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ANÁLISIS

El segundo fracaso de Napolitano

El presidente italiano vuelve a chocar con el boicot de Berlusconi como le ocurrió en el Gobierno técnico de Monti

El primer ministro italiano, Enrico Letta, tras una reunión con el presidente Giorgio Napolitano, el viernes 27. Ampliar foto
El primer ministro italiano, Enrico Letta, tras una reunión con el presidente Giorgio Napolitano, el viernes 27. EFE

Todo este desastre empezó un 22 de abril. Aquel día, por primera vez en la historia, un presidente de la República italiana repetía mandato. Después de dos meses sin que los partidos políticos lograran ponerse de acuerdo ni para formar un Gobierno ni para elegir a un nuevo jefe del Estado, Giorgio Napolitano, de 87 años, aceptó continuar seis años más. Delante de los parlamentarios que le habían dado su confianza dos días antes —en una tarde de presagios en la que Silvio Berlusconi sonrió y al fallido líder de la izquierda, Pier Luigi Bersani, se le saltaron las lágrimas—, Napolitano advirtió: “Tengo el deber de ser franco. Si me vuelvo a encontrar ante insensibilidades como aquellas contra las que he chocado en el pasado, no dudaré en exponer las consecuencias ante el país”. Ante el aplauso cerrado y en apariencia entusiasta de diputados y senadores, el viejo estadista no se tragó el anzuelo: “Los aplausos no os pueden llevar a la autoindulgencia”.

Aquellos días de emociones contrapuestas, Italia conseguía un Gobierno después de dos meses de tribulaciones pero el centroizquierda se veía abocado a gobernar con Silvio Berlusconi, los partidos políticos tradicionales se conjuraron para, al menos, sacar adelante las reformas urgentes que necesitaba el país. Una ley de estabilidad que continuara las duras reformas emprendidas por el Gobierno técnico de Mario Monti y, sobre todo, una nueva ley electoral para que, en caso de que el Gobierno se rompiera, poder ir a las urnas con unas reglas del juego más claras y más representativas de la voluntad de los italianos. Desde entonces, han pasado los meses pero no los hechos.

Enseguida se vio por qué sonreía Berlusconi y por qué lloraba Bersani. El presidente Napolitano eligió a un digno sucesor de Monti, Enrico Letta, muy bien preparado política e intelectualmente, con puentes familiares con el centroderecha —su tío Gianni es íntimo de Berlusconi— y la necesidad acuciante de sacar a Italia del pozo del descrédito político y económico. Además, si la operación de poner a Monti al frente del país había fracasado por culpa de los asuntos personales de Berlusconi (retiró su apoyo al Gobierno tecnócrata cuando fue condenado en segunda instancia por el caso Mediaset), ahora, con Berlusconi metido en el tuétano del Gobierno, parecía bloqueado ese peligro.

Pero no. Enrico Letta es el segundo primer ministro colocado al frente del Gobierno de Italia por Napolitano que fracasa en el intento de construir un país moderno y fiable. La piedra, siempre la misma piedra, se llama Silvio Berlusconi.

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