Las dudas de Obama y Cameron redoblan la presión sobre Hollande

La oposición reclama al presidente que el Parlamento pueda votar el miércoles tras el debate sobre la intervención en Siria

François Hollande, presidente francés.
François Hollande, presidente francés.Antoine Antoniol (Getty Images)

La súbita irrupción de la democracia parlamentaria en el acto de declarar una guerra o, como es el caso, aprobar una acción militar “limitada y puntual”, ha llegado también a Francia, tal vez la democracia más presidencialista del mundo, y ha colocado a François Hollande, el presidente de la República, ante una encrucijada tan delicada como saludable.

Después de que los Comunes torpedearan el jueves, por primera vez en la historia, la intención de un primer ministro en ejercicio (a la sazón, David Cameron) de atacar un país extranjero, y sobre todo después de que Barack Obama optara el sábado, en un ejercicio de subordinación sin precedentes, por someter esa misma decisión al aval del Congreso, la oposición francesa olvidó ayer su ancestral tendencia a asumir sin rechistar las grandes decisiones del jefe del Estado, y reclamó a Hollande que permita a la Asamblea Nacional votar el miércoles sobre la intervención en Siria al término del “debate extraordinario informativo” convocado la semana pasada por el propio presidente.

La onda de choque de las democracias anglosajonas ha llegado a París causando notable revuelo institucional, creciente pasión en las redes sociales y no poca agitación entre la clase política. ¿Puede el sistema gaullista, que muchos juzgan como decadente y anacrónico, permitir que el poder Ejecutivo -y su líder, el comandante en jefe- se muestre tan sumiso con el Legislativo como para concederle la gracia no solo de debatir sino de decidir sobre una operación militar decidida por el presidente?

Ese es el dilema que amenaza a Hollande, y la respuesta es todavía una incógnita, aunque el Gobierno parecía ayer poco inclinado a abrir la mano. Según enfatizó el ministro del Interior, Manuel Valls, “la Constitución no se puede cambiar en función de los acontecimientos”. Y la socialista Elisabeth Guigou, presidenta de la comisión parlamentaria de Asuntos Extranjeros, recordó que la Carta Magna no solo permite sino que obliga al jefe del Estado y de los Ejércitos a decidir y fijar los objetivos de las operaciones militares, y que este no tiene obligación de someterse al aval del Parlamento.

En teoría, el voto de los diputados sobre las operaciones militares solo se utiliza en Francia en dos casos: cuando se trata de declarar formalmente una guerra –es decir casi nunca-, y para prolongar las operaciones cuatro meses después de que hayan comenzado. Cumpliendo la segunda regla, el Parlamento votó la continuación de la campaña de Malí en abril pasado, pero no se pronunció sobre el arranque de la Operación Serval.

El artículo 35 de la Constitución de 1958 afirma: “La declaración de guerra es autorizada por el Parlamento”. Y la adenda introducida en 2008 por la reforma de Nicolas Sarkozy añade: “El Gobierno informa al Parlamento de su decisión de hacer intervenir a las fuerzas armadas en el exterior. (…) Esta información puede dar lugar a un debate que no concluye con una votación”.

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Pero, en la práctica, tanto el Gobierno como la oposición disponen de herramientas para conseguir que el Parlamento se manifieste. La más extrema es la moción de censura, que los socialistas utilizaron en 2008 para forzar una votación sobre el aumento de la presencia militar en Afganistán y el regreso de Francia al comando integrado de la OTAN.

La gran ironía es que, aquel día, el diputado François Hollande afirmó en la Asamblea: “¡Ustedes han rechazado concluir con una votación el debate aunque nada, y digo bien, nada en la Constitución les impedía hacerlo! Ya no es potestad del presidente de la República decidir solo sobre nuestra política exterior y de Defensa. El dominio reservado, que por lo demás nunca ha sido reconocido por la Constitución, no puede ser el dominio exclusivo de uno solo”.

Quizá para añadir unas gotas de confusión al apasionado debate, fuentes del Elíseo revelaron ayer que Hollande, quien habló el sábado con Obama minutos antes de que este anunciara al mundo su marcha atrás –aunque no quedó claro si esa llamada fue la causa del retraso-, “ha entendido muy bien” que su homólogo quiera consultar con el Congreso antes de lanzarse sobre Damasco.

En vista de las contradicciones, la oposición comenzó a presionar con fuerza al presidente para que imite el ejemplo de Obama y Cameron. El ex primer ministro François Fillon pidió a Hollande que no actúe a la ligera y que “no vaya a remolque de nadie”. Y el líder del centrista MoDEM, François Bayrou, envío una carta abierta al presidente en la que critica el fondo y la forma de su “peligrosa decisión”, y le exhorta a someterla al control del Parlamento.

Según Bayrou, tal poder de decisión individual “se justifica cuando hay gran urgencia. Pero es impensable cuando no la hay que el Parlamento no sea consultado”. Y la carta agrega: “Usted crea un precedente: va a intervenir sin mandato de la ONU, sin nuestros aliados europeos y sin la OTAN, en una acción bilateral con Estados Unidos. Lo que Francia reprochaba en 2003 a Berlusconi, a Blair, a Aznar, vamos a hacerlo nosotros ahora. ¿Cómo prohibir mañana otras intervenciones unilaterales?”.

De momento, el primer ministro, Jean-Marc Ayrault, ha citado para este lunes en Matignon a los presidentes de la Asamblea Nacional y del Senado, y a los jefes de los grupos parlamentarios y de las Comisiones de Exteriores y Defensa de las dos Cámaras. Según trascendió, Ayrault explicará a unos y otros, con la ayuda de los ministros de ambos ramos, los detalles del operativo militar previsto por el Elíseo, y les presentará las pruebas que Francia y sus aliados han reunido sobre el ataque del 21 de agosto y sobre el arsenal químico que posee el régimen (ver despiece).

Con dos de cada tres franceses en contra de la intervención, Hollande corre un enorme riesgo político si decide seguir adelante en solitario. Y algunas voces autorizadas del Partido Socialista y del Gobierno empiezan a expresar ciertas reservas. Claude Bartolone, presidente de la Asamblea Nacional, señaló ayer que “la comunidad internacional debe ser más precisa sobre los objetivos que se persiguen” en Siria. Y el ministro Valls, tras subrayar que es legítimo replicar a las atrocidades del régimen, aceptó que Francia no puede actuar sola y que es preciso formar una coalición internacional.

Pero, antes de eso, Hollande deberá ventilar qué tipo de democracia quiere para Francia. Según el analista Pierre Hasky, se trata de una situación inédita: “Los dirigentes occidentales han tomado la costumbre de declarar guerras, que muy a menudo no dicen su nombre, sin pedir la opinión a los representantes del pueblo. El caso sirio habría debido seguir esa tradición, pero los dirigentes han subestimado el peso de sus opiniones públicas, así como el peso del trauma iraquí. Pero esa irrupción de la democracia es una buena cosa después de guerras ilegales y desastrosas. Hollande tendría todo por ganar si negocia un viraje y asocia al Parlamento en su decisión. Su pérdida sería mayor aun si Francia sigue siendo la más grande democracia… sin democracia en este asunto”.

 

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