimer ministro italiano. “Es urgente que el debate público en las elecciones, que curiosamente coinciden con el centenario de la I Guerra Mundial —que traza extraños paralelos con la situación actual: populismos, proteccionismos, nacionalismos, aunque a otros niveles— esté a la altura del desafío”, abunda Javier Solana, una de las figuras del europeísmo. Ante esa cita, el 60% de los europeos desconfía de la UE, según los datos del último Eurobarómetro, frente a un 31% antes de la crisis.

La Unión era y es una especie de expedición al horizonte: nunca ha habido mapa para descifrar los laberintos de esa nebulosa llamada Bruselas. Pero la docena larga de fuentes consultadas coinciden en que este es un momento clave; la antesala o la primera etapa de una especie de transición o refundación. En ese forcejeo eterno entre lo posible y lo deseable, la UE necesita encontrar una vía intermedia entre quienes creen que las turbulencias obligan a dar un salto federal (unos improbables Estados Unidos de Europa) y quienes apuestan por la versión euro del Apocalypse Now de Coppola con música de Wagner.

Europa ha demostrado su tozudez frente a quienes sienten, cada vez con más fuerza, la tentación de desmontar. “Lo probable es que no haya ni salto federal ni desmembramiento. Y que se active esa segunda transición, con las inevitables decepciones, como la eterna promesa de ese hipotético regreso de la Gran Política”, dice Luuk Van Middelaar, una de las voces más interesantes, más originales y quizá por ello menos conocidas de Bruselas. Van Middelaar —autor del impagable El paso hacia Europa y de los discursos de Van Rompuy— define la Unión como “un estado de transición permanente”, y la política como “la forma en que una sociedad se ocupa de la incertidumbre”. Por todo ello, “el proyecto europeo está destinado a tener reglas cambiantes, porque no se puede anticipar la creatividad de la historia, ni las mil caras de la crisis”. “Lo urgente”, dispara, “es volver a ganarse a la gente: eso no puede hacerse sin un plan general y sin liderazgo”.

El analista Moisés Naím apuntala esa perspectiva. “Ni las instituciones europeas ni los líderes políticos nacionales tienen hoy suficiente poder. Ni siquiera Merkel puede gobernar sin coalición. De ahí esas decisiones tardías e ineficaces, de ahí y de la enfermedad de la vetocracia, de la que la UE no acaba de despojarse. Europa ha sido fuerte cuando ha tenido liderazgos fuertes. La nómina actual en Bruselas —los Barroso, Ashton, Van Rompuy— no da más”. “Sin líderes es imposible acometer el mayor reto que la Unión tiene por delante: reconquistar a los europeos”, añade Eneko Landáburu, exalto cargo de la Comisión.

Ese es, a grandes rasgos, el desafío. “Toda esa nueva jerga, ese conjunto de acrónimos que nadie es capaz de explicar, es en realidad alta política disfrazada de tecnicismos. Los mecanismos de rescate (EFSF y MEDE), el semestre europeo, el six pack, el two pack, el fiscal compact, los rescates y la troika, el OMT que permite al banco central comprar bonos: nadie puede contar una historia con ese galimatías; aun así, sin embargo, ese potingue de siglas puede funcionar. ¿Dónde están los líderes capaces de armar con eso un discurso que encandile a los europeos?”, se pregunta Joachim Bitterlich, ex asesor de uno de los grandes: Helmut Kohl.

El mundo no está en crisis, pero Europa sí lo está. No es económica, o no es solo económica: es una crisis política, institucional y sobre todo de gobernanza. Y de paso es una especie de venganza de la historia, de la demografía y de la geografía: se inscribe dentro de un movimiento telúrico que está llevando el centro del mundo hacia el Pacífico. “La aceleración de los cambios en el mundo coge a Europa con el pie cambiado, con un líder —Alemania— que solo está en el corto plazo: en su corto plazo. Y en medio de la destrucción de ese precario equilibrio europeo que siempre había existido entre responsabilidad y solidaridad. Hoy nadie se fía de nadie: así no puede haber solidaridad ni responsabilidad”, sostiene el sociólogo José María Maravall.

Más allá de la política, o precisamente porque brilla por su ausencia, el futuro es difuso. André Sapir, de Bruegel, apunta que el escenario central para la eurozona va a seguir consistiendo en salir del paso durante un lustro: “Lo preocupante es que sigue sin haber consenso sobre la naturaleza y las causas de la crisis: eso explica por qué solo podemos aspirar a salir del paso”. Es cierto que la UE ha apuntalado el edificio, pero sigue habiendo defectos de estructura y existe el riesgo de que las mejoras “descarrilen por accidentes económicos o políticos”, avisa.

Daren Acemoglu, autor de uno de los libros fundamentales de los últimos tiempos —Por qué fracasan los países—, es de los que afirma que la segunda refundación de la Unión “está ahí”. En una charla con este diario, Acemoglu veía dos revoluciones entre las últimas novedades europeas: la unión bancaria y los exámenes previos a los presupuestos nacionales. La unión bancaria, en especial, puede ser una muda de piel, un cambio en la naturaleza de Europa. El club del euro siempre estuvo obsesionado con los vicios públicos y la inflación, una suerte de herencia de la historia alemana. El euro se ha dotado de mecanismos de control del sector público (de dudosa credibilidad, como ya se vio en Maastricht); se suponía que los mercados se autorregulaban y que los vicios privados se corregían solos: no hacía falta prestar atención a eso. Pero la crisis está cambiando esa aproximación: “Si al final la unión bancaria no rebaja su ambición, Europa experimentará un cambio sustancial que puede ayudarle a corregir sus desequilibrios”, vaticina Acemoglu. “Una cierta cantidad de transferencias es inevitable, pero creo que eso se puede mantener a un nivel tolerable para los acreedores a condición de que se hagan los cambios institucionales adecuados —en especial, la unión bancaria, y de que las políticas de los países periféricos vuelvan a estar bajo control”, añade. “No creo en el colapso del euro; sin embargo, hay que reducir la fuente inagotable de inestabilidad que es el proyecto europeo actual, y para eso la clave es la unión bancaria”.

Europa, en fin, va camino de despertar si nada se tuerce. Para ello, el papel del BCE es esencial como supervisor bancario. “Hay que seguir enderezando las finanzas públicas y hacer reformas, pero con la unión bancaria Europa pone también un ojo en otras fuentes de vulnerabilidad. Para el BCE eso va a ser una inmersión en la realidad, una caída del Olimpo. De cómo gestione Draghi eso en otoño depende el futuro”, cierra una fuente comunitaria.